Uruguay y la revolución cubana en su 50º aniversario
El medio siglo de existencia de la revolución cubana es una fecha de toda nuestra América. El pueblo uruguayo la celebra como suya. A lo largo de estos 50 años, a través de todas las vicisitudes de la vida internacional, una palabra condensa el contenido de estas relaciones: solidaridad. Solidaridad mutua, de doble vía. El pueblo uruguayo se la brindó al pueblo cubano en los momentos más difíciles, como Playa Girón y la crisis de los misiles. Los dirigentes de la revolución han reconocido en todo tiempo la fuerza, la persistencia sin desmayo y el arraigo popular del movimiento solidario con Cuba, y ése es un legítimo galardón para nuestro pueblo. Recíprocamente, la solidaridad de Cuba está presente hoy en el ejemplo magnífico de los oftalmólogos, del mismo modo que sus médicos y educadores se prodigan en varios países de América Latina, en Africa y en Pakistán, ejerciendo su noble labor. Un ejemplo de lo que podrían ser las relaciones de los pueblos de la Tierra en el futuro que soñamos para la humanidad. Y a eso nos alienta Cuba.
Porque su revolución es el acontecimiento más importante de la historia del continente desde las guerras de independencia de 1810-1830 que emanciparon a las colonias iberoamericanas del dominio de España y Portugal. Así acaba de reafirmarlo el Congreso del Frente Amplio en su saludo a la revolución cubana. Esta introdujo un cambio cualitativo. Abrió un nuevo período histórico, el de la segunda y definitiva independencia, y transitó en forma acelerada a la etapa de construcción del socialismo. Desde entonces la solidaridad con Cuba, para contribuir a que siga encendido el primer hogar del socialismo en América Latina, impregna el contenido del nuevo período histórico abierto por la hazaña guerrillera de la Sierra Maestra y se transforma en una obligación primordial del movimiento democrático y antiimperialista desde el Río Bravo al vértice austral. Pasa a ser, y sigue siendo, una tarea estratégica, brotada de la convicción y el sentimiento.
Esto se expresó, después de Playa Girón, en la conferencia del CIES en Punta del Este, con la presencia señera del Che. Luego en la Conferencia de Cancilleres de San Rafael en enero de 1962. Ese mes salía de la imprenta el libro de Rodney Arismendi «Problemas de una revolución continental», que ubicaba a la revolución cubana en ese marco y le agregaba un prólogo que alertaba sobre la reunión de cancilleres, al tiempo que una manifestación de jóvenes, enfrentando provocaciones diversas, unía a pie la capital con el balneario esteño. Siguieron dos años en que la pujanza del movimiento de solidaridad impidió la ruptura con Cuba, impuesta (y pagada) por el imperio. Las grandiosas manifestaciones que acompañaron al personal diplomático cubano expulsado de Uruguay están en la memoria colectiva. La lucha por la reanudación de relaciones con Cuba integró desde entonces la plataforma del movimiento popular y de izquierda, y no cejó hasta lograr su objetivo. Un nuevo quiebre bajo el gobierno de Jorge Batlle fue restaurado apenas asumió Tabaré Vázquez, y el hecho de que éste haya constituido su primer acto de gobierno lo dota de un elevado contenido simbólico y político.
En realidad, los vínculos de la izquierda uruguaya con el movimiento revolucionario cubano vienen de mucho antes. Me limito a recordar las apreciaciones de Arismendi sobre el asalto al cuartel Moncada (26 de julio de 1953), destinado a entregar armas al pueblo y emprender una verdadera revolución; la amistad del PCU con dirigentes del PSP cubano como Blas Roca (que estuvo en el XVI Congreso de 1955), Carlos Rafael Rodríguez y el gran intelectual Juan Marinello, que contribuyeron a la fusión de todas las corrientes revolucionarias en el PCC. Nos eran familiares la revista teórica «Dialéctica» y el diario «Hoy». Ahora recuerdo que mismo el 1º de enero de 1959 jóvenes dirigentes de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEUU) ocuparon la sede de la embajada cubana en Montevideo y expulsaron al embajador batistiano.
Según la reseñada concepción de la revolución continental, en Cuba se rompió la cadena de la opresión imperialista, allí donde las contradicciones se apretaron más fuertemente hasta reventar (opresión nacional más ostensible, más tardía independencia de España, reunión del imperialismo y el latifundio en una sola persona, historia sangrante de lucha contra la tiranía, movimiento obrero de tradición y aguerrida militancia). Era previsible que otros países siguieran ese camino, cada uno a su manera, con sus peculiaridades. Hoy América Latina es otra. En su discurso del sábado 27 en la clausura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el presidente Raúl Castro expresó: «Vivimos un momento histórico radicalmente diferente al de aquellos años en que los gobiernos de América Latina, salvo muy contadas y honrosas excepciones, se plegaban en bloque de manera sumisa a los dictados de Washington para aislar a Cuba». Puso el ejemplo de las resoluciones adoptadas en las recientes cumbres latinoamericanas y caribeñas en Salvador de Bahía, Brasil, de apoyo unánime de ingreso de Cuba al Grupo de Río y de condena, igualmente unánime de parte de los 33 países al bloqueo de EEUU contra Cuba (lo mismo que hizo por 17ª vez la Asamblea General de la ONU por mayorías aplastantes), todo lo cual ha contado con el pleno apoyo de pueblos y gobiernos del continente.
A su juicio, éstos son «los frutos de una política exterior firme, solidaria y basada en principios inviolables», los que permiten que a pesar de la caída de la URSS y del criminal bloqueo mantenido desde 1962 Cuba pueda seguir enhiesta en defensa de su independencia y soberanía, de la causa de la dignidad nacional.
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