Sagrada inversión

El espectáculo de la obra artística llamada «inversión» que asistimos, más se parece al juego de la mosqueta que a la seriedad de algunos rostros fruncidos que intentan convencer de sus bondades y buenas intenciones al anunciarlas.

Invertir es destinar, y el receptor o destinatario puede ser público, privado o ambos y según el origen de la concepción de esta, premiará a algunos, castigará a otros y según le den de ganar, allí estará.

La falta de inversión en vivienda produce escasez de estas y al haber pocas, los especuladores aumentan su precio, esto a su vez aumenta los alquileres aumentando así la inflación y esta a su vez nos trae, nos lleva, nos sacude, nos marea cual la mosqueta: ¿dónde esta la pelotita?

Regularizar una vivienda en un asentamiento produce una solución habitacional, pero no ayuda a bajar los alquileres ni reduce el déficit; comprar una vivienda usada produce una solución habitacional pero no genera empleo y a su vez estas dos formas alimentan la especulación financiera inmobiliaria y sus ganancias.

Por lo tanto, la inversión que defendemos es y será la que haga disminuir el déficit habitacional, que genere empleo legítimo, baje el precio de los alquileres y reactive la industria de la construcción.

Queda claro que no toda inversión es buena por sí, ni bien intencionada y bien direccionada, sino veamos cómo Estados Unidos nacionaliza la banca con inversión del pueblo para salvar bancos fundidos que no significa banqueros fundidos, en medio del mayor envío de trabajadores al seguro de paro, despidos y desempleo.

Asistimos al gran espectáculo de la inversión que rompe récords aquí y allá pero la distribución social y geográfica sólo abre brechas y aumenta los polos extremos entre ricos y pobres.

Las inversiones anunciadas para vivienda acá son de fondos públicos y debemos revertir la dirección dada, que es que pasen a ser servicios disponibles del mercado, donde el Estado no tiene participación.

En el Foro Social Mundial de Belén – Amazonia al que asistimos, oímos al Presidente Lula anunciar la «construcción» de 1.000.000 de viviendas, sí, no anunció la regularización de un millón de viviendas, ni la compra de un millón de viviendas usadas. Anunció inversión legítima, que genera empleo legítimo y legitima lo público, pues lo dirige no encogiendo su espacio y no permitiendo el alargamiento del espacio privado.

Cuenta Galeano que en tiempos de la colonización un conquistador le lee la Biblia a un cacique y le pide luego su opinión, éste contesta diciendo «rasca, rasca, pero no donde pica…».

Soluciones habitacionales no siempre significa vivienda digna y decorosa pues alojarse no es habitar, así como inversión no asegura distribución económica, social y geográfica.

Los medios de comunicación, o más bien de información, prensa, radio, televisión y otros, en su mayoría, con honrosas excepciones, se orientan hacia la información de mensajes, pensados éstos como meras mercancías, que no de conocimientos o de verdades acerca del mundo histórico-social, los cuales producen y reproducen confusión y ocultamiento de la realidad en los ciudadanos.

La televisión y la radio comerciales están en manos de poderes fácticos. Cuando conviene a su interés privado les otorgan un uso político, ya sea para apoyar a un candidato de su preferencia o para denostar, descalificar a otro. Así, en general, ese tipo de medios de información tienen como tarea destruir o bloquear el pensamiento crítico, disruptivo e inscribir a las personas en la sujeción a la imagen virtual, misma que aliena y enajena a los ciudadanos. Por ello desean formar individuos consumidores, y no sujetos políticos desafiantes de lo mismo.

Desde los medios de información se observa a la política como un espectáculo, y todo porque en lo real los escenarios políticos, donde actúa la clase política y los poderes fácticos, reina la mentira y la simulación, que es también, al final de cuentas, un espectáculo. Ambos elementos han venido desnaturalizando a la política. Lo anterior como resultado de la cohabitación de intereses particulares entre medios de información y el poder de dominación, y su modelo económico concentrador de la riqueza en grandes corporaciones. A este tipo de medios autoritarios no les ha llegado la democracia, ni la ley. Siguen actuando en el marco del libre mercado.

Es en estos medios de información donde los gobernantes informan a las gentes, a los ciudadanos, de sus tareas, de los resultados de gobierno, de sus acuerdos. El pueblo acepta lo anterior como si fuera la verdad, como si fuera la realidad misma. Sin embargo, lo real camina por otro lado, y lo que dice el medio y el gobierno, circula por otro rumbo. Por ejemplo, hoy dicen que la crisis financiera de Estados Unidos no impactará en la economía del país, y mañana señalan que ya dio inicio la recesión económica. Estas acciones y actitudes de los gobernantes, ya sean de la izquierda simulada en el discurso o de la derecha eternizada en el poder y en lo concreto, quedan perfectamente enmarcadas en la línea de la mentira y la simulación. Todo lo anterior desnaturaliza a la política como acción humana transformadora del mundo. Existen comunicadores y periodistas con el deseo de comprometerse con el pensamiento reflexivo, con la verdad, y con la posibilidad de cambiar el orden constituido, pero además de ser muy pocos, inmediatamente son desaparecidos de sus labores por orden de un gobierno autárquico y manipulador de opiniones.

En esta democracia oligopólica, la representación política se le escapa a la gente, a los ciudadanos, al pueblo, y aquella actúa para satisfacer sus intereses privados. Para muestra un botón. Las cúpulas partidarias de derecha o de izquierda, convertida esta última en institución, se orientan a la administración del orden del mercado, del capital, y exilian la voluntad de decisión del ciudadano en la elección de los gobernantes, dado que ahora en el 2009 las burocracias partidarias elegirán a los candidatos a puestos de elección popular y partidaria (pluris), (simulacro electoral). Esta simulación de democracia convierte al acto de votar en un medio para mantener el mismo rumbo, es decir, un tipo de economía, que produce y reproduce pobreza, injusticia social, esclavitud mental y física, y desigualdad, en todos los aspectos.

Observe usted, estimado lector, lo que sucede en el grupo político que accedió al poder, como izquierda moderna o institucionalizada, utiliza el gasto público para minimizar el impacto de la crisis en algunos rubros o sectores de la economía. En el fondo esos dineros públicos apoyan los intereses de empresarios. Lo que no se observa es que las ganancias de los mismos no se invierten para mitigar la crisis. Sus ganancias permanecen intocadas.

El discurso de los políticos no se ha separado del discurso religioso, ya que siguen pensando que las palabras, por el solo hecho de decirlas, ellas mismas, por sí solas, producen la realidad y hasta la cambian. Estos señores se sienten dioses o herederos de ellos, al creer que con decir hágase la luz, ésta se hace. Hacen un plan anticrisis, y desde ese momento, consecuentemente, la realidad se transforma, deja de ser la misma. Pero la realidad es muy terca, y sigue acumulando sus propias contradicciones.

Recordemos que el mundo que los hombres han creado es triádico, implica lo real, como objetividad, como historia, tiempo acumulado e incluye a la subjetividad, a la conciencia, como momento que no se puede reducir al primero, ni a la inversa, con la posibilidad de intervenir en lo real, gracias a la praxis política e histórica, misma que articula los dos momentos previos, a fin de modificar el mundo que el hombre mismo construye. La historia siempre se echa a andar de nuevo.

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