Voto epistolar
No soy absoluto al respecto… pero admito que me rechina y lo miro con muy poca simpatía al voto a «control remoto». Por supuesto que hay diferentes situaciones. El que se fue perseguido injustamente por razones políticas ideológicas incluyendo con riesgo de vida, buscando nuevos horizontes donde rehacerse y construir una existencia decorosa y próspera, es obvio que tendría razón. Es diferente al que, también con derecho, lógico reconocerlo, se va del terruño por meras ambiciones económicas y logros sociales legítimos por supuesto, pero le gusta y aspira a otros escenarios más ambiciosos. El primero, es obvio que al preservar su pellejo y libertad merece una consideración distinta. Pero el que deja el «paisito» aplicando sus talentos, conocimientos y virtudes obtenidos y facilitados en la patria, para transitar definitivamente al beneficio de otras naciones desarrolladas e imperiales en su mayoría, suena por cierto diferente y antipático.
Las interpretaciones pueden ser muchas. Pero la patria le facilitó a la familia y al que se va con claras intenciones de no volver, una inversión importante en cultura, salud, especializaciones (al que se llevan con claras preferencias es al técnico… los otros son mano de «obra barata» incluyendo «carne de cañón» caso de España, cuando ofrecía ir de soldados a la guerra del Golfo, ¿recuerdan?) y al aprovechamiento de esas condiciones se las lleva el extranjero sin inversión alguna. Todo ganancia para ellos que se le dio gratuitamente por el Uruguay, desde niño hasta su desarrollo pleno, laboral o técnico.
Esto dicho desde el punto de vista utilitario, viva el que lo aproveche. Pero el problema no estriba solo en lo material propiamente dicho. Hay otros valores a respetar. El derecho a prosperar lo tienen todos. Tanto los que se van como los que, sacrificándose, se quedan. El que pudiéndose ir no lo hizo por amor a la patria, a su gente y a sus hijos que desea se críen y sean hombres útiles al tan manido «paisito». Y esos, tienen derecho preferencial, es lógico, a elegir votando sus gobernantes futuros, que se les ocurra. No me gusta ni creo que sea justo para nadie, que los que se mandaron mudar a tierras lejanas con claras intenciones de no volver, que ya armaron sus vidas estables y prósperas en otros lares, por nostalgias más deportivas y anecdóticas que reales, de «amores» patrios que aventaron con el tiempo transcurrido, vuelvan por un «ratito». No a quedarse y remar a favor de su patria aportando sus talentos y virtudes, sino a imponer a los que sí se quedaron y apechugaron con crisis, renuncias, aperturas económicas, risas y llantos por una bandera que defienden y su gente por la que se sacrifican a diario, experiencias que no son las nuestras y que ellos aunque se las ganaron, no las pueden imponer. Entre otras razones, porque los tiempos cambian y no viven ya con nosotros, con nuestras carencias y obligaciones. Si la nostalgia y el patriotismo, causas justas si las hay, son reales válidas, por supuesto que el derecho al voto es legítimo y debe permitirse. Admitamos que son los menos. Pero los que llevan tiempo de estabilidad en el extranjero notoria, y aprovechando un pasaje «barato» le sacan el «jugo» y ocasionalmente por viejos odios o mal interpretados «desquites», me quiere imponer su voluntad y criterio, que acá en su momento no se animó aplicar, me parece que carece de derecho racional, por más que se le vista con «ropajes» sensibleros. ¡Que vuelva definitivamente, y vote como los que se quedaron! Las experiencias europeas son distintas. Allí, renovando las ciudadanías o credenciales y pasaportes, hijos, nietos y demás línea directa familiares gozan de esas prerrogativas. Son otras situaciones y otras historias de grandes potencias necesitadas de mano de obra y tradiciones de guerras y matanzas que obligaban a forzar otras realidades. El voto epistolar en nuestro caso es muy cómodo. Es obvio que el viajar es probable que no sea tan «barato» como la elección pasada. Y los que calculan ser favorecidos por esa «ingeniosidad» quieren el «control remoto». Insisto en no ser absoluto. Pero puedo llegar a pensar, que es inmoral imponer y meterse a decidir sobre el futuro ajeno. Yo decido lo que quiero y sobre los que me acompañaron, discrepando o no, pero partícipe de nuestros destinos. El que se fue, se fue. Si tanta nostalgia tiene, que se quede y votará con igual derecho.
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