La violencia en los espectáculos deportivos

En nuestra última nota en este mismo espacio, escribíamos que no se trataba de si se volvería a producir o no este tipo particular de violencia, en este caso fatal, sino que la pregunta que debíamos formularnos era cuándo; lamentablemente, no tuvimos que esperar mucho. Francamente, no nos enorgullece este vaticinio, pero es demasiado consistente con nuestras investigaciones que demuestran, además, que pese a los mecanismos empleados para minimizar este tipo de violencia, el problema ha empeorado, y basta con remitirnos a los datos estadísticos: ha aumentado el número de víctimas, reduciéndose a un tiempo el período entre un episodio fatal y otro.

Los datos hablan por sí mismos: en los primeros 60 años de fútbol profesional se registraron tres muertes; en la década de los 90 tres muertes y en la primera década del siglo van cuatro (incluyendo las del basquetbol). No hablamos aquí de violencia simbólica, es decir de aquella que apela a la disminución ética o moral del otro, tan común en una barra, en el palco o en una cancha de baby fútbol, por nombrar sólo algunos escenarios.

Creemos, y lo repetimos una vez más, que no hemos acertado en el análisis del problema, y por consiguiente, no es posible hallar soluciones satisfactorias. También los datos estadísticos destierran viejas frases hechas que manejamos cotidianamente y que no se condicen con la realidad; por ejemplo, la consabida frase que afirma que «la gente no va más al fútbol porque siente temor»; nuevamente los datos nos permitirán rechazar esta teoría: desde el año 96 hasta el 99, la venta de entradas en el fútbol creció sistemáticamente, pasando de 400.000 a 900.000, a pesar de que en los años 92, 94 y 96 se produjeron muertes relacionadas al fútbol. A partir de 2000 comienza a disminuir (no olvidemos la entrada de Tenfield) hasta el año 2001, cayendo sostenidamente a partir de 2002 (recordemos la crisis), subiendo significativamente a partir de 2005 y 2006 (recordemos aquí que en este año murieron La Luz y Da Cunha). El basquetbol pasa de 2001 a 2005 de 50.000 a 250.000 entradas, descendiendo en 2006. Como vemos, no siempre somos responsables en el manejo de la información, acreditando imaginarios que en ocasiones no se condicen con la realidad.

Queremos decir con esto, una vez más, que no conocemos adecuadamente el problema, que buscamos chivos expiatorios y que reducimos el tema de la violencia a «un grupo de inadaptados». Una barra es un grupo humano excepcionalmente diverso y complejo y, dentro de ellas, es cierto, existen personas que no se ajustan a los supuestos marcos éticos normativos con que se mueve el resto de la sociedad. Pero algo es muy claro, quien lleva un arma a la cancha es porque lo hace en su vida cotidiana, ya por seguridad o por una simple estrategia de supervivencia.

El fútbol no es, y repetimos, un reflejo de nuestra sociedad: es nuestra sociedad y, en ella, existe un amplio margen de tolerancia a la violencia, que no es igualmente censurada a la hora de apreciarla en otros ámbitos en los que también se expresa, como es de público conocimiento.

El fútbol es un sistema compuesto por partes que se interrelacionan y la solución en realidad no es cortar por el lado más fino, sino analizar el grado de incidencia de cada una de esas partes; por ejemplo, y como hemos visto, publicitar la equívoca imagen de que la gente no va a las canchas por temor es «agrandar» el problema y situarlo en una dimensión que los datos estadísticos desmienten categóricamente.

Queremos insistir una vez más en que los episodios de violencia efectivamente acaecidos, y por más lamentables que sean, constituyen los síntomas, los indicadores visibles del problema, y que, al igual que los síntomas de una enfermedad, nada nos dirán acerca de la forma para combatirla con eficacia. Las barras como chivos expiatorios funcionan muy bien, pero esconden un conjunto de variables que inciden en el problema.

Hemos mirado soluciones extranjeras, sin comprender que las soluciones del fútbol inglés no pasaron exclusivamente por Inglaterra, sino por protocolos a nivel de la Comunidad Económica Europea (que incluyeron asociaciones de fútbol nacionales, de árbitros, de jugadores y periodistas) y que, además, referían a causas muy distintas (racismo, xenofobia) a las que podemos establecer en Uruguay. Christopher Walley, director de seguridad de los estadios ingleses, comenzó su charla con una frase que nadie recuerda: «Debido a diferencias idiosincráticas, es muy difícil aplicar nuestras recetas, o los mismos conceptos en otro país». Para muestra alcanza un botón: Inglaterra tiene en promedio una cámara de control cada 13 habitantes; aumentó ostensiblemente el valor de las entradas, adecuó los estadios para minimizar la movilidad del hincha y creó espacios para que ciertos parciales sigan los encuentros lejos del escenario donde se producen. Si pensamos en Uruguay y sus estructuras deportivas, que podemos catalogar de museos y no de escenarios adecuados para las exigencias que requiere hoy el deporte espectáculo, y en nuestro contexto social, está claro que tenemos que pensar en otras cosas.

Creemos en «soluciones a la uruguaya», adecuadas a nuestra naturaleza idiosincrática, económica y de gestión. Hasta entonces y pese a los sanos esfuerzos realizados, sólo resta preguntarnos cuándo va a ser el próximo.

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