"Quieto o te mato. Dame la billetera"

Si vas caminando por una vereda céntrica, Julio Herrera y Maldonado, a cuatro cuadras de una comisaría (la 2ª) y a cinco del Ministerio del Interior, a las 21.30 horas, apenas entrada la noche, a 200 metros del edificio en que vives y de pronto sientes un abrazo que no es tal, es una llave sobre el pescuezo que aprieta, te ahoga, que si insiste en apretar puede desnucarte fácilmente, pues el factor sorpresa conlleva que te agarró desprevenido, por la espalda sin posibilidad de defensa, a las palabras del título hay que agregar el soporte material del ataque físico, que es un objeto duro sobre los riñones que no es un cuchillo ni una tijera, sí puede ser el caño de un arma de fuego o un trozo de hierro, o un pedazo de caño de una pulgada, lo suficientemente duro como para partirte la cabeza¡

En una cálida noche de verano montevideano te has hecho acreedor de una sorpresa! Por supuesto nada grata. Enfrentas, sufres un asalto, un despojo, un atentado infame, y te sientes totalmente indefenso, imposibilitado de resistir; estás en «manga de camisa», en el bolsillo izquierdo está la billetera, abultada con documentos personales: carné de conducir, libreta de propiedad del automóvil, tarjeta de crédito, cédula de identidad y un carné que me acredita como edil en la Junta Departamental (legislador de la ciudad), papeles varios, recibos, alguna aspirina y tarjetas de presentación. Dinero: nada. Sí documentación abundante.

Con la mano derecha, calladamente, le entrego el botín, afloja la presión que asfixiaba mi garganta y el rapiñero sale corriendo hacia Soriano; es imposible seguirlo, me dirijo a la Seccional 2ª; a las 22 horas llego a Durazno y Julio Herrera, donde vivo, y me ataja el portero del edificio de enfrente, Juancito, que sabe que soy edil (hombre con responsabilidad de gobierno) y me dice: «Che, Dari, ¿qué vamos a hacer con los chorros, que andan impunes por el barrio?». ¡Sorpresa, sorpresa! Tengo la respuesta ideal, de atacado paso a ser atacante. «¿Qué me decís? Vengo de la comisaría, acaban de asaltarme y despojarme de la billetera, ¡y casi me matan!».

No me lo contaron, lo viví, lo sufrí; con alivio por dos cosas: no me golpearon, ¿el chorro era uno solo?, yo vi a uno; al otro día a las 8.30 me tomo la presión sanguínea y estaba clavada en 11 ­ 6. ¡Aún me queda resto para bancar situaciones imponderables! Aunque espero que no se repitan.

He comentado el suceso y surgen opiniones; algunas extremas, otras más apaciguadas. De más está decir que no se me ocurre «calzarme» para aterrizar en un juzgado cargando con una muerte por «justicia por mano propia».

En síntesis, me sentí impotente ante la violencia del ataque y la impunidad del despojo.

Y lo que es peor: la inseguridad. Creo que la sociedad debe generar derechos y velar por ellos, y exigirse en disponer de los medios para brindarle seguridad a la población, a los que trabajan, estudian, a quienes pagan impuestos y quieren disfrutar de la ciudad caminando sin sobresaltos, conscientes de que el Estado los protege.

En ese marco, ante la violencia, el desborde, la delincuencia desenfrenada, es necesaria una política de Estado que involucre a todos los partidos; a menudo asistimos lamentablemente a una oposición a la cual lo que le importa es desprestigiar al gobierno, para luego derribarlo: craso error, es necesario, por la salud cívica, moral y ética de la nación, una actitud de responsabilidad superior en el encare del combate a la delincuencia y sus nefastas derivaciones, de las cuales el suceso del relato va más allá de una simple anécdota.

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