EDITORIAL

Día Internacional de la Mujer: jornada de reflexión y de lucha

Otro 8 de marzo nos convoca a sumar nuestra voz en la conmemoración del Día Internacional de la Mujer. En general, las fechas declaradas pomposamente «día internacional de…» suelen prestarse a celebraciones estereotipadas, meras fórmulas vacías de contenido, mediante las cuales demasiada gente considera haber cumplido con su deber y «quedar bien» con el colectivo en cuestión.

No es nuestro caso, huelga aclararlo. A pesar de estar insertos en una sociedad machista e inmersos en un mundo que exhibe resabios machistas, hemos mantenido nuestra prédica intransigente de denuncia de todo tipo de discriminación contra las mujeres, levantando siempre la bandera de la equidad de género y haciendo nuestros los justos reclamos de los movimientos feministas.

Por otra parte, hay quienes cuestionan la existencia de un día especial dedicado a las mujeres sin advertir que no se trata de celebrarlo deseando un «feliz día» a todas las mujeres de nuestro entorno y regalándole un pimpollo de rosa a cada una. Quienes así piensan entienden que, lejos de combatir la discriminación que sufren las mujeres, es una forma más de discriminarlas. Se crea de este modo una confusión de causa y efecto que no repara en la realidad: si cada 8 de marzo nos encuentra conmemorando la fecha, es porque a ello nos obliga una realidad que muestra que la condición de la mujer no ha variado.

El Día Internacional de la Mujer debe ser tomado, pues, como una jornada de reflexión sobre la condición femenina, sobre las condiciones de discriminación en todos los aspectos que siguen padeciendo las mujeres en Uruguay, y ­sobre todo­ como una jornada de lucha, de actitud combativa para denunciar las iniquidades y derrotar los prejuicios y preconceptos heredados de las culturas machistas cuyas escalas de valores de corte medieval siguen teniendo vigencia aun hoy, en los albores del tercer milenio.

Al respecto, vale la pena citar parte de un trabajo de Inés Simeone, presidenta de la Iglesia Metodista en Uruguay, el cual se publica íntegro en La República de las Mujeres. La religiosa no tiene empacho en reconocer que durante los últimos milenios «la tradición y la cultura han ‘educado’ para ‘justificar’ cualquier violencia que se cometa contra las mujeres», y que las enseñanzas de Jesús no han sido tenidas en cuenta o han sido groseramente tergiversadas para justificar la dominación del varón.

En todos los órdenes de la vida, resulta muy difícil cambiar el estado de cosas cuando ese cambio implica que los privilegiados se avengan a renunciar a ciertos privilegios y a resignar prevalencias y potestades consuetudinarias. En el caso de la mujer, relegada durante siglos a un segundo lugar en la sociedad, es el varón el que se muestra renuente a abandonar su lugar privilegiado. Y esta constatación es aplicable ­con salvedades­ a todos los estratos sociales, a todos los niveles socioculturales y a todas las ideologías políticas.

En la conmemoración de este 8 de marzo la sociedad uruguaya exhibe un inusitado incremento de hechos de violencia doméstica, cuyas víctimas son ­en un 99 por ciento­ mujeres y niñas. También está presente la frustración por el fracaso en la lucha por despenalizar el aborto debido al veto presidencial que echó por tierra la expectativa de una considerable mayoría de mujeres y hombres contrarios a la criminalización de un hecho privado que sólo concierne a la mujer y (eventualmente) a su pareja. Del mismo modo, quedó a mitad de camino la cuotificación que asegura la presencia de un tercio de mujeres en las listas electorales.

Como se advierte, son muchos los asuntos que quedan por resolver en lo que concierne a la condición femenina. La lucha por superar las iniquidades debe librarse todos los días, reclamando, denunciando y exigiendo que se respeten los derechos de las mujeres.

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