El Pulgarcito de América ya creció

«El Salvador y el tiempo, la suma del coraje, se han convertido en sol violento y han emprendido claro viaje».

Silvio Rodríguez.

 

Ayer no fue un día más. Ayer el pueblo salvadoreño, el país más pequeño de América Latina, dio un gigantesco paso y sacó del poder a una de las derechas más crueles, cavernícolas y elitistas del continente. Ayer el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional ganó las elecciones y Mauricio Funes será el nuevo presidente de El Salvador.

Es la 15ª elección latinoamericana en que el candidato de EEUU pierde. Casi nada.

Pero no es una elección más. En El Salvador se había entronizado en el poder un elenco oligárquico que le dio continuidad a las salvajes dictaduras de hace veinte años.

En El Salvador, como en toda Centroamérica, la oligarquía con el respaldo absoluto de EEUU perpetró masacres de aldeas enteras, desapareció decenas de miles de personas y asesinó a más de cien mil. Durante más de 20 años se libró una cruenta guerra civil en un país cuyo territorio es un poco más grande que nuestro departamento de Tacuarembó. El pueblo salvadoreño y a la cabeza de él el FMLN, libró una heroica lucha de resistencia. Cuando la intervención desembozada de EEUU mostró que la salida militar era imposible, el FMLN se empeñó en buscar la paz. Para la paz contribuyeron muchos actores pero el factor principal fue la fortaleza del pueblo salvadoreño, del FMLN y de las organizaciones populares.

En la paz se proyectó la guerra. La derecha salvadoreña, que utilizó los escuadrones de la muerte como arma de exterminio, fundó con esa misma estructura y con los mismos dirigentes, más la incorporación del gran empresariado, a Arena. El FMLN abandonó las armas y se constituyó en partido político, vinculado a los campesinos, los indígenas, los trabajadores y los universitarios.

Arena aplicó durante veinte años el neoliberalismo puro y duro. Alineó a El Salvador irrestrictamente con EEUU, apoyó la invasión a Irak y mandó tropas, impulsó el TLC de la región con Washington y encabezó todas las provocaciones contra Cuba, constituyéndose en el único país de América que no tiene relaciones diplomáticas con la isla. Pero además, hizo de la seguridad una religión y, mientras multiplicaba geométricamente la pobreza, impuso el plan «Mano dura» y luego, sin subterfugio alguno el plan «Súper Mano Dura». El resultado fue devastador, se multiplicaron los asesinatos, las ejecuciones sumarias y crecieron y se extendieron las maras juveniles.

Contra todo ello luchó el FMLN. Contra el enorme poder de la derecha empresaria y sus miles de millones, contra todos los medios de comunicación, contra la injerencia descarada de EEUU y les ganó. Les ganó por propuesta, les ganó también porque por primera vez impulsó un candidato que respondía a la nueva realidad salvadoreña, el periodista Mauricio Funes, con un perfil muy diferente a la comandancia histórica.

Seguramente también influyó el contexto latinoamericano y hasta la elección de Obama y su impacto en la enorme cantidad de salvadoreños que viven en EEUU.

Todo esto es cierto, pero también lo es que, sin la lucha heroica de décadas, sin el compromiso de miles de militantes, este día nunca habría llegado.

Ganó Funes, es cierto, pero ganó el FMLN una fuerza histórica de la izquierda latinoamericana, fundadora del Foro de San Pablo y hermana muy cercana de nuestro Frente Amplio.

Por ello, ayer no fue un día más. Ayer desde los volcanes hermosos, desde las aldeas de la miseria indígena y campesina, desde los barrios pobres de las ciudades, Farabundo Martí, monseñor Romero, Roque Dalton y Schafick Handal, sonrieron en paz.

El Pulgarcito de América creció y como dijo ayer Mauricio Funes, el nuevo presidente: «La esperanza le ganó a la mentira y al miedo».

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