Enojos y sarpullidos
En todos los partidos políticos del mundo, que se precien de tales, hay izquierdas, derechas y en ocasiones hasta «centros». Y eso está bien. Se le debe dar, por elemental inteligencia y viveza, a la diversidad de correligionarios las opciones que a gusto de cada uno los dejan retozar felices y cómodos en el vergel partidario. Macanudo. Por ende, nadie se puede ofender porque se le trate de zurdo, derecho o centrista, pues la ciudadanía observó y ya tiene digerido durante años el comportamiento ideológico práctico de cada cual, encasillándolos en sus debidos sitios. A título de ejemplo: en España, Aznar, el tío Ramón Fraga Iribarne, Rajoy y el ideólogo del diario «caganchero», señor Montaner, pertenecen a la más recalcada derecha imperialista, admiradora del generalísimo del Ferrol don Francisco Franco. ¡No caben dudas! Chávez, Correa, Ortega y Raúl Castro también de franca y recalcada izquierda. Bachelet y Lula, por citar los más cercanos, tratando de ser centristas, y nosotros, según venga la mano, a cualquier cosa. Nadie se puede ofender si se les membreta con esos rótulos. Más que menos, son así. Larrañaga, en comentarios periodísticos, habría mentado que el doctor Lacalle era de derecha. Por ahí, según parece, despertó molestias. No he visto a ninguno de los dos para corroborar.
Y ese comentario en soledad, aparentemente muy nimio, se contrapesaría con el que hace unas semanas hizo el Cuqui ofreciendo la «vice» al guapo. O sea, un modo «pícaro» de minimizarlo. Y el guapo, que estaba de buen humor, le retrucó ofreciéndole la cancillería en su presidencia. O sea, el Villademoros de Larrañaga sería en ese caso, el Cuqui. Uno a uno, y pelota al medio. Claro, estos «chascarrillos» tienen más de ingenio deportivo que de otra cosa. Y tampoco entiendo que comentarios posteriores atribuidos al guapo puedan interpretarse como ofensivos, más allá de deducciones «alegres» periodísticas, haítas de noticias, por cierto escasas en enero y necesarias para la venta de periódicos, que terminan dando «manija». Larrañaga también habría dicho que de ganar el Cuqui la interna, haría más controvertible el triunfo blanco, que si ganase él. Las razones a manejarse, supongo están en base a los votantes blancos de izquierda que se habrían ido al Frente por la derechización del partido en ese tiempo y lloran por volver. Y Larrañaga es el único que les ofrece esa opción real. Esos blancos ya discreparon y parece difícil que vuelvan por la misma «portera». Es hasta obvio que se le abra otra «siembra» y el gaucho es el indicado. Ya lo demostró, con políticas de centro izquierda permisivas, contrarias a las del Cuqui, de claro perfil derechoide. Estos razonamientos tampoco me parecen tan graves como para poner «triste» al Cuqui, prejuzgando quebrantos y divisiones partidarias éticas dentro de la Colectividad, que hasta hoy se manejó con pulcritud y prudencia. En buen romance, no da para brotes de urticaria. Seamos justos, el guapo en su momento no sufrió de melancolías o dolencias psíquicas porque el Cuqui alternara socialmente, nada menos que con el Tabaré tomando el «rubio brebaje in de rock» en su «dacha» de Murillo. Nadie tiene derecho a presumir que hubiese habido «secretitos o acuerdetes» nada menos que con el «Taba», en acuerdos futuros. ¡Válgame Dios! O sea, al decir del refrán, no hay cosas mal dichas, sino mal interpertadas. También es cierto, que para evitar «roces» que son inevitables en las luchas políticas en cualquier partido, tampoco sería mala cosa a nivel de «tenientes» evitar comentarios peyorativos que tan mal hacen a la causa general creando por fanatismos, confrontaciones denigrantes que se fomentan por los contrarios. ¡No dar pasto a las fieras, que le dicen! No olvidar que todos somos blancos y dentro del partido, como en cualquier lado, las puertas son de «vaivén». Miremos más que a las críticas mordaces «semigraciosas», de ambos lados, las hombrías de bien, las lealtades con los compañeros que se juegan en los momentos críticos y dejan «la vida» por la causa blanca, que han llorado cuando perdió el Partido de dolor, y también cuando se ganó por emoción y no por cargos. Que se consideren los méritos naturales como la honradez e inteligencia, lucidez y adecuación para determinados fines. Y lealtad con los amigos que se jugaron y comprometieron por la divisa y su gente. Virtud esta última, muchas veces olvidada por circunstancias ocasionales de conveniencia materialista de jefes que llenaron necrópolis enteras de «compañeros mártires» como se les llamaba a buenos blancos que dejaban en el camino. A mí sí me pone «triste» cuando he visto y aún veo tantos correligionarios inéditos, olvidados y abandonados, suplidos muchas veces y no lo digo como metáfora sino como dura realidad, por colorados, zurdos de diversas tribus o doctores llenos de prosapias, autodefinidos como «tecnócratas», que hasta ayer eran enemigos y si se gana se accidentan por estar primeros. Acompañé a más de un compañero en su féretro a la tumba, acabado en la más paupérrima de las miserias, mientras doctores que jamás perdieron una siesta por el partido, bajaban de los aviones y subían en otros regodeándose con grandes sueldos que no merecían.
La unidad es fundamental. Lo sé. Pero antes prevengámonos que sea en base a buenos blancos, honestos como lo quiso Oribe, leal con la Patria y los amigos como lo fue Saravia, guapos como lo fueron Leandro y el mulato Timoteo, hombres de estado como lo fue Herrera y Wilson, pero además que no haya más «compañeros mártires». Que cuando culmine la batalla y apeados de los tordillos llevándolos de las bridas, tenemos la seguridad de haber luchado por un blanco que valió el esfuerzo. ¡Yo sé y son consciente por quién peleo! ¡ Que cada cual haga memoria y se acuerde de quién cuando vencidos, salió en soledad!, ¡carabina en la espalda y sable en mano!, y recuperó 780.000 votos sin engañar a nadie!.A ese, le hago la venia! ¡Viva mi viejo y querido Partido Blanco!
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