Tirar todos los muros
«Las abuelas fueron con sus nietos, los pibes llevaron mazas y cortafierros, veinte policías miraron la escena de cerca sin atinar a interrumpirla: eran las 10.45 cuando un mazazo quebró el silencio y el muro. Los bloques de cemento sobre la calle Uruguay no estaban amurados al piso sino a las columnas de acero; no hacía falta estudiar mucho el asunto, bastaba con golpear esas juntas para que cayeran los últimos cinco bloques. Y cayeron ayer, antes de que saliera el amparo judicial para frenar la construcción, antes de la visita del ministro de Seguridad bonaerense, Carlos Stornelli, que había prometido la suspensión de la obra hasta el lunes. El muro se levantó arbitrariamente; tirarlo, para los damnificados, fue una especie de justicia por maza propia».
Esto lo escribió ayer Emilio Ruchansky, hijo de uruguayos y periodista de Página 12. Fue título de portada. El colega se refería al muro que construyó gente pudiente «a un costado de la calle Uruguay, que separa o une según cómo se mire San Fernando de San Isidro», allá en Argentina.
Lo que acaba de pasar en el vecino país, cuya sociedad tiene la capacidad de asombrarnos todos los días, no es nuevo para la humanidad. No en vano, en la Edad Media, los reyes construían castillos con inmensos muros y murallas para aislarse de la chusma, mientras que en la intimidad gustaban encolumnarse mutuamente y preparaban complots contra otros amurallados que siempre se defendían o atacaban a sus enemigos utilizando la vida de los plebeyos.
El asunto, como siempre, tenía como objetivo la acumulación de la riqueza, la concentración del poder y la expresión manifiesta del desprecio por lo más humildes, quienes tenían como único derecho aceptar ser explotados por los amurallados.
Lo ocurrido en San Isidro no es novedad, entonces. George W. Bush, el ex presidente de Estados Unidos, construyó un muro para impedir el paso de los emigrantes mexicanos. Es que los aztecas son buenos para cosechar el algodón, como lo hacían antes los negros, pero no para casarse con los hijos rubios de las clases poderosas de Estados Unidos.
Lo mismo pasa en Río de Janeiro, donde los poderosos le establecen los límites a los habitantes de las favelas, también con un muro, a pesar de que son ellos los que se llevan el negocio del narcotráfico.
En Uruguay somos distintos, pero no mucho. No construimos muros con piedras, pero construimos «muros» cuando se criminaliza la pobreza y se le cierran las puertas al mal vestido y al mal hablado.
El capitalismo construye muros. Los pueblos tienen que derribarlos, no para seguir siendo pobres y no para el cultivo de la pobreza como un fin en sí mismo. Derribar los muros para construir una nueva realidad social que le permita a todas las mujeres y hombres tener la oportunidad de ser libres, felices, sintiéndose dueños de su propio destino.
Desde 2004 estamos en eso, aunque aún los muros parezcan que están sólidos, aunque estén agujereados por la acción del gobierno progresista.
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