Los "expertos": el "curro" de los cuatro gallos

–¿Sabe Ud. quién fue el primer «experto» de la Humanidad?

–¿…?

— Cristóbal Colón. Porque llegó a América, informó que había llegado a las Indias, y se las ingenió para que se le financiaran varios viajes más para confirmarlo. Cosa que hizo.

No hace mucho, dediqué una columna a la pésima aplicación de la excelente iniciativa del Fondo Nacional de Investigadores (LA REPUBLICA, 18/1/00, p.11). Dislate que comienza por la ridícula suma destinada al Fondo (un millón de dólares), punto de partida del disparateo; lo que demuestra el desprecio que la elite gobernante tiene por la investigación científica en nuestro país.

Sin embargo, el panorama está lejos de estar completo. Le faltó, por ejemplo, comparar esa instrumentación con lo muchísimo más que el país gasta en los llamados «expertos». Claro que éstos suelen financiarse con «endeudamiento externo» (¿alguien dijo que por serlo no lo vamos a pagar?), es muy habitual que se trate de personal extranjero, y frecuentemente nos lo colocan organismos internacionales.

La de los «expertos» conforma una fauna que constituye un estrato de supuestos técnicos (en muchos casos, efectivamente lo son), burócratas internacionales, dedicados a hacer estadías en diferentes países para asesorar a sus gobiernos; por lo cual reciben estipendios de varios miles de dólares por mes. Pero su mayor especialidad consiste en el desarrollo de una jerga técnica neutra, que no moleste la sensibilidad de los «asesorados», que diga lo menos posible con aspecto de «propuestas de soluciones», y que no se aparte de las directivas «globalizadoras» de los organismos a los cuales pertenecen.

Desde luego, hay excepciones. Efectivamente, a veces se tiene suerte, y se logran técnicos capaces, que pueden hacer buenos aportes (lo que suele no importar, porque en uno u otro caso, lo habitual es que nadie les lleve el apunte…). Pero tales excepciones son pocas, y con baja probabilidad de perdurabilidad en la «profesión»…

Claro, se lo puede explicar desde otra perspectiva: la de los que desempeñan ese rol. En realidad, desde ella, la de los «expertos» constituye una forma de vida como cualquier otra. Pero muy agradable; por la cual se recibe muy buen salario para recorrer el mundo confortablemente. Y a la cual se accede, vaya uno a saber por qué mecanismos… Al fin y al cabo, la principal contrapartida es la de confeccionar informes de estilo predeterminado, cuya principal virtud debe ser la discreción de quien está y opina en un país extranjero, como visitante agradecido por la hospitalidad recibida. En fin: un buen «curro».

Sin embargo, el drama que encierra el asunto es que países pobres como el nuestro, gastan «a crédito» en tales destinos, lo que no usan en sus verdaderos trabajadores científicos. Y en la mayoría de los casos, el producto de esa inversión es sencillamente inservible.

Bueno, se dirá, al fin y al cabo, no es tanto dinero. Y el país gasta en tantas otras cosas también inútiles (y hasta peligrosas para su estabilidad institucional, como las Fuerzas Armadas, pobladas de gorilas golpistas y torturadores impunes…).

El asunto me recordó un cuento que me hizo un amigo, junto con la adivinanza que encabeza estas líneas.

Un «experto» de la FAO, un cierto día, recorría una zona andina desolada. Al caer la tarde, se encontró con una india, a quien le preguntó por algún Hotel o lugar donde pernoctar.

–De eso no hay por aquí…; le respondió la campesina.

–¿Y dónde puedo pasar la noche?

–Yo le puedo ofrecer mi cama para dormir conmigo.

Lo que fue aceptado, sin vacilación. (Pero también, sin consecuencias…)

A la mañana siguiente, mientras la anfitriona le servía un desayuno, le dijo el «experto».

–Le estoy muy agradecido por su hospitalidad, buena señora. Como quisiera retribuirle de alguna manera, y yo soy experto de la FAO, me permitiré darle un consejo. Veo que usted tiene cinco gallinas –lo que está muy bien–, pero también tiene cinco gallos… ¿Para qué tantos, si con uno le basta?

–¡Claro!, ¡ya lo sé! Pero es que sólo sirve uno de ellos.

–¿Y los otros cuatro?

–Son «expertos de la FAO»…

En el caso de la india, ella se apiadó de los cuatro gallos inútiles; y pese a su pobreza podía mantenerlos. Pero ese no es el caso de nuestros pobres países, que comienzan por retacear a la verdadera investigación científica nacional, única que puede abrirle capacidad autonómica para las soluciones tecnológicas que el país está requiriendo; mientras gastan fortunas para contratar a más de cuatro gallos de la burocracia tecnocrática internacional. Que en la mayor parte de los casos, vienen a instrumentar las políticas económicas que nos imponen los acreedores externos que nos prestan a interés, los dólares con los que les vamos a pagar.

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