Los secretos del secreto bancario
Este es un tema, cuya propuesta de solución no debería faltar en la mente del ciudadano ni en el programa de un partido realmente de izquierda que se precie de tal.
No sé si alguna vez lo estuvo en el del FA, pero, los hechos que han venido ocurriendo recientemente en el ombligo del mundo-capitalista han sido la gota que desborda el pozo negro donde han depositado sus miasmas desde hace años delincuentes de guante blanco (también celeste y rosado…), tales como, a manera de ejemplo, aunque hay más, vaciadores de bancos, traficantes de drogas, evasores de impuestos y poseedores de fiducias mal habidas.
El secreto bancario ha sido puesto en la Constitución como parte de un andamiaje de los poderosos. Llámense éstos oligarcas, burgueses, «dotores» o latifundistas. Todos ellos resurgieron, en la interna de nuestro país, a partir de la derrota militar del Artiguismo. Los traidores a su causa, con el genocida don Frutos a la cabeza, luego de apropiarse de tierras y haciendas y de ultimar a los verdaderos dueños de ellas, utilizando su doble poder económico-militar (el «ejército» posartiguista siempre demostró ser el brazo armado del poder económico), trataron de proveerse de un cuerpo normativo que le permitiera «blanquear» y legalizar sus privilegios. El secreto bancario es uno de esos comodines complementarios que impide saber cuánto tienen los que tienen mucho. Aquí ha perdurado, junto con la sociedad de gobiernos probanqueros y banqueros gobernantes. Baste recordar el malhadado de Pacheco Areco, con Peirano como ministro.
Es cierto que hay una (débil) legislación que permite, en algunos casos muy especiales, al Poder Judicial levantar el velo sobre los «asuntos» bancarios de ciertos personajes demostradamente peligrosos. Pero la resistencia de los poderosos poseedores de la riqueza (casi siempre mal habida) y de algunos desposeídos desclasados dispuestos a colaborar en el infundio a cambio de treinta dineros ha podido más.
Ahora resulta que, además de esa impunidad legalizada, tampoco se puede ni siquiera hablar del secreto bancario. Es otra de las «malas palabras», extraditadas por ello, del diccionario del progresismo. Como lo son reforma agraria, banca nacionalizada, imperialismo yanqui, etc.
Y los motivos se expresan sin ambajes. «Cuidado con desestimular la inversión extranjera». No te dicen que los inversores extranjeros que le tienen miedo a la eliminación del secreto bancario son especuladores y delincuentes. Te dicen «cuidado con asustar al capital.»
Tampoco te dicen que estamos dependiendo tanto de la inversión privada, porque, cuando se acepta la renegociación de la deuda en los términos leoninos con que te acamala el FMI, no te queda un mango para casi nada.
Ni siquiera admiten que a alguien se le ocurra mencionar que el secreto bancario puede ser materia de negociación.
Es un tema prohibido. Y chau. Y se llega a tratar de descalificar a alguien, por tener el atrevimiento de sólo mencionar la «palabrota».
Así están las cosas. No se puede hablar de un mecanismo implantado por los poderosos, para la defensa exclusiva de intereses espurios de rufianes y «malhechores» de riquezas, porque se pueden «piantar» y no venir a sembrar su especulativa semilla.
Faltaba más. Y todavía, de «yapa», tener que escuchar, calladamente, que al Presidente hay que obedecerlo, por esa sola calidad de serlo. Aunque se mande cualquier exabrupto.
Como cuando sale innecesariamente a decirnos que el gobierno no va a tocar el sacrosanto secreto bancario. Si no lo hizo hasta ahora, ¿a quién quiere convencer? Tal vez sea tan sólo una amañada injerencia en la disputa interna a favor del delfín.
La obediencia que se intenta imponer no es para orientales que piensen con cabeza propia. Eso estará bien para las FFAA, para alcahuetes y ministros que están bajo su autoridad o a su sombra.
Los demás sabemos que su autoridad, gracias a acceder al cargo, por su condición de mandante de la fuerza política que lo impulsó, emana, por siempre, de nosotros, y cesa ante nuestra presencia soberana.
¡¡¡Qué don José!!!
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