América Latina ante la crisis
La profundidad de la crisis mundial es cada vez más clara, aunque las cifras son tan grandes que se hacen inmanejables para los simples mortales. Empezó como la explosión de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, de los créditos subprime, una manera muy elegante de decir que lo que explotó fue la sobrevaloración insólita de las propiedades inmobiliarias y el sobreendeudamiento de los norteamericanos que hace muchos años venían gastando mucho más de lo que podían, alentados por un mercado que más que mercado parecía un casino.
A ello se sumaron fraudes gigantescos, el más notorio de 50 mil millones de dólares, de un prestigioso inversor que se pavoneaba en Wall Street y en todas las serias revistas de análisis financiero. Pero como todas las crisis tuvo su correlato en la economía real, la baja productividad industrial de EEUU y la nula competitividad de sus productores agropecuarios, que solo producen gracias a los gigantescos subsidios del Estado, terminaron por hacerse evidentes y la especulación financiera global, de donde sacaban fondos irreales se desplomó.
La globalización no tardó en generalizar la crisis, que nos afectará a todos los habitantes del planeta, de eso no hay duda. Se desplomó el precio del petróleo inflado hasta niveles irracionales por la especulación, cayeron los precios de los commodities y comenzó la recesión en las principales economías del mundo: principalmente en EEUU y Europa. Lo nuevo, lo interesante, es que América Latina, que sin dudas será afectada, está mejor preparada que otras veces y no es casualidad. Un conjunto de gobiernos progresistas y de izquierda, que por primera vez en la historia son mayoría en la región, aplicaron políticas bien diferentes a las neoliberales de hace poco años.
Eso ha hecho que la región se encuentre menos atada a los compromisos de la deuda, en cantidad y en calidad, con mejores, mucho mejores indicadores económicos y sobre todo, en recuperación de la situación social, con la gente menos dejada a la mano de dios o del mercado, que para los neoliberales quiere decir casi lo mismo. No hay espacio para los facilismos ni los voluntarismos, pero tampoco para los agoreros del desastre. Hoy América Latina está mejor, porque sus gobiernos y sus pueblos están cambiando la realidad, más lentamente de lo deseado quizás, con niveles disímiles y con énfasis diferentes también, pero cambiándola.
Hoy en América Latina no se piensa en ajustes fiscales, en rebaja de salarios, en salvataje de bancos, es decir, en salvar a los poderosos y dejar cargar el costo a los humildes. Hoy América Latina apuesta a fortalecer los salarios, a atender especialmente y más enérgicamente a los más pobres, aumentar la protección social, seguir creciendo y también, hacer jugar al Estado un papel central en la inversión y en la dinamización de la economía. Apoyar a los productores, potenciar el mercado intrarregional que sigue creciendo y diversificar su inserción en el mundo. Hoy América Latina además, apuesta, no sin dificultades, a la unidad y la integración, a una respuesta común. Como lo mostró, con luces y sombras, la unidad expresada por primera vez en la historia en las tres recientes cumbres de Bahía.
Los neoliberales dicen que ese camino no es garantía y que no saben adónde lleva. Es cierto que no es garantía, es cierto que se requerirá decisión, firmeza y audacia. Pero lo que no dicen es que los pueblos de Latinoamérica saben muy bien hacia dónde conduce el camino que promueven ellos. Ya nos llevó hacia el desastre del fin del siglo pasado y el comienzo de este. Todos los países del continente buscan enfrentar la crisis sin comprometer lo reconquistado en el terreno social, sin que los más pobres sean otra vez los que carguen el peso mayor. En eso está nuestro continente y dentro de él, Uruguay y su gobierno de izquierda.
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