EDITORIAL

Perfiles ideológicos y el venerado centro

Por regla general y salvo contadas excepciones, ningún político uruguayo aceptará definirse ideológicamente como «de derecha» y menos aún lo proclamará públicamente, aunque sea un privatizador paradigmático y un confeso admirador de Berlusconi. Evidentemente, la etiqueta resulta estigmatizante.

Ser «de izquierda», en cambio, da un cierto prestigio social y moral en el que se mezclan dosis de romanticismo, de amor por el prójimo, de adhesión a las causas populares y de opción por los pobres. Claro está que todas estas consideraciones poco tienen que ver con el éxito electoral, ya que si hubiera un vínculo, bastaría con autoproclamarse de izquierda (y cuanto más a la izquierda, mejor) para triunfar en las elecciones, algo que no se ha verificado en la historia política del país.

De modo que, sin identificarse abiertamente con ninguna de las dos definiciones ideológicas (vagas, es cierto, pero definiciones al fin), los dos partidos históricos se las ingeniaron para albergar en su seno, bajo el ala protectora de la tradición, a dirigentes y sectores pertenecientes a una u otra opción. Y usufructuando normas electorales que resultaron trampas para el elector, como la pluralidad de candidaturas presidenciales y el doble voto simultáneo, ofrecían al ciudadano un abanico de opciones tan variadas que impedían que este abandonara el lema y buscara en otras tiendas políticas ofertas electorales más acordes a sus ideas.

Este engaño dio sus frutos hasta que fue mellándose la credibilidad de los partidos tradicionales y, sobre todo, cuando la reforma electoral de 1996 introdujo (además del balotaje) la candidatura presidencial única por lema. Esta circunstancia obligó a los partidos a una definición y a un sinceramiento ante los ojos de la opinión pública, al tiempo que los fue depurando de sectores y dirigentes más próximos a posturas de izquierda.

No obstante, perviven en las dos colectividades históricas elementos que no se resignan y que luchan aún por imponer a su viejo y querido partido una orientación progresista. En el Partido Colorado las opciones izquierdizantes han desaparecido o se han visto reducidas a grupos sin peso alguno; los tres precandidatos, aunque con matices, encarnan opciones políticas de derecha. En el Partido Nacional la proclamación de Irineu Riet Correa como tercer precandidato es un intento por rescatar lo más radical del wilsonismo. Pero prescindiendo de esta opción radical intransigente, la colectividad de Oribe exhibe desde hace ya unos cuantos años dos opciones más diferenciadas que lo que lo están los sectores colorados en pugna. El Herrerismo, liderado por el nieto del caudillo, se presenta como el sector conservador, mientras los herederos del wilsonismo se han agrupado en torno a la figura de Jorge Larrañaga, que se presenta como antagónico al Herrerismo y se autoproclama «de centro». Consecuente con aquella frase atribuida a Wilson Ferreira según la cual los blancos no son de derecha ni de izquierda, el líder de Alianza Nacional se obstina en presentarse al electorado como el único precandidato centrista en el panorama político actual.

Ahora bien, parece que ese vago «centro» se ha convertido en la opción ideológica políticamente más correcta y el doctor Lacalle empezó a mudar su discurso aparentemente desideologizado de hombre pragmático tratando de arrimarse a ese venerado centro del espectro político, lo que le valió duras réplicas de su contrincante interno, que no parece dispuesto a ceder el lugar.

En fin, lo que importa es que a la hora de votar en las nacionales de octubre, el Partido Nacional se asegura su electorado con independencia de quién sea el candidato resultante de las internas de junio.

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