Homosexualidad en la sociedad uruguaya
Lo sucedido con la propaganda del colectivo gay Ovejas Negras y la censura de Canal 10, negándose a mostrar el spot televisivo por ellos preparado conteniendo besos entre personas de igual sexo, aunque era un contrato comercial remunerado, nos pone a pensar. Justo en marzo, cuando en el mundo entero se celebran actos contra todo tipo de discriminación, racismo y xenofobia.
El sacudón de por sí es positivo aunque haya frustrado el emprendimiento de los y las compañeras de Ovejas Negras, al poner en primera plana un debate que en ocasiones se soslaya. El hecho gravísimo puesto de relieve además: la tijera fatal del poder de los medios televisivos (negociado de información y deformación masiva) cercenando el derecho a la libertad de opción o condición sexual, los canales abiertos haciendo negocio redondo con las ondas públicas que por un alquiler pretenden (y aún los dejan) manejar el vertido de modelos a la ciudadanía y orquestar el consumismo digitado. La proyección de esto es fatal y afecta en sus intereses directos hoy a la población gay de nuestro país, mañana a judíos, a negros, a gordos, a umbandistas o a discapacitados y la lista podría ser larga. ¡Basta de hacer lo que quieran con las frecuencias de trasmisión de la población! Los medios de difusión privados, fundamentalmente la televisión ojo con Internet deberían ser obligados al menos a una cuota de programación regulada por el Estado, en el sentido de mantener la equidad entre el prioritario interés público y las emisiones hijas del mercado e intereses particulares. Esto de vencer la discriminación de toda índole desde la tele es más que urgente.
El revuelo que se armó por esto y lo que se viene; por ejemplo denuncias de Amnistía Internacional DDHH ante el Ministerio de Cultura y ante Ursec de Uruguay para que accionen contra los canales censuradores; es de por sí un indicador de cómo estamos en este tema de hombres con hombres y mujeres con mujeres. Si no tenemos respuestas concretas tal vez valga más hacernos francamente las preguntas. Indagarnos interiormente para saber con certeza si lo aceptamos o no y hasta qué punto y si algo se puede o se debe corregir en nuestras mentes y corazones, hacerlo desde el acercamiento y la imprescindible humanización del asunto. La cuestión es con el yo íntimo de cada uno, porque el verdadero cambio se da de adentro para afuera. Si realmente entiendo la homo o la bisexualidad como una forma más de vínculo amoroso, lo aceptará a la corta o a la larga la sociedad. Si no logro esa evolución interior, podremos seguir haciendo kilómetros de leyes y años de foros que la «cabeza» de muchos seguirá igual. Si nos sentimos heridos por la exhibición pública decorosa de una forma no tradicional de amor erótico entre dos personas adultas, deberíamos buscar la razón por la cual este sentimiento nos embarga, si nos embarga, y no somos capaces de comprenderlo como expresión personal de una opción de vida, libre manifestación del derecho individual. Desde que tales actitudes frente al sexo sean basadas en la libertad de cada uno a decidir. Si no se hace nada que a otros fuerce o lastime su persona o personalidad y entonces no hay violencia, nunca podría resultar la homosexualidad agresiva en sí misma.
Claro que cierto tipo de manifestaciones amatorias hechas en público perturban o directamente causan incomodidad, sean de la mezcla de sexos que sea por una cuestión de decoro, pudor propio o ajeno, así como molestan las palabrotas, los gestos obscenos y todo tipo de muestra externa de procacidad o grosería. ¡Si todos nos ponemos a hacer lo que queramos en la calle o en la tele arreglados estaríamos! No era este el caso. Que se muestre a los chicos algo que existe de forma que lo entiendan a su manera sin forzar procesos de madurez emocional, es honestidad. Que se muestre chabacanería, sexismo vulgar explícito, guaranguería y chismes mezclados con tetas y colas para vender propaganda en televisión, es mediocridad. Mi propuesta es transformar en reflexiones los sentimientos que nos produce esto de que las personas a veces se sientan inclinadas a amar a sus congéneres de igual morfología biológica genital. Dejemos ser y seamos humanos con todo lo que ello implica y será sencillo entender.
Concluyendo. ¿Discriminamos o no discriminamos? ¿Nos avergonzamos de la homosexualidad? ¿Nos parece un disvalor del amor? ¿Debemos cuestionar los sentimientos entonces, negando a un sector de la población su derecho a pensar, a elegir y a sentir diferente con respecto al sexo? Las uniones homosexuales existen desde todas las épocas y civilizaciones; ¿tan extrañas nos resultan aún? ¿Qué pretendemos esconder negándolas? ¿Por qué los «raros» siempre tienen que ser los otros? Las leyes que penalizan la ofensa o el trato diferente menoscabando a las personas por su orientación sexual son extraídas de una realidad cotidiana. Es que a pesar de la pacatería la cuestión sigue allí, impertérrita sin importar diagnósticos y tan antigua como la humanidad, y mientras no violente las libertades y la integridad de nadie, sería hora de llamarnos a respeto.
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