Armonización del programa, la plataforma y el discurso
En 2004 un giro imprevisto de la publicidad del Frente Amplio le permitió a la izquierda neutralizar los riesgos derivados de una campaña llena de ruidos y malos entendidos. Los grandes carteles y spot televisivos focalizando la imagen de Tabaré Vázquez sobre un fondo claro con mensajes muy simples operaron como un fenomenal catalizador de credibilidad. Ello posibilitó la concreción de una expectativa de voto muy discutido en ese momento, oscilante en el centro del espectro político, decisivo en las contiendas electorales de este país.
En ese momento, además, comenzaban a desplegarse sobre la economía y su nuevo entorno, los efectos de una salida compleja a la crisis de financiera y de deuda que en el 2002 había derrumbado la confianza nacional y llevando al borde del abismo a este país. En aquel entonces ese vínculo del mensaje gráfico de la izquierda con la credibilidad que necesitaba en zonas decisivas del pensamiento y la acción nacional no fue forzado, ni contradictorio. La publicidad resolvió creativamente lo que iba emergiendo con claridad en el discurso electoral de una fuerza política que se aproximaba al gobierno: una nueva razonabilidad de gobierno, una gubernamentalidad diferente pero posible. Tan posible como necesaria, pues sin ella, aquel modelo complejo y oneroso de la salida de la crisis no hubiera sido viable.
¿Qué sucede ahora, cuando, nuevamente, la aproximación a una definición electoral encuentra a las fuerzas políticas aumentando la confrontación, llenando de ruidos un escenario aún más complejo? La izquierda vuelve a un sitial defensivo, enfrentada a una campaña de la oposición que más allá de ruidos y falacias propias de la confrontación electoral, fincará en las dificultades que ha tenido la izquierda uruguaya para vincularse con el mercado y, especialmente, con aquellos que ese mercado gravitan y participan en esa lid de la formación de pensamiento colectivo imprescindible para ejecutar y sostener los cambios en democracia.
Las encuestas están indicando la permanencia de una fuerte adhesión frenteamplista en las zonas tradicionales del voto de izquierda. Y están insinuando también el aumento de esas dificultades de comunicación con un amplio y decisivo electorado ubicado en el centro de espectro económico y político de este país. Ese lugar electoral es insoslayable y, tal cual sucedió en el 2004, su asalto no puede ser imaginado a partir de la creatividad publicitaria de la izquierda. Ésta, en todo caso, debe ser el vehículo de expresión de su inteligencia y razonabilidad. Ya no para ganar una elección sino para convencerse a sí misma que puede administrar escenarios que ahora serán extremadamente más difíciles que aquellos en los cuales se implementó la salida de la crisis y la reunificación social entre 2003 y la actualidad.
Allí, en ese dilema de razonabilidad reside la esencia de la lucha por el poder y la inclusión de los desvalidos en un país próspero.
El tiempo de la adecuación del pensamiento y el discurso de la izquierda es también el tiempo del encuentro de un programa tutelar de la izquierda y la plataforma de gobierno. Ese tiempo es muy breve y delicadas son las tareas de esa armonización razonable. No sólo las elecciones nacionales se están decidiendo en este avance hacia las internas. Allí se está conformando ese nuevo propósito de razón, de una gubernamentalidad poselectoral muy difícil, que exigirá y desafiará a la izquierda y a las sociedad entera de una manera muy diferente a la que ésta se enfrentó desde el 1º de marzo de 2005. En esa perspectiva, la izquierda debe trabajar en sus propias contradicciones y sintetizarlas razonablemente en pocos días más. El discurso de los precandidatos debe comenzar a indicar esa novedad en algún momento próximo. Luego la publicidad hará lo que pueda. Pero antes, esa elaboración debe ser atendida con prioridad.
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