Unidad blanca

El 8 de abril de 1959 moría Herrera. Fecha emblemática si la hay para los blancos. Ante la sorpresa de todo el gobierno y prensa contraria, Larrañaga con una representación digna y numerosa sorprendió a Tirios y Troyanos haciéndose presente ante la tumba del caudillo (Cementerio Central), sumándose a la pléyade blanca como correspondía a un buen blanco. Homenajear a Herrera es una obligación moral de quien siente la causa nacionalista identificándose con la sustancia misma de un Partido que hizo y defendió la Patria y su soberanía. Nadie como Oribe y Herrera se enfrentaron junto con otros grandes blancos, cada cual en su tiempo, Leandro Gomes, el Aguila del Cordobés, Timoteo o el propio Wilson entre otros muchos seguidores, con los imperios que en cada época querían violar nuestra soberanía nacional y el americanismo, según el caso. Pero también vale señalar otro «ítem» de gran importancia. Y fue justamente el sellar al pie de su sepulcro que guarda tan sagrados restos, la unidad, con un clavel níveo tocante a toda la familia blanca. Un reconocimiento y compromiso así interpretado por todos y particularmente, como también correspondía con grandeza, por los que naturalmente siendo sus seguidores y familiares, sangre de su sangre, se estrecharon en abrazo fraterno de unidad. Una mañana cargada de recuerdos y afectos propios de un Partido Nacional pletórico de historias y hazañas que hicieron una tierra libre y soberana. Creemos todos que se ganarán los próximos comicios. Por lo tanto y hasta más importante, es la unidad lograda en las grandes líneas ideológicas. Por encima de matices o perfiles determinados, la colectividad por la que tanto luchó y engrandeció Herrera, mantiene su monolítica conciencia unitaria conceptual. Sin perjuicio claro está, de situaciones u opiniones menores que no alterarán por falta de entidad, el futuro gobierno de ganar. El gaucho, a quien los contrarios quieren mostrar como absoluto, radical y arbitrario, con un solo gesto que los blancos sabemos interpretar como espiritualmente íntegro, con el otro candidato blanco, Lacalle, a quien también se le «desea» abrazar posiciones irreductibles y encontradas, terminaron con un «mentís» de imaginarias hostilidades internas típicas de agresiones preelectorales.

El Partido para tranquilidad de sus adeptos y de la ciudadanía que sigue atentamente cada conducta, visualiza a los blancos, integrados en un macizo block ideológico futuro culminado en esta histórica fecha. Una cosa son los enfoques circunstanciales y otra muy distinta los insultos que maculan la pureza de las banderas. Son ejemplos fundamentales que nos diferencian en temas vitales como el «secreto bancario» o aceptando como se ha hecho los cipayismos imperiales abrazándose con Bush y Dick Chenney por otros. Hay claudicaciones, que ante los blancos ¡no pasarán!

Al otro día de las internas, la quilla de nuestro barco hendirá mejor las aguas embravecidas, y será como se ha trabajado, con la tripulación completa. Somos todos nacionalistas y blancos históricos por añadidura. ¡El clarín del negro Camundá llama a la unidad en la batalla como en la paz! ¡Muy bien por Larrañaga y bien sin dudas, por Lacalle! ¡Maldito el que viole este pacto histórico «lacrado» ante la tumba de un gran blanco! ¡Herrera!

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