Los temores del doctor Aguirre
Para Noam Chomsky, destacado intelectual estadounidense, América Latina representa una alternativa. «Desde Venezuela hasta la Argentina, el hemisferio está yéndose fuera de control, con gobiernos centroizquierdistas a todo lo largo del camino […] En el Cono Sur, las poblaciones indígenas se han vuelto mucho más activas e influyentes, particularmente en Bolivia y Ecuador, ambos productores importantes de energía, ya sea oponiéndose a la producción de petróleo y gas o sosteniendo que debe ser controlado a nivel local […] Lo que está en juego en la región son modelos sociales y económicos alternativos. Movimientos populares enormes y sin precedentes se han desarrollado para expandir la integración a través de las fronteras, yendo más allá de las agendas económicas para abarcar los derechos humanos, las inquietudes sobre el medio ambiente, la independencia cultural y los contactos de pueblo a pueblo».
En este avance los revolucionarios hemos tenido activa participación. El ocaso de los regímenes de la Seguridad Nacional, patrocinados por EEUU y ejecutados por Fuerzas Armadas títeres, dio paso a una solución transaccional, verdaderas «democracias tuteladas» en que la democracia liberal convive y queda sujeta a la distorsión representada por Fuerzas Armadas, que exigieron entre otros requisitos el cese de la igualdad ante la ley, quedando los ciudadanos divididos en los sujetos a derecho (y por ende, a las penalidades que el derecho supone) y los represores militares, cuyos crímenes y atrocidades no pueden ni investigarse salvo excepciones.
Los revolucionarios, salidos de la clandestinidad y de las cárceles o retornados del exilio, actuamos en estas democracias tuteladas para transformarlas, para quitarles la tutela y para modificar su raíz de clase, haciendo que nuevas democracias expresen a las grandes mayorías. Y con contradicciones, alentamos el fortalecimiento de un bloque social alternativo y de fuerzas políticas amplias, policlasistas. Durante años hubo que comerse «el pan podrido» del régimen y de visiones tibias y conciliadoras de los mismos aliados. Y así ha sido y es el curso zigzagueante del avance popular continental, que ha madurado procesos tales como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador, etc. En ellos, Chávez, Evo, Correa, etc. no han propagado tonterías ultraizquierdistas, sino que, a partir del control del gobierno han incidido en el régimen, en el Estado y aún en el orden mundial. Ninguno ha tenido la peregrina idea de creer que una simple mayoría gubernamental permite «la revolución». Con inteligencia, han abogado por modificar las bases del poder, a través de Asambleas Constituyentes, echando las raíces de Estados nuevos al servicio de las grandes mayorías.
Y con ellas respaldando a sus gobiernos y participando de las transformaciones, han ido sorteando obstáculos, uno de los cuales, muy grave, ha sido el uso de la violencia contrarrevolucionaria (golpe contra Chávez, intentos separatistas en Bolivia, incursiones colombianas en Ecuador, etc.).
La izquierda parafraseando y ajustando a Mujica no tiene la revolución «a la vuelta de la esquina», pero sabe que es viable y que «hay con qué». Es viable si se ubican los problemas y se trabaja en dirección opuesta a las directivas del sistema; y, en el caso uruguayo, si se privilegia la unidad de la Patria Grande sudamericana y latinoamericana en lugar de la relación con Estados Unidos (sea Bush u Obama su presidente).
Y «hay con qué» si se apoya en la conciencia, la organización y la capacidad de lucha de los pueblos como están haciendo los estigmatizados «populistas». La vía es ensanchar la democracia volviéndola económica, social, política y cultural, desarrollar la conciencia, apostar a la organización, apelar a la movilización. Es decir, abrir cauce a diferentes formas de propiedad, a fortalecer el rol del Estado, a ponerle reglas al mercado, a planificar, a la defensa común sudamericana, a concebir los valores de libertad, justicia social, etc. de modo diferente a cómo los concibe el capitalismo. Así, por ejemplo, se ha procedido para recoger las firmas que liquidará la Ley de Caducidad y que dará un paso gigantesco para abolir la democracia tutelada.
Eso es lo que temen el doctor Gonzalo Aguirre y «El País». No temen a Hitler porque bien saben que Mujica está en sus antípodas; ni siquiera a Chávez porque saben que no se trasladan procesos de un país a otro, de Venezuela a Uruguay. A quien temen es a Mujica y al pueblo uruguayo si profundizan el camino iniciado en 2005.
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