El islamismo a cara descubierta
No comprendo la alharaca provocada por la diatriba racista de Ahmadinejad en la conferencia de las N.U. en Ginebra, habida cuenta del personaje, el gobierno que preside y la ideología que aplica. Era absolutamente previsible.-
Desde 1979, cuando la revolución islámica se hizo del poder, Irán se convirtió en el ejemplo emblemático de un país importante controlado por el islamismo.
El islamismo es una ideología que se nutre de una base teológica para conformar un proyecto político totalitario que se propone conquistar el mundo musulmán y, a medida que las circunstancias lo permitan, la sumisión del mundo no musulmán. Aspira al establecimiento de un nuevo orden regido de acuerdo a normas religiosas que, según el islamismo, deben mantenerse intocables a pesar de que tienen más de mil años. Debe admitirse que sus adeptos no hacen ningún misterio de sus fines y de sus métodos.
Mahoma fue un político brillante. En el siglo VII unificó las tribus de la península arábica, hazaña nada desdeñable, y murió triunfante como fundador de una religión y jefe de Estado. A partir de entonces, los ejércitos del Islam se lanzaron hacia los cuatro puntos cardinales cosechando victoria tras victoria´. Pero con el transcurso de los siglos, Occidente con su cultura y sus valores judeo-cristianos diametralmente contrapuestos a los del Islam, se interpuso con fuerza creciente en su camino hasta marginarlos del eje de la historia.
En el Islam se fue gestando una forma patológicamente antioccidental, racista, xenófoba y antisemita (quizás debería escribir «judeofóbica» pero no me resigno a renunciar al término «antisemita» que conlleva tanto sufrimiento judío).
Se trata de un racismo con una inconfundible reminiscencia nazi. Es verdad que hay una diferencia: – El islamismo no es un racismo basado en la sangre sino en una religión y una cultura edificada sobre ella. Eso le confiere una aspiración de legitimidad universal que el nacional-socialismo no tiene. Pero por lo demás las similitudes son impresionantes: odio absoluto, revanchismo, creer que están en el mundo para dominar, un proyecto de conquista mundial, y un punto de convergencia que es central en ambas concepciones, consistente en un antisemitismo rabioso que no puede disimularse como antiisraelismo o antisionismo.
Hace poco más de dos años, el líder del Hezbollah, Hassan Nasrallah, manifestó que si los judíos «se concentran en Israel nos ahorran el trabajo de ir tras ellos por lo ancho del mundo «. Tiene su lógica porque en tal caso ya no sería necesario asesinar judíos diseminados por el mundo atentando contra sinagogas, centros comunitarios, campamentos juveniles, cruceros, aviones o aeropuertos. Mejor tenerlos todos juntos en Israel.
Si aceptamos la fundación de la «Hermandad Musulmana» (1928) como el inicio de la fase moderna del islamismo, constatamos desde su primera hora una colaboración con el nazismo que, con el tiempo, se transformó en una alianza en toda regla.
La Hermandad Musulmana trasplantó a un mundo árabe receptivo modalidades nazis que fortalecieron el tradicional odio del Islam a los judíos.
Si el régimen nazi fue erradicado de Europa al ser derrotado en la segunda guerra mundial, en el Medio Oriente, en cambio, siguió vivito y coleando. Por eso no comparto la visión del Presidente del Parlamento de Israel, cuando a propósito del episodio de Ginebra expresó que fue testigo del regreso de Adolfo Hitler: porque la verdad es que del Medio Oriente nunca se ausentó.
Pero que nadie se llame a engaño. Si Israel no existiera; más aún, si no quedara un judío vivo en el mundo, el proyecto mundial del islamismo seguiría vigente en todos sus términos. Al contrario, sería incluso más grave porque paradojalmente ha sido- Israel en medio de un océano árabe- el factor catalizador que contribuyó a detectar este foco perverso. Israel, allí en la primera trinchera, es parte de la solución y no del problema.
El enemigo es Occidente del cual Israel forma parte aunque no una parte cualquiera. Su odio a Israel y los judíos es, en gran parte del Islam, un cemento unificador insustituible. No en vano hace ya años que la Cancillería iraní desplegó encima de su principal puerta de acceso un enorme estandarte con la escalofriante oración en idioma farsi, «Israel debe incendiarse». Si pudieran exterminar a los judíos, dentro y fuera de Israel, habrían matado dos pájaros de un tiro: -Por un lado, consumar la «solución final» y, por el otro, asestar un golpe de inimaginables consecuencias al mundo occidental.
Por eso resulta tan difícil comprender la sorpresa que el repugnante discurso del Presidente iraní provocó en el secretario general de las NU, sorpresa al parecer compartida por muchos gobernantes y diplomáticos.
Resulta que el Sr. Ban Ki Mun no se preguntó cuál sería el contenido del discurso de Ahmadinejad para el cual éste se tomó el trabajo de ser el único jefe de gobierno que participó en la Conferencia de las N.U. contra el Racismo.-
¿Será que en su ingenuidad creyó que alcanzaría con una exhortación genérica tal lo que se desprende de la prensa- de no equiparar sionismo con racismo?
¿Se olvidaron de lo que pasó en «Durban I», la primera Conferencia contra el Racismo de la que se supone que ésta era la continuación?
Si algo positivo puede extraerse de este episodio, es asumir de una vez por todas la irreductible vocación universal político-religiosa del islamismo. Es una locura creer que se les puede a apaciguar o cambiar. Sin prisa y sin pausa harán todo lo que esté a su alcance para avanzar en su proyecto sin reparar en los medios que fueren necesarios.
La misma noche de su triunfo en las elecciones que lo llevaron a la presidencia, Ahmadinejad, por entonces casi un desconocido, proclamó que su victoria tendría proyección «a escala planetaria». ¿Qué habrá querido significar….?
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