¿Y ahora, qué?

El gobierno del Presidente Vázquez se constituyó en una obra de reconstrucción nacional que puso en evidencia la miseria que sembró en una sociedad avanzada en Latinoamérica y en el mundo, el modelo neoliberal en bancarrota global, de la mano de los especuladores financieros. En 2002, el año que vivimos en peligro, los Peirano desnudaron la vergüenza de aquel tenebroso paradigma que tiene su expresión más degradante en la realidad reflejada en el reciente informe de Manfred Novak, vinculada a la condición inhumana de casi 9000 presos en las cárceles del Uruguay. He allí el rostro más brutal de la miseria material y espiritual, producto de lustros de ajustes fiscales, de economistas que han asumido a los pueblos como un abstracto o una simple variable numérica, de dictaduras militares, de contubernio oligárquico. Pobres condenados por generaciones a vivir en medio de la basura, con necesidades básicas insatisfechas. Niños alimentándose de residuos y pasto en zonas marginales de Montevideo e interior, un modelo de exclusión social que privilegió a lo largo de la historia al latifundio y a la banca, en particular.

En ese estado de situación encontró el gobierno progresista al Uruguay, sumado a la constante fuga o sangría del más precioso capital que posee un colectivo social: su propia gente. Por ello hablamos con propiedad de reconstrucción o salvación nacional, al implementarse durante este quinquenio 2005-2010 planes de emergencia social y otras políticas públicas de asistencia concreta y con resultados a la vista,hacia los más débiles.

Ahora, las tareas y los desafíos por delante son mayúsculos, cumplida esta primera fase de equilibrios que lograra la muy aprobada conducción política y económica del país desde 2005 a la fecha, avalada por diversas encuestas de opinión.

Hablar de la riqueza de una nación no es considerar en primer orden al ganado y suelos aptos para producir alimentos de primer nivel. Se trata de priorizar al capital humano, gente preparada en su gran mayoría por la Universidad de la República, científicos, profesionales, emprendedores, técnicos, quienes van a ofrecer, con el desgarro de abandonar su patria, un oficio calificado a países de la región y del primer mundo, desde hace más de cuatro décadas, en busca de mejores oportunidades. ¿Pueden continuar siendo la banca y sus secretos privilegios los digitadores del futuro que queremos construir entre todos?

El Uruguay necesita emular modelos productivos como Irlanda y Nueva Zelanda y algunas cifras que son de por sí elocuentes y que hablan de que nosotros también podemos construir una sociedad de oportunidades para que las futuras generaciones de uruguayos se asienten definitivamente en nuestro territorio. La República de Irlanda, cuya población supera los seis millones de habitantes, tuvo un crecimiento económico sostenido en las dos décadas del periodo 1980-2000, donde pasó de ser un país de pobreza, a uno de los países con el PIB por habitante más alto del mundo. Esto estuvo relacionado con la llegada de innumerables empresas de orden mundial que establecieron su sede en Irlanda como por ejemplo la multinacional «Canon», entre muchas otras.

La agricultura supo ser el sector más importante de su economía. Sin embargo hoy la industria representa alrededor del 80% de las exportaciones y emplea a 28% de la fuerza laboral. Irlanda es uno de los mayores exportadores de bienes y servicios relacionados con el software en el mundo, algo de lo que en Uruguay conocemos bastante. Nueva Zelandia, por su parte, con más de cuatro millones de habitantes y algo más de 165.000 km 2 destina una amplia superficie a pastos para obtener productos como carne, lácteos y lana, vendidos tanto a nivel mundial como a su principal socio comercial: Australia. Con más de 10 millones de cabezas de ganado vacuno, el sector agrario emplea al 10% de la población activa y contribuye en un 8% al producto interno bruto.

Hay que alentar la inversión productiva que genere trabajo y valor agregado a lo que el Uruguay produzca en el futuro. En Chile, el «cluster» de los alimentos ya en el año 2005 exportó la cifra de US$ 8.120 millones que posicionaron a la nación trasandina en el lugar N° 17 del mundo en el rubro alimentario. Si Chile continúa en esa línea, para el 2010 estará dentro de los primeros 10 productores de alimentos en el mundo.

Según el profesor Michael Porter, economista y autor de la teoría de «Gerencia Estratégica», los «clusters» son concentraciones geográficas de pequeñas y medianas empresas relacionadas, proveedores especializados, industrias vinculadas e instituciones asociadas que compiten, pero también cooperan, en una determinada actividad.

Justamente, el hecho de operar en forma sistémica, donde se dan múltiples relaciones entre los actores, es lo que hace que los clusters muestren ventajas y eficiencias imposibles de lograr de otra forma. Cada parte de este sistema es capaz de hacer lo que mejor sabe en pos del desarrollo de un producto o servicio final particular.

Una de las razones del éxito de la economía chilena es que se ha conformado en el rubro alimentario un «cluster» competitivo a nivel mundial.

A este somero recorrido por tres modelos de economía abierta al mundo y competitiva aspiramos a que la marca Uruguay se incorpore, dotado ya durante estos primeros cinco años de gobierno del Frente Amplio de la estabilidad política, macroeconómica y social necesarias para poder transformarse a sí mismo en un modelo de revolución productiva.

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