Particulares usan escuelas públicas para vender libros
Todos los años hasta ahora no ha cesado ni se ha corregido y el recuerdo se pierde en el tiempo, aparecen a principio de año en muchas escuelas primarias y públicas, los vendedores de libros infantiles, enciclopedias de diversos temas y dale que va. Las autoridades de dichas escuelas lo permiten, la Administración de la Enseñanza Pública se entera o no, el hecho real es que tan grosera falta a los principios que rigen nuestra enseñanza se sigue dando. ¿Cómo es posible? La situación es tan abusiva como inútil a los efectos de la escolaridad, pues hace años que los libros de texto necesarios para el curso que se trate los brinda el propio centro escolar con fondos de ANEP. Entonces estos negociantes, que van directo al consumidor para inducirlo y forzar a los padres o tutores a pagar a plazos por costosos ejemplares literarios, se benefician por la negligencia de quienes deberían vigilar que esto no aconteciera. Además, se supone que la gratuidad de la educación escolar popular se usa justamente cuando hay carencia de recursos económicos, implementando un sistema de educación en igualdad de condiciones para todos. Con tal criterio, mañana podrían permitirle a una firma de túnicas que entrara a hacer su oferta en cuotas y así por el estilo con mochilas, útiles y ropa para niños, juguetes y, ya que estamos, electrodomésticos, computadoras, etcétera.
Por si algunos no lo saben, las leyes uruguayas determinan que no se puede contratar con menores y eso es justamente debido a su lógica inmadurez, la cual no les permitiría discernir si están haciendo un negocio justo o los están estafando. Claro que en el caso del que hablo, allí los niños no pagan, solo, y nada menos, les «enchufan» los bonitos libros para que los lleven a la casa y muestren, con la propaganda de que «tienen el material necesario para el curso». Un manejo a rostro de piedra de la situación. Obvio que la familia deberá gastar tal vez la plata que no tiene o dar mil explicaciones para hacer entender a ese chico no sólo que no es posible asumir el compromiso monetario, sino que pagará mucho más de lo que vale en librerías donde podría comprar lo mismo a plazos o con tarjeta. Si quisieran hacerlo; he ahí el detalle. Pensándolo más, tal vez hasta sea una forma de evadir impuestos. El asunto es que se fuerza a los niños a consumir artículos costosos en el propio salón escolar, incluso se les pone en la situación violenta de llevar cosas caras para su casa, que pueden perderse, se las pueden robar o estropearse, con las penosas y vergonzantes consecuencias que ello acarrearía para el menor. También si devuelve el material, hay una cuota de culpa y tristeza por no haberlo adquirido. Todos sabemos lo que vale para un niño la palabra de sus maestros, se sienten mal si no siguen la «sugerencia» de la escuela que sin palabras permite coaccionar la voluntad de los alumnos y ahí está la violencia, en la manipulación de la infancia para lograr la venta. Mucha gente se queda con los ejemplares por vergüenza de devolverlos, porque lo sienten como una obligación, justamente hoy que Primaria se preocupa de brindar al estudiante casi todos los libros que usará durante el año. Lo que ocurre con estos mercachifles de la moña azul, poniendo a los mayores en una situación apremiante que los lleva a comprar, es contrario a los principios de la gratuidad de la enseñanza y contra el derecho a la libertad de decisión.
El efecto es siempre este: niños frustrados o llorando porque los padres no les compran los benditos libros, padres sorprendidos y enganchados por la velocidad de los hechos presentados pagando diez veces más, o en el peor de los casos en el clearing por hacerse de una deuda que les desborda económicamente. Si está prohibido en nuestra legislación contratar con menores, entonces no se les debe seducir para que ellos obliguen a sus mayores a adquirir nada por dinero, menos que menos con la escuela de José Pedro Varela de por medio. La obligación está en la tentación que ejerce presión por si sola, la peor, la que hace que el niño sienta decepción porque su padre o su madre no le compran ese libro tan brillante de figuras tan hermosas que mágicamente le hará tener mejores notas y pasar de año. Es una inmoralidad utilizar la ingenuidad infantil desde las aulas públicas, junto al deseo de los padres de dar lo mejor a sus hijos. Hay un descarado menoscabo de la libre elección, hay una imposición de compra y hay derechos del niño no contemplados. Se usa a los gurises y a la enseñanza primaria vareliana para beneficios privados e individuales. Las Direcciones hasta ahora permanecen omisas a esta arbitrariedad que probablemente deba ser regulada desde las autoridades nacionales de la educación pública.
Mientras tanto: si es ilegal vender plazos a menores, que no se les venda. Y menos en las escuelas.
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