EDITORIAL

La hora del Estado nacional

La quiebra del sistema financiero internacional, con todos sus efectos y secuelas sobre recesión económica, desempleo y hambre a escala planetaria, está permitiendo redescubrir la importancia de uno de los actores más vapuleados y menospreciados de nuestro tiempo: el Estado nacional.

El semanario Die Zeit de Alemania ha publicado una serie de artículos sobre «El futuro rol del Estado», en los que pasa revista a los argumentos que explican y justifican el retorno a la arena de la economía, y en mayor o menor medida a muchos otros escenarios en los que se requiere su presencia.

Según el Profesor Thomas Meyer de la Universidad de Dortmund y responsable de la revista Neue Gesellschaft – Frankfurter Hefte, el Estado es el único actor que tiene la obligación de garantizar los derechos fundamentales de los ciudadanos.

Entre las tareas cruciales del Estado figuran no sólo garantizar los derechos civiles, políticos, culturales, sociales y económicos, sino también organizar la inserción regulada de los mercados en la economía, particularmente de los mercados financieros.

Meyer también señala que «es una cuestión de experiencia e inteligencia» el saber elegir la mejor «combinación de delegación y propia intervención» que le permita al Estado absorber eficientemente estas tareas, aunque sin olvidar que la idea que «el Estado debe hacerlo todo», ha sido «históricamente refutada con espectacular claridad». En todo caso, el único que puede responder por la decisión acerca de cuánto Estado es indispensable para garantizar los derechos fundamentales de los ciudadanos, es el propio Estado, pero debe hacerlo rindiendo cuentas ante los mismos ciudadanos.

No obstante, la cantidad y diversidad de tareas y responsabilidades que se le atribuye al nuevo Estado, es grande y creciente.

Se sostiene que la crisis financiera actual se debe a la laxitud con que se reguló los mercados financieros y que ello se debe a su vez a la filosofía del laissez faire (dejar hacer), lo cual indujo a cometer un error estratégico consistente en no contar con el poder del Estado para tiempos buenos y malos, como señala David Marquand de la Universidad de Oxford. Por ello es tiempo de volver a reflexionar sobre la economía planificada, establecer cómo debe operar el Estado, también más allá del momento actual.

La tendencia actual apunta a asignarle al Estado una diversidad de roles, por lo general orientados a establecer marcos y fijar condiciones para organizar la acción e intervención de la sociedad sobre sí misma, sea en materia económica, cultural, ambiental, social, etc. Ello exige que el Estado preserve el monopolio de la violencia como condición para poder garantizar el ejercicio de los derechos comprometidos. También se considera que, en tiempos en que el capital opera globalmente, los Estados no pueden mantenerse actuando en el plano nacional, pues su acción será inefectiva. Por ello Erhard Eppler, prolífico pensador alemán, asume que ganarán en importancia los niveles de estatalidad supranacionales.

No obstante, se puede apreciar la emergencia de una visión relativamente clara en lo referente a la necesidad de contar con un actor que realmente se responsabilice por garantizar el cumplimiento de los derechos ciudadanos. En tiempos en los que la democracia ha hecho su labor, la lucha por la igualdad y la inclusión están a la orden del día, y los movimientos sociales en todo el mundo cobran cada día más protagonismo, no se puede dejar, en manos de fuerzas de mercado ingobernables, la gobernanza de nuestro mundo, como si viviéramos en un gran casino, donde la suerte o la manipulación definen el destino humano. Es la hora de los Estados que intervienen para defender a la ciudadanía con reglas claras y firmes.

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