Gobierno y poder
La función del gobierno es muy específica hoy: consiste en detentar poder y no en establecer metas de largo plazo, en conseguir consenso para que algunas de ellas se transformen en políticas de Estado inmodificables por los resultados electorales y en diseñar una relación tal con la oposición que permita que, aun sus desaciertos, sean funcionales a la obtención de los resultados. Sin oposicion, pues hoy todos son peronistas, la oposición es una fábula, a diferencia del Uruguay, donde el Frente Amplio gobierna pero la oposición conformada por los partidos Colorado y Nacional, son oposición y resisten a medidas, maneras y modos del partido que está en el gobierno con los cuales no existen coincidencias. Sumado a un electorado idóneo que exige a sus elegidos que legitimen lo prometido en campaña. En Argentina, una población anestesiada asiste con resignación a las campañas por las elecciones que se dan mediáticamente, cual show de Tinelli.
Estas tres características definen al gobierno. Un conjunto de autodenominados políticos que gane unas elecciones y se instale en el poder pero no siga estos patrones, será otra cosa pero no un gobierno.
La concepción histórica del peronismo, por su nacimiento y génesis, no le ha reportado a la Argentina un solo gobierno. Le ha otorgado poder al conjunto de personas: La Familia, se diría en Italia, que, combinando con sagacidad las piezas adecuadas en el momento preciso, lograron apoderarse del aparato del Estado. Pero el país no fue gobernado.
El peronismo es explicable, en gran medida, como una lógica intrínseca de la busca del poder. No importa lo que se haga con ese poder en términos de progreso y desarrollo del país. Lo que le interesa al peronismo es detentar el poder.
Las luchas internas en ese movimiento, que muchas veces adquieren ribetes parecidos a las batallas entre las familias de la mafia, se explican porque el que se adueña del poder, se adueña de todo, y el que lo pierde solo puede aspirar al ostracismo.
Esta confusión astronómica entre gobierno y poder le ha generado al país un enorme retraso, pérdida de vidas y un precio en nivel de vida y desarrollo que todavía resulta difícil saber si será superado. No olvidemos que Cortázar, el «Che Guevara» y tantos otros buscaron exilios en otras tierras: a no olvidar.
En el mundo hay, clásicamente, dos sesgos. Uno tiende a la creación de riqueza y a la inversión, el otro tiende a la distribución y a la igualdad social. Con todo el derecho que le da el favor popular, un gobierno puede establecer metas y medidas de mediano plazo que, hacia el fin de su mandato, satisfagan su sesgo y sus promesas electorales. Pero el compromiso mayor de un gobierno republicano con el país es establecer desafíos de largo plazo, que excedan los tiempos electorales y los mandatos presidenciales, y que le signifiquen al país un norte seguro, gane quien gane las contiendas por el poder.
Para ello, la presidenta deberá tender puentes civilizados con los que no piensan como él, con los que tienen sesgos diferentes y hasta opuestos a los suyos. Eso es gobernar. Uruguay es un ejemplo transparente y claro de la aceptacion de la diferencia y el disenso, con civilidad, sin patotas y sobre todo en lo que hace a la autonomía de los poderes. Las campañas no se dirimen mediáticamente, sino cara a cara con el electorado.
Cuando la Argentina pueda asistir a este espectáculo, se estará sentando en el tren del desarrollo. Cuando los políticos del peronismo (y de todos los demás partidos que desgraciadamente hoy son peronistas) entiendan que deben gobernar y no sólo detentar el poder, cuando los dichos de Cristina sean palabras sinceras y no discursos, entonces tendremos una oportunidad. Cuando los peronistas de nuevo cuño Macri, De Narváez, Scioli (menemista, kirchnerista, y otros) los dinosaurios Duhalde, Sola, Barrionuevo y otros acuerden y se unan en un movimiento peronista único, posiblemente algo pueda modificarse, al menos legitimar el espectáculo que Argentina presencia y sufre día a día con los muchachos peronistas como primeros actores de esta tragedia que no termina de consumarse.
Para serlo, necesitamos entender que precisamos un gobierno y no gente con poder, ¡qué joder!
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