El Producto de la Bestia Interior

En Europa y en Estados Unidos un creciente número de personas responsabiliza a la inmigración por el incremento de la violencia. Aunque podemos pensar que la ilegalidad, la falta de goce de derechos civiles y la desesperación pueden llevar fácilmente a un individuo a la delincuencia, aún así parece que los ilegales se abstienen más del crimen que los ciudadanos. Como los estudios más serios demuestran con números que las olas inmigratorias no son las causas del incremento de la criminalidad sino que en muchos contextos tienen un efecto contrario, se argumenta que si no es la cantidad por lo menos es la calidad de los nuevos crímenes. Es posible que los medios de difusión jueguen un factor en la percepción de un horror antiguo, pero podemos aceptar que la violencia ha llegado o se mantiene en niveles intolerables para una sensibilidad civilizada, dejemos de lado que estos crímenes también son un fenómeno de la ciudad, de la civilización.

En América Latina, como no se les puede echar la culpa a los antiguos inmigrantes, se le echa la culpa a la permisividad de los gobiernos. Así surge la tentación fácil de reclamar el regreso de las viejas dictaduras o, por lo menos, de sus viejos métodos.

Primero, considerando que todos estos son países republicanos, la acusación no tiene sustento. No son los gobiernos los que administran la justicia.

Segundo, no es casualidad que los reclamos de «mano dura» provengan siempre de sectores de la derecha política cuando hoy en día, rompiendo con una tradición centenaria, la mayoría de los gobiernos se declaran de izquierda.

Tercero, en muchos países esta acusación es paradójica. Quienes cometieron crímenes en masa, violaciones al por mayor, han obtenido grandes descuentos cuando no el perdón oficial. Entonces ¿cómo los políticos que durante décadas construyeron un discurso ideológico de impunidad y de olvido ante los mayores crímenes contra la humanidad pueden hablar ahora de «gobiernos permisivos»? ¿Por qué habría un país de usar mano dura con un asesino que mata a un inocente y promover el megaolvido y el megaperdón de una cofradía de asesinos que secuestra, tortura, viola y asesina a cientos y a miles? ¿Cómo pueden estos mismos discursantes de la moral pública levantar las cejas de asombro ante olas de delincuentes, como si esta verdadera «adaptación social» hubiese sido aprendida en cuatro cursos acelerados de Perversión Civil?

Hay, sin embargo, un factor central que no depende de los políticos criollos de turno, sean de derecha o de izquierda. Tampoco vamos a pensar que nuestros criminales, sean reos o sean ex presidentes, son los responsables del rumbo de toda una civilización. También son ellos, como nosotros, hijos de una cultura y de una civilización. La civilización del músculo, del proselitismo y de la conquista; la cultura del materialismo y de la más reciente fiebre del consumismo como síntoma de éxito.

El éxito de los «países emergentes» radica en parecerse algo más a Estados Unidos al tiempo de presentarse como «algo distinto». Copian defectos ajenos mientras conservan los propios. El éxito de estos países «tan distintos» se mide y se define en las bolsas de las capitales financieras, en el gasto interno, en el consumo de combustible, en el número de nuevos millonarios, en la construcción de nuevos centros comerciales con sus Halloween, sus barbies rubias de ojos rasgados.

El especulador de Wall Street, el traficante de drogas y el ladrón de gallinas persiguen lo mismo, porque sus valores son esencialmente los mismos: el éxito económico, con o sin el éxito del prójimo, con o sin el imperio de la ley. La diferencia radica en que unos ejercen el peso de la ley, no porque son buenos sino porque les conviene. Cuando la ley deja de convenirles surgen los Bernard Madoff con sus calculadas megaestafas.

Quizás los criminales comunes sean la forma en que una sociedad expurga sus propios pecados. Quien roba, asesina, viola, trafica con drogas es un perfecto adaptado social. Adaptado a los valores básicos de nuestras sociedades contemporáneas, fundadas en la competencia, la avaricia y la desesperación por el éxito individual. Unos ejercitamos ese vicio a través del arte, de las ciencias. Otros a través de las intrigas públicas, en caso de un político, o de las intrigas domésticas, en caso de un pobre diablo. Otros son más directos y asaltan, roban y matan. Esos criminales representan los valores más profundos de nuestras sociedades pero carecen del arte y de la educación de los buenos jugadores que triunfan porque respetan las reglas de un juego muchas veces perverso.

En esta cadena de violencias todas son parte de un mismo mecanismo. Un pequeño engranaje parece girar en sentido opuesto a un engranaje mayor, pero éste se mueve por aquel y aquel para éste.

Nadie puede cambiar por sí solo el rumbo de la civilización. Ella nos crea. Pocos pueden cambiar el destino de millones de personas que sufren o se benefician de sus decisiones. Casi todos podemos hacer algo por cambiar nuestro entorno más inmediato. Todos, sin duda, podemos hacer mucho por cambiarnos a nosotros mismos. El único problema es que casi nunca queremos. Estamos demasiado enamorados de nuestros defectos y preferimos hablar de los defectos ajenos.

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