Tres décadas del Tratado de Paz entre Egipto e Israel

Hoy, 26 de marzo, conmemoramos el 30° aniversario de la firma del primer tratado de paz entre Israel y un Estado árabe. Exactamente 30 años atrás, el 26 de marzo de 1979, el primer ministro israelí Menajem Beguin, el presidente egipcio Anwar Sadat y el presidente estadounidense Jimmy Carter, se estrecharon en un fuerte apretón de manos con la promesa de cambiar el Medio Oriente. A pesar de que la promesa resta aún por cumplirse, este aniversario constituye una excelente oportunidad de rendir homenaje a dicho logro histórico, así como para examinar algunos principios básicos que condujeron al éxito de aquel arduo proceso de negociación.

En esta época de incertidumbres, cuando la paz parece un objetivo difícil de alcanzar, es importante recordar las lecciones del pasado.

1. Israel está dispuesto a asumir grandes riesgos por la paz.

Los esfuerzos de Israel para alcanzar la paz no sólo precedieron a las negociaciones con los egipcios, sino incluso al propio establecimiento del Estado de Israel. El sueño de vivir en paz con todos los vecinos fue, desde los mismos albores del movimiento sionista, un objetivo cardinal. La inolvidable visita de Sadat a Jerusalén, en 1977, permitió que esa visión se convirtiese en realidad.

El Tratado de paz con Egipto mostró a las claras la buena disposición de Israel de tomar decisiones en pro de la paz, aún a costa de asumir riesgos para su seguridad e integridad. Israel devolvió la península de Sinaí ­una vasta zona de alto valor estratégico­ a Egipto, que había usado esa zona en el pasado para lanzar ataques a su vecino. Israel abandonó asimismo estaciones electrónicas vitales de alerta y más de 170 instalaciones militares, incluyendo campos de aviación; todo ello, a cambio de una promesa de paz.

2. Israel está pronto para realizar sacrificios significativos en aras de la paz.

Al retirarse del Sinaí, Israel devolvió el 91% del territorio en su poder desde la Guerra de los Seis Días. Perdió así el control directo de las rutas de navegación hacia Eilat. Cedió además fábricas, comercios, hoteles y aldeas agrícolas. El yacimiento petrolífero de Alma, descubierto y desarrollado por Israel, fue entregado intacto, abandonando así la única oportunidad de Israel de convertirse en independiente a nivel energético. Más aún, Israel desalojó a 7.000 ciudadanos que habían convertido al Sinaí en su hogar. La evacuación de civiles israelíes, que habían construido la nueva ciudad de Yamit, demostró, por primera vez, la disposición de desarraigar a sus propios ciudadanos en nombre de la paz.

3. La sociedad israelí apoya la paz.

Seguramente hoy sería difícil reconstruir aquella euforia masiva que embargó a Israel con motivo de la visita a Jerusalén del presidente Sadat. Aun durante los abruptos altibajos de esos 17 meses de arduas negociaciones, los israelíes nunca perdieron de vista la posibilidad de concretar su sueño largamente postergado.

Hoy en día, el pueblo israelí conserva los mismos anhelos, aunque las amarguras del camino lo han hecho más cauto. En 2000, durante las negociaciones de Camp David y Taba, los palestinos tuvieron la oportunidad de poner punto final al conflicto. Pero Yasser Arafat rechazó unas propuestas israelíes sin precedentes y apostó por la segunda Intifada, que costó miles de vidas israelíes y palestinas. Ese mismo año Israel se retiró por completo del Líbano, sólo para ser retribuido en 2006 con 4.000 misiles de Hezbollah en sus ciudades norteñas. En 2005, Israel se retiró unilateralmente de Gaza. Nuevamente, desarraigó a familias israelíes de sus hogares, con la esperanza de que eso brindaría a los palestinos la oportunidad de establecer las bases de un Estado pacífico. En cambio, fue testigo de la toma de poder del extremista Hamas y de una escalada de ataques con misiles y morteros a la población civil del sur de Israel.

Aún así, y a pesar de las malas experiencias, los líderes israelíes siempre contarán, al embarcarse en un proceso de paz, con el apoyo de su población, todo tiempo que la sociedad israelí crea que el resultado será una paz genuina y duradera.

4. Sólo líderes con coraje pueden hacer la paz.

El presidente Sadat arriesgó su vida al convertirse en el primer líder árabe en reconocer a Israel, y terminó pagando el más preciado tributo a su osadía. Años después, el primer ministro de Israel Itzjak Rabin también dio su vida por la causa de la paz. Aquellos líderes insignes sabían que su primer deber era para con el futuro de sus pueblos.

Israel ha contado con líderes provistos de coraje cívico de ambas partes del espectro político. Itzjak Rabin, del Partido Laborista, alcanzó el primer acuerdo entre Israel y los palestinos, iniciando el Proceso de Oslo. Por su parte, un líder del Likud, Ariel Sharón, demostró su predisposición para realizar grandes sacrificios por la paz, cuando llevó a cabo el plan de desconexión israelí de Gaza.

5. La paz sólo puede hacerse con moderados, no con extremistas.

Sadat decidió seguir el camino de la paz cuando comprobó la futilidad de la confrontación bélica. Supo avizorar también la ventaja de alinear a su país con Occidente, liderado por EEUU, y de alejarse de la influencia de su ex-patrón, la Unión Soviética.

Israel siempre estará dispuesto a la paz, toda vez que la otra parte decida abandonar el camino de la violencia y seguir el de las negociaciones y el acuerdo pacífico.

Durante el proceso de Oslo, a pesar de sus numerosas promesas en contrario, Yasser Arafat nunca abandonó genuinamente la violencia rumbo al campo moderado. Esta fue la principal razón por la cual el proceso de paz con los palestinos fracasó durante su liderazgo, y la verdadera explicación a su rechazo a aceptar las propuestas israelíes de Camp David y Taba.

6. El fundamentalismo islámico es el enemigo de la paz.

Del mismo modo en que el presidente Sadat fue asesinado por fundamentalistas islámicos por el mero hecho de haber firmado la paz con Israel, y su asesino honrado con una calle a su nombre en Teherán, hoy esos mismos fanáticos están tratando de matar toda opción de paz para los palestinos.

Hamas, que rechaza toda negociación como cuestión de principio y sigue empedernido en su objetivo de destruir a Israel, es uno de los mayores enemigos de la paz. Su ascenso no sólo anunciará el fin de toda oportunidad de paz, sino que condenará a los palestinos a un futuro de constante conflicto y a la ley del fundamentalismo. Hoy, Israel y Egipto comparten la misma inquietud respecto a la diseminación del extremismo islámico fundamentalista.

7. Terceras partes pueden facilitar la negociación, pero no imponer los resultados.

Las negociaciones directas probaron ser la mejor garantía para el progreso y ulterior éxito. Los tratados de paz con Egipto y Jordania son la mejor prueba de que cuando los líderes árabes deciden negociar directamente con Israel, la paz es posible. La presión externa no influye en las políticas de Israel en lo que a la seguridad y la paz se refiere. Cuando existe una oportunidad creíble, el apoyo interno de Israel es, ya de por sí, presión suficiente. Para una democracia como Israel, la confianza pública en las negociaciones de paz es crucial.

 

Esperanzas para el futuro

Los israelíes anhelan alcanzar una paz genuina y duradera con los palestinos y sus otros vecinos. A pesar de las dificultades presentes, los israelíes sueñan con que, más temprano que tarde, otro líder israelí pueda ponerse de pie frente al mundo, y repetir las palabras del primer ministro Menajem Beguin, en aquella ceremonia de la que hoy se cumplen exactamente 30 años: «No más guerra. No más derramamiento de sangre. No más dolor. Paz, Shalom, Salaam. ¡Por siempre!».

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