La realidad del Uruguay profundo al desnudo
El domingo pasado LA REPUBLICA publicó un informe estremecedor sobre un pequeño poblado del departamento de Tacuarembó, donde se consignan las difíciles condiciones de vida de sus habitantes, privados de energía eléctrica a escasos kilómetros de la represa y en el último año del siglo XX. La paradoja habla por sí sola aunque no está demás resaltar que hay 85 uruguayos (por lo menos, ya que no ha de ser éste el único pueblo en esas condiciones, sino que deben de existir muchos más diseminados en nuestro territorio) que, en plena época de brutal desarrollo tecnológico y de comunicaciones, viven aislados como hace más de cincuenta años.
El famoso progreso no tuvo oportunidad de esgrimir allí su piqueta fatal. O, mejor dicho, se ocupó de anegar unas cuantas hectáreas de tierras fértiles con el objetivo de generar energía eléctrica para el resto del país, con lo que condenó a una población de más de dos mil habitantes a una muerte lenta pero segura. Bueno sería conocer la valoración que del hecho hacen los ideólogos del neoliberalismo, pues es un caso típico de no injerencia del Estado, que abandonó a su suerte a más de dos mil compatriotas. Para los adoradores del libre mercado y del Estado reducido a su mínima expresión, puede ser un ejemplo de las bondades que significa dejar todo en manos de una mal entendida selección natural darwiniana. Quizá concluyan que bueno, en definitiva, los cardozograndenses no supieron reconvertirse a tiempo.
Pero más allá de la insólita falta de energía eléctrica y de la paradoja que ello significa al lado de una represa, el informe sobre la situación del pueblo es revelador de una realidad que los montevideanos ignoramos y constituye un síntoma claro del paulatino deterioro del país, o al menos, de su sector productivo.
Resulta una ironía chocante que un país cuya riqueza proviene del sector agropecuario se haya dado el lujo de tolerar el desmantelamiento de una actividad productiva rural que generaba puestos de trabajo y una determinada dinámica social (en Cardozo Grande se desarrollaba una importante actividad lechera). Desde hace 65 años se han sucedido diversos gobiernos que prefirieron ignorar las situaciones como las de Cardozo Grande. Gobiernos colegiados, presidenciales y de facto; gobiernos colorados y blancos que con la honrosa excepción de la gestión de Wilson Ferreira al frente del Ministerio de Ganadería siguieron administrando la crisis y demostrando una notoria falta de creatividad (cuando no falta de interés) para hallar soluciones al problema de las estructuras agrarias obsoletas.
La situación de ese pueblo es ilustrativa, por otra parte, de una dicotomía que caracterizó desde su nacimiento a nuestro país: Montevideo e interior, ciudad y campo, dicotomía que no se ha resuelto luego de 170 años de historia. Los sucesivos gobiernos por lo general admitieron como un hecho natural la macrocefalia montevideana y el centralismo ejercido por la capital. Jamás se encaró medida alguna tendiente a combatir esos males.
Independientemente de los trastornos y dificultades que ocasiona la falta de energía eléctrica en un lugar que llegó a ser una villa pujante, con sus efectos económicos y sociales inocultables, y de la imperiosa necesidad de proceder a subsanar esa carencia cuanto antes, de lo que se trata es de trazar políticas que promuevan un desarrollo racional del sector agropecuario. Asimismo, se impone una auténtica descentralización que permita atender las necesidades de cada rincón del territorio de manera que no sea menester una información de prensa para llamar la atención de las autoridades.
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