Ponernos de acuerdo
Cuesta entender por que razón nos resulta tan difícil ponernos de acuerdo en cosas aparentemente básicas. Se ha generado de tal modo la cultura del bloqueo y el superar al otro con la crítica y la confrontación como instrumentos convertidos en fines en sí mismos, que cualquier desactivación de un conflicto, sea este personal o institucional, parece más complejo que desmontar un explosivo.
Baste hacer un repaso de los temas que nos ocupan en estos últimos tiempos. Ni siquiera el hecho conocido y no negado de la enorme fortuna de este gobierno de contar con una la única organización sindical del país absolutamente afín, ha resultado suficiente para evitar la confrontación y la negociación complejizada, que aun siendo resuelta, lo es mucho más tarde de lo necesario. Es verdad que como consecuencia lógica de esa afinidad, un paro general de 24 horas contra el gobierno, otrora tan frecuente, es hoy una situación excepcional. Sin embargo en todos los terrenos acordar cuesta mucho más de lo que sería lógico pensar. Si ejemplos de desacuerdos hicieran falta, algunos en curso son paradigmáticos:
El conflicto del Casmu (Centro Asistencial del Sindicato Medico del Uruguay) donde el gobierno estiró la situación conociéndola como nadie, hasta crispar el sistema y ponerlo al borde de la inviabilidad. Dio apoyo a cuenta de lo que le pertenece al Casmu, pero condicionado a que estas sumas fueran para pagar solamente a unos y a otros no. Naturalmente se sabía que quedarían médicos y empleados, gravemente enfrentados entre sí en medio de la crisis en que está la institución médica. Poco varió, aun sabiendo todos que se trata de atender la salud de casi un cuarto de millón de personas. Casi varados en medio de una peligrosa situación, entre sofisticados operadores que deben actuar juntos siempre con la vida de alguien en juego. Un ámbito donde la tensión personal no debiera existir jamás por temas de este tipo.
Otro caso increíble es el del fútbol. En un Montevideo donde los clubes están a pocas cuadras unos de otros, si los comparamos con las distancias de cualquier ciudad medianamente grande, no exista forma de ponerse de acuerdo para hacer del fútbol algo más seguro. Y sin embargo con un club muy cerca del otro como aquellas parroquias en las que cuando había diferencias entre los feligreses unos se iban y simplemente construían otra preciosa Iglesia a pocas cuadras, como se ve en infinidad de nuestros barrios y en tantos otros países, porque no es un privilegio solo nuestro. La diferencia era que todos después estaban juntos para la procesión. No acordar cómo y dónde jugar el último partido del campeonato a horas del fin de 2008, todos enojados con todos, dirigentes que se ofenden y se llevan la pelota como mi amigo Manolo y todos a buscarlo, árbitros a la intemperie, Ministerio del Interior desconcertado, en fin, todo macerado entre hinchas apasionados y barras bravas. Los primeros (los hinchas) enamorados de sus colores, los otros (los barras bravas) enceguecidos con la entrada gratis, las drogas y el alcohol, y más que nada en poder pegarle al otro cualquiera fuere, allí o donde sea y por cualquier razón. Porque también sirven de excusa para estos inadaptados, las salidas de los bailes o adentro mismo, o la noche de las luces donde apuñalan, disparan o golpean casi por deporte.
Nuestras calles son otro ejemplo claro de desacuerdo cotidiano. Allí se disputan hora tras hora, cada centímetro de pavimento, de igual a igual y sin dar tregua no importa el tonelaje o los pocos frágiles quilos desplazados. El peatón, el ciclista, el automovilista, el camión y el ómnibus, todos pujando sin dar tregua, apretados y urgidos en sendas de hormigón de pocos metros de ancho. Instalados en la creencia de que la estadística y la crónica diaria refieren cosas que sólo les suceden a otros, la consigna de demasiados es: todos contra todos, primero yo, sin la cordialidad mínima, como si la vida fuera un juego por pasar primero sin saber bien para qué, o la pequeña y casi enfermiza revancha del peatón que se demora en la cebra peatonal al cruzar una avenida repleta de vehículos que esperan contenidos a centímetros de distancia. Pero el peatón demora cuanto puede en cruzar casi burlonamente, o lo hace fuera del lugar habilitado. No importa el riesgo. Estamos deslizándonos sin pensar en la cultura de la cómoda solidaridad que solo se vive ante el televisor haciendo zaping, pero desde la intolerancia y la impertinencia cuando la vida es en vivo y en directo, mano a mano.
Debemos cambiar pronto. El cambio comienza en el respeto, en la paciencia mínima y desde ya que en por lo menos unas pizca de fraternidad y de tolerancia. En confiar más, aún con controles y sin ingenuidad, porque es muy claro que no son cosas iguales. Sin inocencias ni cinismos que nos desfiguran la vida sin necesidad, siempre sin justificación suficiente. Una reflexión de fin de año, teñida de un espíritu navideño en el que nos formaron nuestros padres y el cura Polverini, en la vieja escuela San Vicente de Paul, allá en el barrio de la Unión frente al Pasteur. Es parte de un sentimiento que nos enorgullece y que no disimulamos nunca en ningún escenario, desde la garantía de la inalienable laicidad. Reencontrémonos nuevamente para ponernos de acuerdo. Pongamos lo mejor para acordar, recordando quiénes somos y de dónde venimos. Quizás eso nos ayude a saber adónde ir juntos en este formidable tiempo que nos toca transitar y compartir en la maravillosa aventura de vivir. La responsabilidad de procurarlo -aun cuando admite grados y antecedentes- también en este como en otros temas de todos, nos es absolutamente compartida.
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