EDITORIAL

Acerca de la unidad partidaria

Por estos días los grandes medios han abandonado –al menos momentáneamente– el tema de las candidaturas en el Frente Amplio. Ocurre que la puja interna dentro del nacionalismo se caldeó lo suficiente como para desplazar la de la coalición de izquierdas, luego que Larrañaga calificara a su rival Lacalle de ser «de derecha» y de vaticinar un fracaso electoral si el ex presidente resultaba vencedor en las internas y era elegido candidato único del P. Nacional. La postura del veterano dirigente herrerista, con cautela y mucho más ‘carpeta’ que su oponente, aquietó un tanto las aguas y quitó trascendencia al asunto.

Pero el episodio sirvió no sólo para distraer un poco la atención de la interna frentista sino, además, para que aparecieran patéticos llamamientos a la unidad nacionalista, exhortaciones cargadas de emotividad a no pelear entre sí, a evitar las disputas y fortalecer la unidad partidaria, única carta de triunfo en octubre próximo.

Alrededor de la precandidatura del doctor Larrañaga parece haberse nucleado el wilsonismo, encarnado no sólo por el precandidato, sino también por connotados dirigentes blancos como Ruperto Long, Carlos Moreira, Eber da Rosa, Pablo Iturralde, etcétera, que insisten en autocalificarse ideológicamente como el centro del espectro político. En razón de ello, presentan al grupo competidor –nucleado en torno a la figura del doctor Lacalle– como la expresión de la derecha política.

A diferencia de su rival tradicional, cuyos tres precandidatos se consideran de centro aunque sus posturas los ubiquen en la derecha, los blancos pretenden ofrecer a la ciudadanía –como en los buenos viejos tiempos– un lema con diferentes opciones, es decir, un partido con un ala más a la izquierda.

Ahora bien, si esto fuera así (si Larrañaga fuera una opción de centro y más a la izquierda que Lacalle), la tan reclamada unidad partidaria sería difícil de lograr, y las perspectivas serían iguales a lo que ocurría cuando los dos partidos tenían grupos de centro, de izquierda y de derecha, y era común asistir a alineamientos interpartidarios, con dirigentes de ambas colectividades votando juntos y enfrentados a correligionarios aliados con adversarios. Tal lo sucedido a raíz del golpe de estado de Terra, cuando riveristas y herreristas actuaron juntos, duramente enfrentados a batllistas y blancos independientes.

Merced a la reforma electoral que obliga a cada lema a presentar un candidato único a la Presidencia, los partidos tradicionales se han unificado despojándose de las opciones de izquierda. En el espectro político, el FA ocupa todo el abanico que va del centro a la izquierda, dejando el espacio de la derecha a los dos rivales tradicionales que hoy han dejado de serlo para representar la opción electoral conservadora. A tal punto esto es así, que han surgido iniciativas en el sentido de que ambos partidos se presenten unidos a las elecciones.

Y finalmente, si miramos el panorama dentro del Frente Amplio, veremos que la situación no difiere demasiado de los partidos tradicionales. En efecto, como se ha dicho muchas veces, más que los nombres importa el programa, y cualquiera de los dirigentes que resulte finalmente ser el candidato de la izquierda deberá ceñirse al programa elaborado por una comisión especial y ratificado por el Congreso.

En definitiva, los comicios de octubre volverán a disputarse entre un proyecto progresista y uno conservador. Entre la fuerza que aglutina a la izquierda –que se expresa en el Frente Amplio– y la que representa a la derecha, encarnada por los dos partidos tradicionales, otrora rivales y hoy mancomunados en la defensa de los privilegios de las clases dominantes.

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