Es el voto que el alma pronuncia
Los uruguayos sentimos que nuestro himno nos representa. Sus primeros acordes no sólo nos hacen parar inmediatamente, sino que convocan en nosotros la conciencia de patria, de pueblo, de dignidad, libertad, justicia, solidaridad, orgullo por respetar todo eso más allá de nuestra pequeñez territorial y demográfica. Más aún, nos complace en relación a nuestro tamaño algunos hechos históricos que muestran nuestro coraje: Artigas, el éxodo, el NO en el plebiscito del 80, por citar algunos ejemplos.
Por eso algunos pasajes de ese himno fueron nuestro bastón para sostenernos y enrostrarles: «tiranos temblad», cada vez que ese glorioso himno era cantado y en aquellas duras épocas nadie dejaba de cantarlo.
Hoy es un día para cantar el himno
Hoy es un día de esos, sí. Un día de esos en los que la historia viene de lejos y como una gran ola pasa el cernidor por todo lo que en la orilla se había acumulado. Y el tema de la impunidad no se lo ha llevado ninguna ola durante atantos años. Queda ahí. Cada día que pasa, más visible y vergonzante. Porque lamentablemente ha faltado grandeza en quienes conociendo información sobre los desaparecidos se callaron. Se ampararon en dicha ley para no pagar sus culpas pero ni siquiera tuvieron la humanidad de alcanzar la información que llevara sosiego a los familiares.
Tuvieron 23 años…
No se arrepintieron.
No pidieron perdón.
No brindaron información.
No tuvieron compasión.
No tuvieron amor.
Nadie les pedía que se humillaran, pero sí que se humanizaran. Por el contrario, ese grupito de criminales cobardemente se ampararon en la ley y en vez de «limpiar» a la Institución Militar fundada por Artigas de esos espurios delitos: asesinatos, desapariciones, torturas, violaciones, se escondieron en su seno y la hicieron cómplice y rehén de sus atrocidades.
No hubo un solo acto de venganza
No hay excusas ni argumentos para los crímenes que se cometieron. Acá nadie puede hablar de sed de revancha porque no hubo un solo acto de venganza de los cientos y miles que fueron desaparecidos, muertos, presos, torturados, exiliados, ni de sus familiares. Nadie pidió ojo por ojo.
Se aceptó, con todo dolor y toda grandeza, el pronunciamiento popular que convalidó la ley en el plebiscito. Y desde la reapertura, los sectores antes guerrilleros se integraron a la vida democrática sin que nadie tuviera que recriminar ninguna actitud que nos hiciera volver al pasado de enfrentamientos.
Todo eso hubiera sido pasado si una vez votada la ley de impunidad hubiese habido un acercamiento humano, sincero, sentido, para efectivamente ayudar a restañar algunas heridas. Todas las que fuera posible.
Lejos de eso, hubo necedad, soberbia, cobardía en el fondo, y poco se ha avanzado en el conocimiento de la verdad. Hay algunas personas presas, sí. Pero porque se ha recurrido a recorrer cada milímetro del escaso marco legal posible. El odio en ellos sigue vigente. Siguen enmascarando sus crímenes como si fueran salvadores de la patria a los que los uruguayos mal agradecidos les debemos un monumento. ¿Entonces…?
La ley fue un fracaso
Hubo gente, con la mejor intención, como Wilson, al que que le hicieron creer que votando esta ley se estaba pacificando el país. Tuvo un enorme gesto de grandeza que le costó un tremendo e irreparable disgusto interior. Lamentablemente, toda esa buena intención no fue correspondida por quienes se aprovecharon de ella. Ese pequeño grupo no aprendió nada. Por lo tanto, queda más que claro que esta ley no funcionó. Y no se le puede pedir eternamente a los que han sido víctimas de tanta atrocidad que sigan esperando qué…
¿Qué ejemplo estamos dando a los cientos y miles de honestos y correctos integrantes de las Fuerzas Armadas que nada tienen que ver con ese pasado y con esos hechos? ¿Qué ejemplo le estamos dando a la sociedad toda? La Justicia debe funcionar sin excepciones.
Hoy el Parlamento tiene la oportunidad de pronunciarse. Los ciudadanos comunes no entendemos si al Parlamento jurídicamente le compete o no le compete expedirse, pero acá hay algo mucho más importante que es la propia dignidad de nuestro Parlamento.
Que sí debe expedirse.
Hoy están en juego los valores que el himno convoca en nosotros y que hacen a nuestra identidad como pueblo.
Es el voto que el alma pronuncia.
Y como ciudadanos comunes es la firma que el alma pronuncia.
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