EDITORIAL

La soberbia arrogante del terrorista de Estado

Al día siguiente de la sesión de la Asamblea General, cuando aún no se han acallado los ecos de la instancia parlamentaria del miércoles 25, en la cual el bloque oficialista se pronunció a favor de la inconstitucionalidad de la Ley de Caducidad, el semanario Búsqueda publicó una carta abierta del reo José Gavazzo dirigida al senador José Mujica.

La carta se publicó íntegramente en nuestra edición de ayer, viernes 27, de modo que nuestros lectores han tenido acceso a esa pieza única de la hipocresía, a ese opus de la infamia, la tergiversación, la mentira y la soberbia; atributos morales e intelectuales que, junto a la cobardía y a una sevicia enfermiza, conforman el alma de los terroristas de Estado.

Que alguien que se movió al margen de toda norma jurídica y moral tenga el tupé de acusar al Frente Amplio de incumplir sus promesas electorales, la Constitución y la Ley, resultaría risible si no fuera francamente patético. Señalemos de paso un hecho interesante: la curiosa sintonía, la llamativa coincidencia de opiniones entre Nino Gavazzo y los actuales líderes de ambos partidos tradicionales. Recuérdese con qué vehemencia Jorge Batlle, Sanguinetti, Lacalle o Larrañaga han acusado al Frente Amplio en general y al doctor Tabaré Vázquez en particular de «totalitarios», o de gobernar al margen del Estado de Derecho. Tal vez esa coincidencia no sea casual… Por algo colorados y blancos (con contadas y honrosas excepciones) se pusieron de acuerdo en 1986 para otorgar la impunidad de aquellos que, en aras de la defensa de las instituciones, habían cometido algunos pequeños y perdonables excesos tales como aplicar tormentos a los detenidos no sólo para obtener información sino como castigo habitual complementario de la privación de libertad, o violar reiteradamente a las mujeres, o hacer desaparecer opositores o apropiarse de sus hijos.

Reiteramos: que alguien como Gavazzo, señalado como responsable de todos esos delitos abyectos, se queje del proceder de la fiscal Guianze (sin advertir u ocultando que por lo general los jueces comparten su punto de vista), siendo que tanto los guerrilleros como los simples militantes opositores a la dictadura fueron juzgados en parodias de juicios por la justicia militar, sin garantía alguna; que Gavazzo se agravie del proceder del sistema judicial, repetimos, es sencillamente escandaloso.

Asimismo, cuesta leer sin que la indignación nos obnubile, esa suerte de proclama moral por la que condena a todo aquel que aporte datos sobre el terrorismo de Estado como traidor, ruin, bajo, infame. ¿Qué epítetos usaría el teniente coronel para calificarse a sí mismo y a sus camaradas de armas que torturaron, secuestraron, violaron, mataron e hicieron desaparecer?

Pero tal vez la frutilla de la torta sea esta frase: «No me pida que yo haga lo que usted no quiso hacer y déjeme terminar mis días en prisión, pero con la conciencia tranquila y el orgullo de mi esposa, hijas y nietas…», en alusión a que Mujica no brindó información alguna o brindó información falsa. Por supuesto que omite deliberadamente mencionar en qué circunstancias y condiciones, empleando qué tipo de métodos, trató de obtener infructuosamente información del sufrido guerrillero. Como buen cobarde, sabe que él ha contado con un juicio imparcial con todas las garantías del debido proceso, y que nadie tratará de averiguar lo que sea o de hacerle confesar sus crímenes por medio de la tortura.

A diferencia de Mujica y de tantos miles de militantes sometidos a tratos degradantes y a condiciones de reclusión particularmente inhumanas, a Gavazzo le consta que podrá terminar sus días en una prisión confortable, en contacto con su familia, y comunicándose epistolarmente con la sociedad.

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