Otro modelo de laicidad en Uruguay

Del Diálogo Interreligioso del Mercosur celebrado a fines de abril en nuestro país, además de muchas propuestas consensuadas para los Presidentes de dicho organismo regional, surgió un clamor unánime aunque fueron muy diferentes las expresiones de fe allí reunidas: más de 80 líderes religiosos compatriotas pedirán al Estado uruguayo un cambio en el modelo de LAICIDAD. Esto se generó en acumulados tiempos y vivencias de las comunidades espirituales locales sufriendo la laicidad estatal como indiferencia institucionalizada sin mala intención pero con efectos. Valgan como ejemplo desde dificultades para hacer efectivas donaciones hasta el trato que se nos da en muchos casos como organizaciones sociales prescindiendo del carácter esencial de religiosas, leit motiv de nuestras instituciones. No somos cuadros de football o clubes barriales, somos congregaciones dedicadas a cultivar el espíritu de las personas. Es simple aunque parece ser difícil de aceptar como hecho de la vida.

La separación del catolicismo del Estado en 1917 significó negación implícita de la polirreligiosidad nacional que así resultó abandonada a su suerte casi siempre mala para las expresiones de fe no pertenecientes a grupos humanos dominantes. El poderío económico y político de las religiones imperantes estructuralmente instituidas y profesadas por europeos y sus descendientes no hubo menester ayuda para imponerse y consolidarse pues eran socialmente naturales, incluso síntoma de prestigio. Muy por el contrario, las manifestaciones espirituales provenientes de las culturas sometidas durante el genocidio americano de la llamada «conquista» llegadas a Uruguay fundamentalmente por la frontera con Brasil en su sincretismo con la impronta indígena y africana, encontraron rechazo en una sociedad que veía como «normal» la cesión de bienes inmuebles por Constitución a la iglesia católica apostólica romana, no logrando superarse las diferencias históricas con el modernismo sino globalizándolas.

Volviendo al hecho Diálogo Interreligioso mercosuriano, fue asombroso para nosotros afroumbandistas; ministros y centinelas de vestigios culturales de pueblos originarios a través de rituales ancestrales a la naturaleza; ver que también otras confesiones incluso cristianas relevaban dificultades serias en relación a la mentada laicidad del Estado uruguayo, en ocasiones obstáculo para el goce efectivo del derecho de culto. Tal divorcio entre la Administración Pública y el devenir espiritual de un país, se ha padecido a lo largo de este tiempo y se impone revertir. Por eso nos juntamos para ver lo que tenemos en común dentro del Mercado Común del Sur, las «ofertas» religiosas como a algunos estudiosos les gusta decir, descubriendo reivindicaciones unificadas ¡qué interesante! dentro de la vasta policromía vernácula de lo trascendente. Fuimos todos o casi todos menos los Pare de Sufrir es claro, porque allí no hay religión sino una empresa multinacional del embauque.

En conclusión, decimos: Estado laico sí, en cuanto reconozca la pluralidad de manifestaciones religiosas constatando una realidad social presente y viva, teniendo en cuenta que tratar igual al diferente es una forma grave de desigualdad. Respetarlas no significa hacer como que no existen y allí está la diferencia. Se habló entonces de tener un nexo estatal que atendiera tal contexto y es tema para pensar y debatir aunque no por siglos ni para aumentar la burocracia, sí para canalizar las inquietudes de un sector de la población que cree en algo más allá de lo que se ve y se toca. Un lugar de intercambio entre las distintas confesiones y el Estado que certifique su existencia, atienda su problemática y suponga en definitiva una garantía al disfrute de la libertad de creencias, porque con la mera enunciación del derecho no es suficiente.

Es importante que se entienda que la práctica de la espiritualidad, contribuye a la formación de ciudadanía en tanto sentimiento humano espontáneo y en constante transformación y crecimiento, dentro de su rol, colaborando en fortalecer el tejido social. La persona que profesa un culto encuentra allí un alivio al diario vivir y un incentivo para seguir luchando. Una esperanza de mejor ser en solidaridad con el mundo y sus habitantes. Las comunidades dialogantes reunidas no concebimos la fe como medio de alienación, sino como alimento espiritual para encontrar la bondad y poder beberla y esparcirla para que se reproduzca y nos rodee generando una sociedad mas justa y de alegría colectiva. La religión es un elemento de cohesión en la sociedad.

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