Alfonsín

Falleció Raúl Alfonsín y con él una concepción política austera, republicana y ajena a las mezquindades de las cuales el arte de gobernar no está a salvo. Su muy lamentable desaparición física también parece estar ligada al ocaso de una fuerza política tradicional en Argentina, como es la Unión Cívica Radical en mérito de otros hombres mujeres y referentes ideológicos que crecieron políticamente junto a él y abrevaron su savia docta y libertaria. Deben valorarse y apreciarse sin ambigüedades las circunstancias en las cuales Alfonsín asumió la presidencia de la República Argentina a la hora de efectuarse juicios sobre su actuación como gobernante. Decimos, por tanto, que América Latina está de duelo. Su impronta justiciera, su conducta, ideario y su voz grave e indeclinable en defensa de los derechos humanos lo convirtieron en una referencia obligada para los amantes de la paz social.

Durante su mandato existió un fiscal, Julio César Strassera, quien acusó en el marco de la Justicia y con todas las garantías del debido proceso a los genocidas que condujeron a nuestro vecino y querido país hermano al período más oscuro de su historia. Quienes amamos con devoción la democracia republicana y representativa sentimos que la «ética de la responsabilidad», a la cual Alfonsín aludía en forma permanente y en el duro momento que le tocó ser protagonista, se constituye en una herramienta de trabajo para cualquier gobernante en toda circunstancia y tiempo. Bueno es señalar que los procesos de gobiernos progresistas y de izquierda que hoy abundan en nuestra región han sido posibles por la acción y tenacidad de gobernantes como Alfonsín, quienes no les dieron tregua a los nostálgicos de las dictaduras. Los procesos de recuperación democrática en la región no han estado exentos de intentonas golpistas y amenazas a nuestros gobernantes y gobernados. Así, hubo quienes pretendieron avasallarle en el lento camino hacia la estabilidad de un sistema político severamente castigado por rupturas institucionales a lo largo del siglo XX.

Por ello, dirigentes políticos de diverso signo ideológico en Uruguay y en todos los rincones del planeta se han expresado con tanto pesar. Por ello también nuestro Presidente representa en sus funerales el sentir del pueblo uruguayo, frente a la partida de un gran demócrata, de un amigo de quienes en dictadura encontraron en él a un aliado y un estratega para la recuperación de todas y cada una de nuestras libertades públicas.

Finalmente, la política concebida como noble instrumento para transformar las condiciones de vida del ser humano, como él lo hiciera, por cierto, con absoluta probidad, fue el signo que le caracterizó y lo enalteció como estadista y como persona.

No deben haber entonces dos opiniones sobre sus dotes morales y valor como conductor de su patria en la hora de su partida definitiva. Este trance que la vida nos pone en el camino, lo compartimos como el dulce y el agraz de la existencia misma con serenidad y afecto por nuestros hermanos argentinos, porque en Alfonsín y en su permanente evocación encontraremos una guía para la acción y un paradigma vencedor de la prepotencia de aquellos que pretendan alterar la paz y la convivencia democrática.

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