La cultura del debate
Dice la anécdota de la encarnizada discusión de tres filósofos griegos sobre la existencia del movimiento, hasta que uno de ellos, hastiado de lo abstrusa de la discusión, de los sofismas, así como de las cansadoras teorizaciones, se incorpora y echa a caminar, entonces exclama: ¡el movimiento se demuestra andando! Largo tiempo se demoró en concluir que el movimiento se desplaza en el espacio y en el tiempo, en las tres formas de existencia de la materia.
Hasta aquí la filosofía y la especulación teórica que conlleva esta disciplina pedagógica. ¿Qué tiene que ver la filosofía con este artículo? Más que una nota periodística es el intento de una reflexión sobre la discusión, estilos y métodos de llevarla a cabo. Se cuenta que el famoso Arquímedes, al servicio del Rey de Sicilia, se encontraba escribiendo sobre la arena de la playa, quizás algún teorema o esbozo de invento exigido por el rey. En eso se le acerca un centurión romano, invasor del Reino, y Arquímedes le increpa: ¡aléjate! El romano extrajo su espada y, ahí nomás, lo mató. La cultura y la barbarie, para Licurgo y sus espartanos, para lo primero me basta con Pericles y la Polis de Atenas.
Al decidir el Congreso del Frente Amplio candidaturas múltiples, coloca a la fuerza política en un brete. Primero, porque no había precedente; segundo, tampoco hábito de disputa interna por candidaturas, es decir, por puestos. Tercero, en la izquierda sí había costumbre de discutir orientación, líneas estratégicas, más que eso, tácticas y metodologías para llegar al objetivo; y eran discusiones y polémicas a mansalva con una muy mala característica: que al opositor, al contrincante, en lugar de discutir la esencia de la discrepancia, se le descalificaba. Eso fue generando un estilo de asfixia del debate democrático. En ese marco ¿qué es la unidad? Es la suma de coincidencias para un objetivo común; es una identidad pero no es la suma de identidades iguales; es sí la suma de identidades diferentes con fines comunes acordados. Es síntesis de procesos de elaboración y discusión. Y con ello se confrontan dos proyectos diferentes, en ese caso al del Sistema montado por blancos y colorados y viceversa. Ahí confrontamos en todos los terrenos y alcances de la política. A la vez, en nuestro campo de unidad, las diferencias sí son fermentales ¡vamos arriba! Si no, no hay proyecto democrático, por lo demás los ángeles están muy lejos de la política, si hay candidatos es porque se quiere ganar, nadie disputa para perder, es la condición humana, y los hombres y mujeres de izquierda somos parte de la grey, con sus grandezas y nuestras miserias que a veces son más que lo primero. Cuando escribo no me coloco en el columpio de los dioses, como todo ser humano tengo mis luchas por tratar de ser mejor. Entonces a no hacernos los distraídos, las vírgenes violadas, porque en la campaña interna hay gente que dice lo que piensa, lo peor sería tener una campaña hipócrita bañada de agua de rosas y escondido el olor a cloaca. Somos lo que somos, una izquierda que ha hecho maravillas, pero que no puede perder el sentido crítico y tampoco el autocrítico, porque en este largo camino de construcción hemos cometido y se han cometido errores garrafales, que siempre es bueno tenerlos frescos en la memoria para aprender, ya que no todos somos lo que éramos; el mundo cambió y nosotros también. Lo que trato es que estos cambios sean para mejorar, para avanzar.
En lo particular, he luchado por ideales y con fe, he confiado y le erré en elegir el modelo, ello no me lleva a arriar banderas, pero sí a aprender que no hay verdades eternas. Siempre son relativas. También he aprendido a revalorar la democracia, no me emponcho en la «democracia burguesa», la defiendo para mejorarla, hacerla avanzar y darle contenidos superadores, pero siempre partiendo del principio de que la democracia en sus más abiertos ámbitos, e incluyo el debate interno, no sólo es necesario, sino imprescindible; aunque leer cosas me produzca escozor, sarpullido o simplemente desaprobación o repudio.
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