Encuentro con Zelmar "Chicho" Michelini y otros recuerdos

La presentación de la Fundación Zelmar Michelini, el jueves 16 en el Paraninfo, fue un acto espléndido, por su emotividad y su contenido, por su calado en la vida nacional y su repercusión internacional, por la presencia de los alumnos de la escuela que lleva su nombre, por la apertura musical de la orquesta juvenil del MEC que nos trasladó de Mozart a Zitarrosa, por el abrazo de muchos compatriotas de distintas vertientes. Para mí tuvo además un significado especial: el reencuentro con Zelmar Michelini hijo, el «Chicho», con quien estuve en Buenos Aires en aquellas circunstancias dramáticas, precisamente en estas fechas, 33 años atrás.

Yo me había encontrado con su padre en la noche del martes 18 de mayo de 1976 en la esquina de Corrientes y Florida. Intercambiamos informaciones sobre la lucha contra la dictadura, como siempre. Yo le llevaba artículos para publicar en «La Opinión», donde él trabajaba, ubicada en la calle 25 de Mayo, a un par de cuadras de Corrientes. Precisamente él salía esa noche de su trabajo, y yo del mío, en la agencia Prensa Latina en Corrientes 456. Me quedé viéndolo alejarse hasta que penetró en el cono de luz de la entrada del Hotel Liberty.

A la mañana siguiente irrumpió el Chicho en Prensa Latina. Yo lo conocía porque era compañero de estudios de mi hija en el Dámaso. Estaba desencajado, pero tuvo la presencia de ánimo de contarnos en detalle lo acontecido en la habitación que ocupaba su padre en esa noche terrible. A él le taparon la cabeza con una sábana y le pusieron una pistola en la sien. El padre pidió para llevarse unos medicamentos y la respuesta fue: «Para lo que te van a servir…». Nosotros contactamos de inmediato, por teléfono y por cable, a todos nuestros conocidos en prensa radio y televisión, mandando telegramas en todas las direcciones. El Chicho tenía la clarísima intuición de que era una carrera contra el tiempo.

Atando cabos llegué a la conclusión de que cuando yo hablaba en la esquina con Zelmar padre, el operativo en el apartamento del Toba Gutiérrez Ruiz, en Posadas 1011 (donde nos reuníamos quienes editábamos una publicación contra la dictadura, después de haberlo hecho durante meses en el domicilio del rector Oscar Maggiolo), ya debía haber comenzado. Allí el Toba tuvo el coraje de decirle a Matilde, cuando se lo llevaban, que le avisara al «Pito», y los secuestradores le anunciaron: «Por ése vamos a ir en seguida».

Fue en la mañana del día 20 (o 21) que en el kiosco me encuentro con el titular de primera plana de «La Opinión» anunciando el cuádruple asesinato. Todo había sido en vano.

No obstante, el lanzamiento de la Fundación se hizo bajo un lema esperanzador: «Que nunca la tristeza se asocie a mi nombre». El mismo del luchador antinazi checo Julius Fucik en «Reportaje al pie del patíbulo».

Un recuerdo trae otro. En esas mismas fechas del año 1959, Uruguay se conmocionó con las inundaciones y la evacuación de Paso de los Toros. Allí oímos hablar por primera vez del general Líber Seregni. Pero lo que yo más recuerdo es el discurso de Fidel Castro en la explanada municipal, después de haber sobrevolado la zona inundada junto al general. Unos meses antes habíamos vibrado con el triunfo de la revolución cubana. Pero allí estaba de cuerpo presente Fidel, que habló ante una multitud de la revolución cubana y demostró la actitud solidaria que es una constante de la revolución. Yo lo vi y oí desde las ventanas del edificio que ocupaba el ICUS en 18 de Julio casi Barrios Amorín.

El 17 de abril de 1972 está inscrito con trazos de sangre por la masacre en la seccional 20ª del PCU. Fue el preludio del golpe de estado. El 13 se había registrado el mayor paro general de la clase obrera, con adhesión de sectores de capas medias, comerciantes, pequeños empresarios y de la población en general. El 14 sobrevinieron las acciones tupamaras, luego se decretó el estado de guerra interno y, en la madrugada del 17, la matanza a mansalva en la seccional. Estábamos saliendo de nuestra labor diaria en El Popular cuando nos llegaron los primeros indicios. Yo conocía a casi todos (uno trabajaba con nosotros), Zitarrosa los instaló en la memoria colectiva y cada año los recordamos en el lugar de la tragedia.

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