Estado y religión

Nunca tuve tan presente el santoral como lo tengo desde que vivo en España, y eso que allá fui a una escuela católica, me dieron clases de catequesis y hasta tomé la primera comunión en algún momento de mi vida. Quiero decir, la Iglesia y sus fundamentos no me resultan desconocidos. Sin embargo, me cuesta mucho asimilar que todavía hoy, estando en el año en que estamos, las hebras de los rosarios se entretejan con el entramado político de un país y el calendario de descanso de su gente. Caso práctico para ilustrar esto: el jueves 19 de marzo fue el día de San José, y no hubo cristo que no lo supiera porque también fue el día del padre. Hasta yo, que tengo a mi viejo allá, me enteré de la festividad. ¿Y eso por qué? Porque era feriado, con todos los inconvenientes que supone un día sin actividad comercial.

Al margen del descanso, que está muy bien, y de que no haya encontrado dónde comprar un litro de leche (eso no estuvo tan bien), lo que me parece interesante es que gran parte de las celebraciones populares tengan que ver con la religión. No lo critico, el mundo está lleno de países donde la cohesión social se produce mediante a fe, pero sí me parece llamativo, dado el lugar en que se enmarca España y los tiempos que corren. Por supuesto, en esta lectura incide la idiosincrasia uruguaya, nada común en la materia, porque nuestro país es un caso atípico en el contexto hispanoamericano e, incluso, en Occidente. La secularización no sólo se produjo pronto (a principios del 1900 éramos mucho más vanguardistas que ahora), sino que fue real. Hace mucho que dejamos de pensar en el 8 de diciembre como el día de la Inmaculada Concepción, o en el 15 de agosto como el día de Santa María. En todo caso, lo recuerdan los católicos, como debe ser, pero no por ello esos días son feriados nacionales no laborables. Aquí, sin embargo, sí lo son.

En esta última semana, además del día de San José, el fin de semana largo y los anuncios publicitarios que bombardearon la conciencia de los buenos hijos de sus padres, hubo mucho movimiento religioso. Vimos al Papa predicar contra el condón en África, donde los abusos y las guerras son el pan de cada día, y sugerir la abstinencia en un continente que literalmente se muere de sida. Le oímos decir que los preservativos no sólo no ayudan, sino que empeoran el problema (aunque nunca haya especificado cómo). Y sus declaraciones, como era de esperarse, suscitaron una polémica brutal en España donde, para colmo, ya teníamos instalada otra. La nueva Ley del Aborto, que se prevé que estará lista a fines de 2009, ha abierto el debate entre los sectores más conservadores y los más liberales del país. Con la legislación actual (incambiada desde hace 23 años), la interrupción del embarazo está despenalizada sólo en tres supuestos: violación, malformación fetal y grave riesgo para la salud física o psíquica de la madre. Con la nueva, las mujeres podrían abortar por su sola voluntad hasta una determinada semana de gestación.

Todo esto les sonará muy conocido, puesto que allí han estado discutiendo sobre lo mismo hace poco. La diferencia es que, en Uruguay, el debate se trianguló entre el Poder Legislativo, el Poder Ejecutivo y la sociedad; y que, al ser vetada la Ley, lo que empezó a cuestionarse fue el alcance de la voluntad presidencial. Aquí no. Aquí la gente estaba discutiendo un poco (o más bien nada) hasta que saltó la Iglesia Católica con una campaña publicitaria en contra de la reforma; campaña que compara a los niños con linces ibéricos (especie en peligro de extinción) y que costó unos 250.000 euros. Para la santa institución, el precio fue una ganga, ya que recibe del Estado más de 5.000 millones de euros al año. Para el personal sanitario de África, o el de aquí, es un despilfarro. Con ese mismo dinero se podrían comprar muchos, pero muchos preservativos para prevenir el sida, los embarazos no deseados y, cómo no, los abortos. El problema es que, mientras unos y otros aplauden o abuchean las intromisiones de la Iglesia, nadie se anima a pararle el carro. Como escribió hace poquito Jesús Ruiz Mantilla, quiere «influir a toda costa en la esfera civil y el Estado no acaba de romper unos vínculos absurdos con una institución que se ha empeñado por los siglos de los siglos en no salir de las tinieblas». Le faltó decir que hasta los más paganos celebraron a San José y harán lo propio en Semana Santa, aunque de esto último sólo le quede el nombre.

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