La segregada tierra palestina
El Imperio Otomano-Turco, que ocupó Palestina desde 1517, introdujo en sus colonias el Código Agrario Otomano de 1858. Ambiguo. El mismo definió el registro de las tierras cultivables a privados sin que estos gocen del titulo de propiedad sino sólo del derecho de vivir, cultivarla y traspasarla a sus herederos.
La ley (a espalda de sus dueños) permitió que grandes terratenientes de la región obtuvieran los títulos a muy bajo precio. Con el tiempo, tentados por el alto pago, se los vendieron a los europeos judíos. Incautos, los fellahin (campesinos) palestinos, que gozaron naturalmente de sus ricas tierras heredadas por generaciones, fueron descubriendo que habían dejado de ser sus propietarios legales y naturales.
Aferrados, se resistieron a abandonarlas. Pero fueron echados con violencia por los compradores sionistas, que los reemplazaron por los ilegales colonos judíos que llegaron desde Europa con claros objetivos políticos de no sólo quedarse con la tierra, sino también con el país. La minoría de los palestinos judíos también se opuso; se sintieron distintos y discriminados por los llegados desde Rusia y Europa.
Theodor Herzl, austro-húngaro, fundador del sionismo e ideólogo de un Estado judío en Palestina (1897), declaró: «Trataremos de hacer desaparecer a la población árabe pobre a través de la frontera, obteniéndole trabajo en países de tránsito, mientras le negamos trabajo en nuestro ‘propio país’ (…). Tanto el proceso de expropiación y el traslado de los pobres deben ser realizados con discreción y circunspección». (Diario personal, 1895.)
La ocupación de Palestina por el colonialismo británico en 1917, reemplazando al ocupante turco; las secuelas colaterales de la Segunda Guerra Mundial; el devastador terrorismo sionista; la negación a los derechos nacionales palestinos y el error histórico de la ONU de despedazar a Palestina en su partición para dos estados (1947), dejó mancillada la milenaria tierra.
En el baldaquín de la negación sionista al legítimo derecho palestino, fueron reveladoras sus afirmaciones: «En su etapa inicial, el sionismo fue concebido por sus precursores como un movimiento que dependía por completo de factores mecánicos: hay un país al que se llama Palestina, un país sin pueblo, y por otra parte, existe el pueblo judío, que no tiene país. ¿Qué más hace falta, entonces, que colocar la gema en el anillo, unir a este pueblo con ese país?» (Chaim Weizmainn, Federación Sionista Francesa, París, 28 de marzo de 1914).
En similitud. Fue sumamente lesivo el comentario del presidente de la Agencia sionista, Chaim Weizman, a Arthur Ruppin, jefe del Departamento de Colonización de la Agencia Judía. Al preguntarle Ruppin sobre los palestinos, Weizman respondió: «Los británicos nos dijeron que allí hay algunos cientos de miles de negros (Kushim) y ellos no tienen ningún valor» (Reunión Ejecutivo Agencia Judía, 20 de mayo de 1936, citado por Yosef Heller en «Bama’vak Lemedinah, Hamediniyut Hatozionit Bashanim 1936-1948″, Jerusalén, 1984, pag. 140).
Uno de los grandes responsables del sueño colonial sionista, David Ben Gurion, jefe del movimiento terrorista Haganah, en los comienzos de 1948 diseñó su ‘plan Dalet (D)’ sobre la base del terror y la expulsión sistemática y total de los palestinos del territorio fijado por los líderes sionistas para su futuro Estado judío.
Como parte del xenófobo plan, el 4 de marzo de 1948 Ben Gurion envío una carta a Ehud Avriel, agente de inteligencia de la Agencia Judía en Europa, sobre la necesidad de enrolar científicos judíos de Europa del Este para «aumentar la capacidad o bien para matar masas o bien para curarlas; ambas cosas son importantes». (Avner Cohen, citada en el Centro de Investigación Ben Gurion en Sdeh Boker).
La exégesis del ‘plan D’ se cobijó en el terrorismo, un mecanismo utilizado por los grupos sionistas-judíos procedentes de Europa para arrasar la tierra y los poblados palestinos e intimidar a su gente con sus sanguinarios ataques y atentados. En este sentido, el jefe de la banda Irgun, Yitzhak Shamir, deliberadamente expresó: «Gracias al terror utilizado por nosotros, creamos al Estado judío» (Reuter, 4 de setiembre de 1991).
Con un escenario conmovedor que erosionó la región y engendró un Estado desde la probeta del terrorismo. Unilateralmente, Ben Gurion proclamó la creación de Israel sobre la tierra, los hogares y el exilio de centenares de miles de refugiados palestinos en mayo de 1948. Una de sus primeras leyes inspiradas en el ‘plan Dalet’ fue la «Ley del Retorno», firmada por el premier David Ben Gurion y el ministro del Interior, Moshe Shapira (5 de julio de 1950).
Prohibido el retorno de los miles de refugiados palestinos a su tierra, la ley fomentó la inmigración masiva de judíos de todas partes del mundo. Todo era válido. Buenos, malos, mal documentados, irregulares y con causas pendientes en los países de origen, se convirtieron automáticamente en ciudadanos israelíes con derecho a instalarse en las tierras y en los hogares de las 418 aldeas y ciudades palestinas destruidas y quitadas violentamente.
Otra ley violatorias de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 fue la segregacionista «Ley de Propietarios Ausentes». Permitió al gobierno israelí apoderarse con un complejo dispositivo legal y burocrático de las tierras, cosechas y casas de los palestinos ilegalmente deportados y obligados a huir. Está vigente. Entre 1967 y 1994 confiscaron el 24,8 por ciento de las tierras habitadas de Jerusalén Este. Hoy, a los palestinos jerosolimitanos sólo les quedó en su poder el 7 por ciento de sus tierras.
Invadido el resto del territorio palestino en 1967, el ministro de Defensa israelí Moshe Dayan, al entrar en la vieja ciudad de Jerusalén, exclamó: «…entramos a esta ciudad para quedarnos para siempre». Carcomido en letargo de su conciencia, varios años después, expresó: «Llegamos a este país (Palestina) que estaba poblado por árabes, y estamos estableciendo aquí un Estado judío… aldeas judías fueron construidas remplazando aldeas árabes… Somos la generación de los colonizadores, y sin un casco de acero y sin el cañón de un fusil no podremos plantar un árbol ni construir una casa» («Pecados Originales», Benjamin Beit-Hallahmi).
Desde la lectura de la tragedia, sobraron los fundamentos para evocar el ‘Día de la Tierra’ después del Código Agrario Otomano (1858), o bien con la caída de Palestina en 1948 o luego de la ocupación de 1967. Sin embargo, esa fecha surgió en 1976 desde las raíces de su propia tierra en el interior israelí.
Sólo en Galilea entre 1948 y 1976 usurparon 100 mil hectáreas de tierras palestinas cultivables y deportaron a decenas de sus dueños. La interminable confiscación y robo de tierras para judaizar a Galilea provocó el 30 de marzo de 1976 una huelga general con una Intifada (rebelión popular) que se extendió desde Galilea al triángulo del norte y hasta el Neguev del sur.
Consagrado el ‘Día de la Tierra’. Fue el repudio de los sobrevivientes palestinos de los poblados de Galilea, Acre, Safad, Haifa, Jaffa, Nazareth y Neguev contra la humillación; el trabajo esclavo; la falta de derechos sociales y la educación obligada a los niños, censurados de sus literaturas e historia palestina para extirpar sus conciencias y su idioma árabe.
Los siete civiles palestinos muertos y las decenas de heridos en 24 horas golpearon la arrogancia israelí, frenaron la usurpación y la deportación, y pulverizaron sus mitos sionistas: «No existe tal cosa llamada nación árabe palestina…Palestina es el nombre que los romanos le dieron a Eretz Israel con el exclusivo propósito de hacer enfurecer a los judíos… ¿Por qué entonces deberíamos usar el odioso nombre creado sólo para humillarnos?» (A Time To Speak – Israel, febrero de 2001).
Sólo en 19 años, entre 1948 y 1967, la milenaria tierra palestina de 27,009 kilómetros cuadrados, con más de 10 mil años de antigüeda
d y 5,5 mil años de Jerusalén, increíblemente quedó erosionada, borrada de los mapas y los atlas. Dejó de ser Palestina para dividirse en dos partes: la que se llamó Israel y la mal llamada Cisjordania o Ribera Occidental (West Bank) y Gaza. Más hostiles. Los israelíes oficialmente la discriminaron llamándola Samaria, Judea y Gaza.
El Día de la Tierra no sólo es una simple conmemoración. Es una alerta y un llamado a la conciencia y a la reflexión. Es una permanente denuncia contra la potencia nuclear ocupante, que mantiene su deliberada torpeza de ignorar los cimientos del derecho internacional, los principios básicos de los derechos humanos y el derecho legitimo del pueblo palestino a su independencia y a su tierra. Es un incesante llamado al mundo para dejar de lado su verborragia diplomática y pasar a la acción contra la potencia ocupante sobre la base de las leyes jurídicas internacionales. Es un grito desgarrador de libertad para recuperar con dignidad su tierra luego de 61 años de sometimiento y postergación.
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