¿Qué llevó a la crisis?
El impacto de la crisis financiera internacional sigue haciéndose sentir y mucho; se han perdido decenas de miles de puestos de trabajo, a pesar de la inyección de cifras siderales en dólares las economías centrales del capitalismo están muy lejos de recuperarse y el debate sobre las salidas está en su punto más álgido.
Como ante cada hecho económico, la apuesta de salida depende de las opciones que se privilegien, de a quienes apoyar y desde donde pararse; la decisión por lo tanto, es esencialmente política.
Desde LA REPUBLICA hemos escrito largo y reflejado la mayor cantidad de puntos de vista posibles sobre las causas de este big bang financiero.
El debate continúa pero hay una cosa clara: el paradigma neoliberal colapsó. Propagandeado e impuesto como la panacea global y de la globalización, su colapso es también global.
No es de extrañar entonces que el impacto más duro de la crisis se sienta en los países que hicieron del neoliberalismo su religión y en particular de su parte más glamorosa, el mundo financiero y bursátil.
En primer lugar entonces, hay que decir que la desregulación financiera absoluta, promovida a sangre y fuego, por los mismos que hoy se rasgan las vestiduras con los denominados «paraísos fiscales», llevó a esta explosión global.
Además, el impacto es más profundo, porque el dogma neoliberal iba acompañado de las privatizaciones de todo, del achicamiento y prescindencia del Estado, de la pudorosamente llamada «flexibilización laboral», en realidad la eliminación de todas las conquistas sindicales y la implementación de la explotación dura y pura de los trabajadores.
El impacto entonces es devastador, porque golpea a millones que no tienen protección ninguna, que fueron impelidos a consumir sin barreras, a endeudarse, a jugar con sus ahorros en la ruleta de la bolsa y las acciones. Ahora no tienen donde refugiarse; la protección social era un tema arcaico que elminaba competivividad.
No alcanza con decir esto. Hay que recordar también, que esta concepción, estas ideas, no vinieron de Marte, fueron defendidas e instrumentadas por líderes, fuerzas políticas concretas y por prácticamente todo el espectro de medios de comunicación, en el mundo y también aquí en Uruguay.
Es por lo menos insólito, que ahora, los mismos actores, sin el más mínimo asomo de autocrítica salgan a transformarse en los voceros de una supuesta salida.
Pero más insólito aún, es que la supuesta salida que promueven, se base en las mismas propuestas fracasadas que condujeron a la debacle.
Desde círculos políticos, financieros, empresariales y mediáticos se reclama un día sí y el otro también, rebaja de salarios, flexibilización de los convenios colectivos, exhoneración de aportes patronales, exhoneración de impuestos y, faltaba más, reducción del gasto del Estado.
La realidad es bien diferente a lo que pregonan estos voceros del apocalipsis, que además son los mismos que lo desataron.
Uruguay fue el segundo país del mundo en crecimiento en el último trimestre del año pasado. Desde que se reinstalaron los Consejos de Salarios, los trabajadores recuperaron, en promedio, 18.4% de poder adquisitivo. Hay récord histórico de afiliados al BPS, es decir hay más uruguayos que nunca con protección social. El Sistema Nacional de Salud cubre a la inmensa mayoría de los uruguayos. La red de protección social, que integran estos elementos ya señalados y se complementa con los programas del Mides, continenta a cientos de miles de compatriotas, los más vulnerables. El presupuesto en educación y en salud se ha triplicado y duplicado.
Esto es exactamente lo contrario de lo que hicieron estos voceros y provocadores del desastre. Es también, exactamente lo contrario de lo que quieren hacer.
El impacto de la crisis se está sintiendo y se va a sentir, pero estamos en mejores condiciones para afrontarlo. Y lo estamos porque no se hizo lo que los sacerdotes de la religión neoliberal quieren que se haga.
Porque la crisis no la deben pagar los trabajadores y los más pobres.
Esa es la diferencia sustancial de objetivos y no es nada menor.
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