Un médico en el infierno
J’ai vu l’enfer … là bas
RIMBAUD, Une saison en enfer
Voici le temps des Assassins
RIMBAUD, Illuminations
Tuve ese doble recuerdo de Arthur Rimbaud cuando leí las declaraciones formuladas por el médico cirujano holandés Harald Veen Fresed después de trabajar una semana en el hospital Al-Chifa de la ciudad de Gaza, enviado por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Dice que vivió «el infierno en el hospital», una situación de «verdadera tragedia», y se siente profundamente conmovido, a pesar de estar habituado a situaciones de este tipo en los conflictos africanos.
Durante ocho días, sin interrupción, el cirujano cruzó por todos los horrores. Habla de «miembros mutilados, masa encefálica expuesta, intestinos a la vista, heridos que morían desangrados. El aflujo era enorme, muy difícil de enfrentar. Se atendía lo más urgente, eligiendo a los que podíamos salvarle la vida, dejando de lado aquellos para los cuales ya era demasiado tarde. Una elección terrible».
Harald Veen Fresed explica que tres equipos de quince médicos se turnaban cada 24 horas para atender un flujo continuo de heridos, «a tal punto que apenas nos podíamos mover y debíamos operar con rapidez para absorber un contingente que nos desbordaba». Rinde homenaje a la competencia y a la abnegación de los doctores palestinos. En ese período había medicamentos, pero faltaba mucho material y no había lugar en las salas y en la morgue. Los casos más graves se enviaban a Egipto a través de Rafah (pero a veces se encontraban con obstáculos y sufrían dilaciones en su traslado). «Puedo decir declaró que la cifra de más de mil muertos (que se daba en se momento, 15 de enero) es inferior a la realidad. Yo creía haber visto todo en esta materia y estar preparado para enfrentar cualquier tipo de situaciones (trabajó durante el genocidio de los tutsi en Ruanda en 1994), pero realmente fue una prueba durísima».
Lo más dramático a su juicio era asistir a los dramas personales y familiares. «Ver a los parientes, a las familias agobiadas frente a la muerte y al sufrimiento. Uno sólo puede asistir, impotente y en silencio, a estas tragedias. Algunos querían seguir a los heridos hasta la sala de operaciones por temor de no volverlos a ver con vida. Muchos tenían heridas enormes provocadas por el estallido de los obuses y yo me preguntaba cómo podían sobrevivir. Siempre se dice que la guerra es algo horrible, pero no se puede imaginar lo que es en realidad, porque sólo se ve una parte de ella».
Se refería a las muertes, pero también a los que quedan amputados, parapléjicos, ciegos. «Para ellos, la guerra continúa durante años, toda la vida». En lo personal, sin embargo, abriga una certeza. «Me considero un privilegiado por haber podido, aunque sea en un grado infinitesimal, aportar una ayuda. Lo importante es estar ahí, en el lugar de los hechos». Después de su labor en Ruanda, el médico hizo una pausa y luego volvió al trabajo cada vez que la Cruz Roja se lo solicitó. Confiesa que, a veces, tiene pesadillas, revive escenas trágicas. Cuando se le dice que es un idealista, responde que vivió y vio demasiado para serlo.
No le resultó fácil abandonar Gaza, porque lo oprimió la sensación de abandonar a los colegas con los cuales había convivido durante una intensa semana. Viajó a reencontrarse con su hijita de 3 años. La misma edad de una niña que vio llegar al hospital de Al-Chifa, con los ojos muy abiertos. Cuando la dio vuelta, «tenía un gran agujero en la espalda». Allí terminaba su vida.
Ese mismo día leí un informe desde Rafah, en la frontera con Egipto. La enviada especial describe, desde la parte egipcia, la violencia creciente de los bombardeos en esa zona particularmente sensible. Antes de evacuar Gaza en 2005 (y cercarla por todas sus fronteras), los israelíes arrasaron decenas de viviendas palestinas ubicadas en dicha zona. Hoy los servicios de seguridad egipcios asumen el control, dejan pasar (o no) personas y subsistencias.
El enviado militar israelí a las conversaciones de El Cairo, Amos Gilad, elogia los «magníficos servicios secretos egipcios». Mubarak se niega rotundamente a que se establezca un contingente internacional para el control de la frontera. Israel también. Mientras tanto la aviación israelí multiplica sus bombardeos. «Allá comienza una nueva noche de horror», escribe la corresponsal. «Una bomba tras otra, luego se oye la sirena de las ambulancias y un llamado a la oración se eleva desde los minaretes. En seguida, otra serie de bombas cae en la dirección del aeropuerto palestino de Rafah, que ha sido desafectado y desde allí disparan los tanques sobre la ciudad. Ruido ensordecedor, la tierra tiembla, el cielo enrojece. Hay gente que se niega a abandonar la ciudad, otros sencillamente no tienen hacia dónde huir».
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