Con el espíritu del Pepe Sasía

Hace algunos años que me he ido alejando del fútbol. De este fútbol nuestro. Muy «negocio», muy en la chiquita, muy golpeado por la estúpida violencia de unos pibes completamente desnorteados en sus valores de vida. Muy mercantilizado por «cuatro vivos» que por usar ropa cara, un auto llamativo y un poco de gel se llaman contratistas y le pudren la cabeza a los botijas que vienen de las juveniles. Y muchos padres que desde el baby fútbol están desesperados porque su hijo los saque de pobres y de perdedores. Y así podríamos seguir enumerando cosas que a unos cuantos nos han ido corriendo de las canchas.

Pero tal vez el factor más importante que extrañamos sea lo que ayer tuvo Defensor: fuego sagrado, vergüenza deportiva, espíritu indomable, garra, talento y audacia.

Se plantó firme nada menos que ante Boca y la Bombonera llena. Esa Bombonera inexpugnable para equipos uruguayos en Copa Libertadores.

Defensor fue a la uruguaya. Sobrio, sencillo, calladito, humilde, pero afilado.

Bien despierto, sabiendo lo que quería, sabiendo lo que iba a buscar. Y en todo momento lo demostró. Jugó a muerte, pero nunca desesperado. Jugó al límite, pero nunca perdió la serenidad. Nunca cayó en la patada como último recurso, en el hacer tiempo porque no se tenía fe. En todo momento, Defensor jugó al fútbol.

Jugó al fútbol a la uruguaya. Con pelota a ras de piso, «cortita y al pie», sin enloquecerse, pero buscando el arco rival. Lo hizo con enorme amor propio, pero con inteligencia. Aprovechando al máximo sus recursos, atento, solidario, unido, como equipo. El fútbol es una expresión de vida. A los uruguayos nos han conocido en otras épocas por nuestras hazañas futboleras. Por nuestra manera de ser. Chiquitos pero indomables, con una garra bárbara, con clase, con espíritu rebelde, con inteligencia y talento para obtener resultados que parecían imposibles. Una manera de ser uruguayos jugando al fútbol en cualquier parte del mundo, y cuanto más encumbrado el rival, más rendíamos.

Había un gran amor a la camiseta, al deporte, a lo imposible.

Ayer Defensor enarboló ese espíritu dentro de la cancha. Fue un cuadro bien uruguayo de principio a fin. Entró, jugó y salió como un cuadro uruguayo de los de antes. Y ninguno de ellos vio jugar a aquellos grandes equipos y jugadores. ¿Cómo es posible? Hay que mirar y observar. Defensor hace las cosas bien, desde hace muchos años, en todos sus niveles. Esto no es casualidad. Y tiene a un gran técnico que fue un ganador dentro de los campos del mundo, el «Polilla» Da Silva, que le da a su equipo orden, organización, temperamento, inteligencia. Y que terminó haciendo cambios para ganar y no para mantener el resultado, por más que fuera ganando.

Y tiene jugadores con pasta de crack: Martín Silva, arquero completo; Gaglianone, gladiador que defiende y hace goles; Marchant y De Souza, talentos para armar juego y definir; y un grupo que se sabe ubicar. Por algo es el equipo más rendidor y regular de nuestro fútbol.

Pero lo de ayer es un paso muy grande en su historia. Un paso que los viejos defensoristas estarán aquilatando con profunda emoción. En el recuerdo de Luis Franzini, del «Oreja» Ferrés, de Willy Píriz, de Hugo Bagnulo, del «profe» De León, de Hamlet Tabárez, de Pedrín Graffigna, del Loncha García, de Demarco, del enorme y queridísimo Pepe Sasía, entre muchos, muchísimos. Defensor nos dio ayer a los futboleros de alma una enorme satisfacción. Ayer nos sentimos otra vez uruguayos viendo a un equipo jugar de una manera que nos llenó de orgullo y que nos dio respeto y admiración en el mundo entero.

Lo más importante es que Defensor demostró que se puede.

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