EDITORIAL

A debatir, señores

Viene de lejos la denominación de «pardos y blancos de orilla» y de «los colores». Son términos que los señoritos de los «gran cacao» ­la oligarquía local­ han empleado contra negros, pardos, mestizos, aborígenes y los blancos pobres que vivían con ellos, «en la orilla» de la vergüenza. Estos términos nacieron en la Venezuela colonial, la de los «ranchos» y plantaciones, para los despreciados de siempre.

La campaña mediática, la agresión militar extranjera, el golpe de Estado fallido, todo es demasiado conocido. El eje de la campaña contra Chávez es su autoritarismo. Autoritarismo curioso: en diez años de ejercicio del gobierno, han habido quince consultas electorales, de las cuales, en catorce ha sido claro vencedor, y en la única que perdió por estrecho margen, acató la decisión democrática. Y en todas, observadores internacionales del mundo, incluidos de EEUU, han testimoniado la limpieza de los procedimientos.

Chávez, para el mundo y en particular para América Latina, es un muy destacado referente político. Es que su estilo osado, bien cerca de su pueblo, ese que la oposición descalifica con desprecio oligarca de «populismo», ha permitido abrir el camino a un presente muy diferente.

Hasta el gobierno de Chávez, todos los procesos antiimperialistas del continente ­excepción hecha de la Revolución Cubana­ así hayan sido precedidos de incuestionables victorias electorales, fueron desconocidos y los gobiernos tumbados por la reacción y por el imperialismo norteamericano. La lista es larga: Grau San Martín en Cuba por la década del 30, Arbenz en Guatemala en la del 50, Allende en Chile en la del 70, para citar algunos, acabaron con intervenciones extranjeras, golpes militares o una combinación de ambos.

Pero Chávez ha podido lo que, en otras circunstancias, otros líderes populares no pudieron: aglutinando un movimiento heterogéneo por su composición social e ideológica, el Movimiento de la Quinta República, ganó el gobierno, convocó al año siguiente a una reforma constitucional, y de allí en más, fue agrupando cada vez más pueblo, levantando banderas históricas, basadas en el respeto irrestricto a la soberanía venezolana, a la idea bolivariana de la integración de «nuestra América», a la denuncia del sistema capitalista, al llamamiento a construir el socialismo del siglo XXI. Y ha avanzado porque democráticamente fue ganando posiciones ­desde el gobierno hasta la conquista del poder­ empezando por la adhesión de las Fuerzas Armadas.

Duro, atrevido, con ese estilo que disgusta a las elites del «buen decir», ha profundizado el proceso, más aceleradamente después que el pueblo, bajando de los cerros a la calles, cortara de raíz el golpe de Estado de 2002. Y ha comprendido que la tarea revolucionaria no puede reposar en un hombre por trascendente que sea, que debe desconfiarse de los aparatos burocráticos, que la lucha la debe guiar un partido, el Partido Socialista Unido de Venezuela.

La transformación revolucionaria iniciada desde las urnas, ha sido facilitada por ser potencia petrolera y por la situación mundial, en la que el imperialismo norteamericano no ha tenido fuerza para la directa intervención y en que las Fuerzas Armadas del continente, desprestigiadas por las dictaduras de la «Seguridad Nacional», tampoco han tenido posibilidades para reeditar los golpes de antaño.

Venezuela, apoyando a y apoyada en Cuba, ha abierto el camino del ALBA por el que transitan Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Dominica y a las que se incorporarán otras naciones.

Por su decidida acción antiimperialista, Chávez es atacado por los reaccionarios y sus cómplices. Los oportunistas, en cambio, hasta pueden expresar solidaridad con Evo o Correa, pero se cuidan de identificarse con «el padre de la criatura» socialista sudamericana: el hombre, no del «autoritarismo» sino de la autoridad política y moral, ganada en recias batallas. Los pardos, los blancos de orilla, los colores, luciendo la casaca roja del socialismo, de la revolución, festejan el triunfo. Los despreciados de siempre, los que se levantan y andan con Hugo, con Fidel y Raúl, con el Che, con Evo, con Rafael, los que pronto se levantarán y andarán también por estas tierras. Menudo desafío, integrarse plena y orgullosamente, a «nuestra América» profunda.

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