EDITORIAL

La derecha ataca por dos frentes

Todo parece indicar que serán dos los temas que prefieren blancos y colorados para atacar al gobierno y desmejorar su imagen. Unos de ellos, ya desde marzo de 2005, cuando asumió el gobierno actual, fue el blanco predilecto de la artillería opositora. Nos referimos a la respuesta gubernamental frente al fenómeno del incremento del delito.

El otro tema elegido por la oposición como blanco de sus ataques al gobierno es el referido a la política impositiva llevada a cabo por el equipo económico cuyo exponente emblemático es la Reforma Tributaria y, dentro de ella, el IRPF y el IASS. En este asunto específico, las clases conservadoras se rasgan las vestiduras sollozando amargamente porque, según ellas, estos impuestos gravan al trabajo y no al capital, castigan a la clase media y desestimulan la iniciativa personal y el espíritu de empresa.

Con un tupé que puede asombrar al más advertido, las principales figuras de los dos partidos tradicionales se han lanzado a un virulento ataque contra la política impositiva del gobierno, como si ellos ­blancos y colorados­ hubieran sido históricamente defensores de las clases populares y enemigos del capital, lo cual es y ha sido exactamente al revés: colorados y blancos fueron fieles representantes políticos de la gran oligarquía terrateniente, de los banqueros, de los grandes comerciantes e industriales. En veinte años de gobiernos democráticos (entre 1985 y 2005) no sólo no eliminaron el IRP, sino que lo incrementaron y lo aplicaron al barrer sin preocuparse por establecer una cierta progresividad que podría haber mitigado la esencial injusticia de ese tributo. Sin embargo, no bien el gobierno de izquierda dio el paso trascendente de reformar el sistema impositivo, desde la oposición no surgió ni una propuesta medianamente atendible, ninguna iniciativa, ninguna idea; sólo se oyeron críticas malintencionadas.

Peor aun: el discurso de la derecha se hizo más duro y más tergiversador al punto de distorsionar los efectos de la reforma tributaria mediante un análisis y un razonamiento sofístico. Pero la derecha no es tonta y apuntó con precisión sabiendo que el ciudadano medio es particularmente sensible ante la voracidad del fisco. Es así que ese discurso logró prender y hacer carne en la mentalidad media de la población, con lo cual incluso aquellos asalariados o pasivos que se vieron beneficiados con el IRPF, sea porque directamente dejaron de aportar aquel seis por ciento de Impuesto a las Retribuciones Personales, sea porque empezaron a aportar bastante menos que con el IRP, claman contra el nuevo impuesto haciendo suyos los argumentos de la oposición.

Con la inseguridad pública ha ocurrido otro tanto. No podemos negar que la inseguridad es real y que el aumento sostenido de la actividad delictiva que venía registrándose desde muchos años antes (recuérdese cómo en la campaña electoral de 1994 Millor ya clamaba por más dureza en la lucha contra la violencia delictiva) se mantuvo bajo el gobierno progresista. Pero lo que el discurso opositor soslaya deliberadamente es que la respuesta del Ministerio del Interior ha resultado de una eficacia innegable. Nunca como antes la Policía había demostrado una eficiencia tan notoria, y precisamente por eso es que se ha verificado un aumento de la población carcelaria.

En fin, como queda dicho más arriba, la derecha no es tonta. Corresponde, pues, que la izquierda demuestre que ella tampoco lo es y sepa rebatir con inteligencia y creatividad ese discurso mentiroso.

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