EDITORIAL

Crisis y desafíos

Ostensiblemente, el continuo de experiencias que la izquierda en el gobierno está protagonizando ha venido siendo afectado por variables no previstas, ni en el plan de gobierno ni tampoco, vale advertirlo, en la plataforma electoral. En el último lustro, la sociedad y su entorno se han tornado bastante más complejos que los escenarios sobre los cuales se diseñaron los proyectos originales. Entre otras razones, porque además de cambiar mucho el entorno, la experiencia en la administración de gobierno ha impreso su sello en el propio pensamiento de la izquierda.

La tensión generada por la sequía y sus presumibles efectos en materia económica y social obligan a repensar un plan de cierre de los primeros cinco años de un gobierno de izquierda. No es posible desconocer que la precipitación de la crisis económica obliga a esa fuerza política a extremar la calidad de sus diagnósticos, su capacidad de ejecución y las formas de comunicación con la ciudadanía. De alguna manera, es como si la historia hubiera querido que un año bisagra como el 2009 se constituyera en una mesa de exámenes extraordinariamente exigentes, capaz de habilitar o no, la continuidad gubernamental cinco años más.

Crisis en tanto, como amenaza y riesgo, pero crisis también como convocatoria para que la izquierda active su capacidad de mejorar y desarrollar su gestión de gobierno para un nuevo período. Es probable, incluso, que sin los imperativos y advertencias que surgen de estos nuevos escenarios, la posibilidad real de acceder a ese segundo período fuera bastante más remota que la que pudiera surgir de una correcta gestión del gobierno en la emergencia actual. La ciudadanía y, especialmente, los sectores de mayor incidencia en la formación del pensamiento colectivo incluyendo las decisiones electorales están siguiendo esos tests con particular atención.

En tanto, el aumento del intervencionismo gubernamental determinado por la entidad de la crisis supone riesgos elevados no sólo en la calidad de los resultados sobre el bienestar colectivo, sino que, además, ese resultado de la gestión de crisis será un factor decisivo y nuevo en las decisiones electorales. Al menos, de la de aquellos sectores más capaces de evaluar resultados en una perspectiva de mediano largo plazo.

Ni por la estricta responsabilidad de representación del interés público que tiene su gobierno, ni por consideraciones más utilitarias e inmediatas, la izquierda puede eludir ese análisis exigente de cómo procesará sus políticas de intervención en los próximos meses. Los escenarios se tensarán y es probable que no todo el gobierno pueda actuar como un conjunto capaz de actuar y emitir señales escasas pero adecuadas. Algo de ello está sucediendo en la actualidad, en un momento de elevada sensibilidad social frente a desenlaces que nadie puede predecir con sujeción a la voluntad. Es peligrosa la disociación ­ discurso asistencial- o una relativa pobreza del discurso oficial sobre el plan de la intervención sobre los precios y el aumento del costo de vida. Desde aquellos dos ángulos de interés para el seguimiento de la intervención, ni el aumento indiscriminado de medidas asistenciales ni los cambios de política monetaria del regulador monetario contribuirán a mejorar la confianza pública si el gobierno no logra convencer sobre la racionalidad de su intervención más profunda sobre problemas crecientemente complejos.

El desafío está planteado y se extiende al resto de los sectores políticos y sociales. La verosimilitud de la política y la crítica sobre la calidad de la intervención van a definir no sólo la batalla económica y social, sino, también, la electoral. Para todos por cierto.

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