La historia reciente, contra el ninguneo
Comienza un nuevo año lectivo, y se concreta la enseñanza de la historia reciente en las aulas de Primaria. Como era de prever, el hecho sirvió para reavivar la polémica en torno al delicado asunto, pues dirigentes de diversos sectores de los partidos tradicionales volvieron a hacerse oír poniendo el grito en el cielo por lo que consideran una visión «sesgada» del pasado reciente.
Los más cautos se muestran de acuerdo en que se enseñe la historia reciente pero aducen que es aún temprano para poder ofrecer un panorama desapasionado de un período sensible de nuestra historia; según ellos, habría que aguardar un cierto tiempo (¿meses, años, lustros, decenios?) para tratar esos temas con objetividad y sin prejuicios. Claro que están los otros, los más radicalizados, los enemigos de que se aborde el estudio de una época polémica de nuestra historia, que claman contra la supuesta violación de la laicidad y contra el lavado de cerebro a que serán sometidos nuestros tiernos párvulos a manos de educadores e historiadores contaminados de marxismo.
Como queda dicho al comienzo, el debate se ha reanimado, lo cual lejos de evitarse debe ser bienvenido. Al respecto, vale la pena citar lo expresado por el historiador y politólogo Jaime Yaffé, quien declaró a El Observador: «Sean cuales fueren los riesgos en los que se podría incurrir, el mal mayor es privar a los niños de conocer los hechos que les permitirán entender cosas de las que se habla en su casa, en la televisión, la radio o internet», y reflexionó que debe enseñarse «con la mayor imparcialidad, como cuando se enseña otro período de la historia».
Por eso, por más que el diputado herrerista José Carlos Cardoso exponga con vehemencia sus críticas sosteniendo que el programa está sesgado y adelante su intención de reconsiderar todo y modificar los programas en caso de acceder al gobierno, nuestros niños y jóvenes no pueden ignorar los hechos que están en el origen de los problemas y realidades cotidianas de las que se habla a diario.
El temor y la renuencia que exhiben las clases conservadoras es explicable, pues los uruguayos nos hemos educado en un país cuya historia oficial había sido escrita por los vencedores, y respondía, por tanto, a la visión del Partido Colorado y a su conveniencia polìtica. Y lo peor es que esa historia oficial, colorada y sesgada, omitía olímpicamente la información no solamente sobre la historia «reciente» (el golpe de Terra, el neobatllismo y el triunfo del Partido Nacional en 1958), sino, además, todo lo relativo a los hechos históricos posteriores a la Guerra Grande. El gobierno de Berro, la invasión de Flores, la defensa de Paysandú con Leandro Gómez a la cabeza, Latorre y el militarismo, las revoluciones de Aparicio Saravia, el reformismo socialdemócrata de Batlle y Ordóñez, nada de eso había ocurrido en Uruguay y era cuidadosamente soslayado por los programas de historia nacional, y, en consecuencia, ignorado por los uruguayos, para quienes el siglo XIX terminaba en 1851.
Para las nuevas generaciones que se están formando, la historia no quedará trunca en el gobierno de Luis Batlle, de modo que nadie entienda por qué se pasó de la bonanza liberal de los cincuenta al terrorismo de estado de los setenta. El nuevo programa abordará asuntos de tanta importancia para comprender el presente como la unificación del movimiento sindical, la formación de la CNT, los gobiernos del Partido Nacional, la crisis, la unidad de la izquierda, la violencia política, el golpe de estado, el terrorismo de estado, la salida negociada de la dictadura, el fin del bipartidismo tradicional y su remplazo por un nuevo bipartidismo.
Cierto es que resulta muy difícil lograr la total imparcialidad y una completa objetividad cuando se habla de hechos recientes y dolorosos. Pero no es soslayándolos o sepultándolos en el olvido que la sociedad podrá superarlos y hacer cicatrizar las heridas.
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