Fútbol y violencia: ¿dónde está la solución?
Cuando Christopher Whalley director de Seguridad de la Asociación Inglesa de Fútbol- estuvo en nuestro país. Una de sus primeras aclaraciones en relación a las medidas a tomar era la consideración acerca de la necesidad de adecuar esas medidas a la idiosincrasia de cada país. Desde luego que tal advertencia pasó completamente inadvertida, dada nuestra necesidad de conocer y aplicar las recetas que funcionaron muy bien en Inglaterra, un país por ejemplo, que tiene en promedio, una cámara de control cada 13 habitantes y una realidad socio económica totalmente diferente a la nuestra. Otro dato no menos importante, radica en la consideración de que, para establecer sus planes, Whalley contó con el apoyo de un equipo multidisciplinario para conocer en profundidad el tema sobre el cual debía intervenir.
Estas consideraciones que parecen razonablemente hallarse en la base de toda intervención social, han sido desplazadas por una caterva de argumentos de autoridad que reflejan menos realidades que prejuicios. No es la primera vez que reflexionamos acerca de estas cosas y luego de dos años de investigación, concluyo que esencialmente no conocemos el problema y actuamos movidos por la indignación o la natural necesidad política de ofrecer una respuesta: y esta es una situación que se remonta en nuestra historia desde la primera legislación en el año 2003 acerca del tema; legislación ineficaz que fue revocada por otra del 2005 que ha corrido el mismo destino
Aquí es de hacer notar, que la legislación europea incluye como entornos también las líneas de transporte que llegan a los estadios y el estudio minucioso de las diferentes páginas de internet, donde con frecuencia, se establecían los lugares de encuentro de las «barras» para resolver sus problemas, incluso de países diferentes entre sí. Miremos por ejemplo la tribuna Colombes o la Ámsterdam: ¿Dónde están las barras bravas? ¿Cómo las identificamos? ¿Quiénes forman parte de ellas? A decir verdad, no es muy claro el panorama, ya que una tribuna conjuga un conjunto de gente muy diversa. Lo usual es atribuirle la responsabilidad a las barras de los clubes pero, esa es una distinción demasiado grosera. Pensemos un poco en el resto, sobre todo en aquellos que toman como referencia a las barras estables de los clubes pero que no forman parte de ellas ni se ajustan a sus marcos éticos normativos y que ingresan o ingresaban a los estadios mediante la reventa de entradas disponibles para los clubes. A esos hinchas que denominamos en nuestro trabajo como «adyacencias» debemos buena parte de los problemas de violencia en el fútbol. Quienes forman parte de las barras estables de los clubes son conocidos y se relacionan con la dirigencia y, por su alta exhibición y fácil localización, es posible descartarlos como el foco de mayor preocupación. Por otro lado, no debemos olvidar que, como todo fenómeno social, es cambiante, y nuevos aspectos aparecen en escena, como por ejemplo, la presencia creciente de menores que tampoco se ajustan a los marcos éticos normativos de las barras, que en un contexto de tribuna completa tienen escasa o nula capacidad de control de todos los hinchas, aunque sí de los propios integrantes, hecho que hemos comprobado en nuestro trabajo de campo.
Si miramos el contexto social en el que se expresa el fenómeno, está claro que no existe un lugar aséptico o exento de violencia desde donde mirarlo, puesto que muchas veces, y estoy hablando del ámbito de la cultura, el parlamentario o hasta en algún programa deportivo, determinadas cuestiones se han dirimido a golpes de puño, en imágenes que han recorrido penosamente el mundo: el caso en ocasión de votar la ley de educación es un ejemplo reciente pero no el único producido en el palacio de las leyes.
Nuestra sociedad tiene un altísimo margen de tolerancia hacia la violencia y estas cosas ya se han vuelto demasiado frecuentes, filtrándose en nuestra vida cotidiana casi sin advertirlo. Entre tanto, acorde con nuestra uruguayísima forma de ser, seguimos buscando chivos expiatorios y culpables que siempre son «los otros»; sin embargo, nadie parece reflexionar acerca de su cuota de responsabilidad que va más allá de un hincha que lleva su arma a la cancha como correlato de lo que hace en su vida cotidiana. Por este camino, no hay que preguntarse si morirá en el futuro otro hincha: la pregunta correcta es cuándo.
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