El balance principal: el estado del pensamiento dominante
En línea con el ejercicio que está realizando el gobierno en estas horas, estamos tentados de profundizar un balance del año a todas luces positivo en el área de la economía, las reformas y la inclusión social. Sin embargo hay una cuenta jerárquicamente anterior que hay que ir cerrando y en torno a lo cual conviene utilizar esta última reflexión del año; la que refiere a la evolución del pensamiento aplicado a la acción práctica de la sociedad comprendiendo a la gestión de gobierno, extendida en las múltiples articulaciones de lo público y lo privado. Reflexión necesariamente provocativa sobre el estado del pensamiento colectivo y, en tanto, del principal componente de ese activo de la cuenta patrimonial de la Nación: su capital humano.
El otro componente de esta reflexión y que también tiene que ver con la cuenta patrimonial, refiere al tipo de balance y el período de gestión que se registra en esta cuenta. Los balances útiles son necesariamente dinámicos y esa es la primera nota que debe caracterizar esta reflexión. Es el balance de un continuo de ejercicio democrático que le ha tocado gestionar a la izquierda en estos últimos cuatro años pero cuyo principio se remonta a las batallas históricas de reconstrucción de la República.
¿Cuál es el estado del pensamiento dominante del Uruguay actual, al finalizar el año, ya ingresando al cierre del primer período de administración nacional de la izquierda? Nos animamos a predecir una respuesta positiva y ampliamente consensual: De maneras diferentes a las supuestas originalmente, dotado de expresiones inusuales, el pensamiento dominante de los uruguayos reconoce la urgencia de profundizar los cambios sociales como condición de una nueva modernidad nacional. Esa es la respuesta principal a las interrogantes de este cierre del extenso período que ahora le toca gestionar en profundidad y garantizar a la izquierda. Ese es el saldo de la cuenta principal. El más importante de todos. El que, probablemente, debamos esgrimir con fuerza y convicción cuando la luminosidad de los días del próximo año comience a diluirse en el acceso al ciclo invernal, cuyas características y riesgos no desconocemos. Esa respuesta debe aludir en sus diferentes formas de expresión y contemplación de los matices, a un saldo fuertemente positivo en esa cuenta principal: la sociedad y el gobierno están protagonizando uno de los períodos más fermentales en la construcción de la modernidad de su Nación. Sin duda.
Ha finalizado un año de una rica síntesis de ese proceso acumulativo de lucha que se proyecta sobre el acerbo del pensamiento dominante, el capital humano y la institucionalidad de la Nación. La izquierda parecería estar logrando integrar a ese complejo proceso su impronta de equidad y justicia; y a la vez se ha surtido de esa experiencia para mejorar su propio pensamiento. Aquella condición de rotación de cargos, imprescindible en el ideal ralwsiano como principio de la legitimidad democrática, se ha transformado en realidad. Forma parte de ese acervo y sus resultados suman en términos decisivos a la hora de ir cerrando las cuentas de estos años.
Es cierto que hay cuentas de resultados estrechamente vinculadas a esa formación de pensamiento que presentan saldos más escasos o aún discutibles.
Hay problemas que la izquierda y el pensamiento dominante heredan y otros con los cuales hemos debido vivir sin el tiempo suficiente para procesarlos intelectualmente: los vínculos del poder, el gobierno y las corporaciones; la construcción de ciudadanía republicana basada en la responsabilidad individual, una revisión ofensiva del ideal de la libertad, u otros. Pero ya habrá tiempo, ambición y valentía para enfrentarlos y resolverlos.
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