La implacable tergiversación histórica
El matutino El País parece hallarse empeñado cual si se tratara de una estrategia diseñada al efecto en una furibunda campaña de desprestigio de las fuerzas de izquierda. Nada habría en ello de asombroso si tenemos en cuenta que la lucha política consiste como toda competición no sólo en hacer valer las cualidades propias sino, también, en resaltar los defectos del adversario. Para esto último, el matutino caganchero apela sin pudor alguno a la tergiversación de la historia reciente.
Como resulta harto difícil denostar la gestión del doctor Vázquez, criticar la política económica implementada por Astori, denigrar las políticas sociales del Mides o cuestionar el nivel salarial actual, los ideólogos de la derecha vernácula y sus asesores, han resuelto machacar sobre uno de sus temas predilectos: el pasado guerrillero de los dirigentes más notorios del sector mayoritario del Frente Amplio. Huérfanos de ideas y alarmados por la adhesión que concita el Movimiento de Participación Popular (cuyo núcleo central es el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros) entre el electorado frentista, y por las simpatías que despierta la figura de José Pepe Mujica en todos los estratos sociales, los voceros de las clases conservadoras dedican todos sus esfuerzos en denostar a este último y en recordar los tiempos en que practicaba la acción directa.
A esta altura, el lector ha de preguntarse a qué viene todo esto. Pues lo remitimos al editorial central de El País del viernes 26 de los corrientes. En esa pieza de periodismo de opinión, su anónimo autor destila su ponzoña oligárquica y toda su furia frentófoba. Se ve que no le cabe en su cabeza de aristócrata que un mal entrazado dirigente político, un populista, alguien sin educación ‘comme il faut’, de estilo sencillo y franco, un outsider del sistema, pueda llegar a ser presidente de la República. ¡Qué perspectiva horrorizante! ¿Qué será de nosotros, Madelón, bajo un gobierno de chongos y populacheros?
En un denodado afán por impedir esa hipótesis tan poco halagüeña para nuestro benemérito patriciado, el editorialista de El País dedica su extensa reflexión a tratar de convencernos de que los tupamaros se rebelaron contra un gobierno legítimo, democrático, impoluto, bondadoso con los obreros, en un marco de paz y bonanza absolutas. Para el escriba, el Uruguay no había conocido la violencia política (no nos imaginamos cómo explican el comportamiento de Aparicio Saravia que se levantó en armas contra el gobierno constitucional de José Batlle y Ordóñez), y las bandas armadas que asaltaron la Universidad con la complicidad de Rodríguez Larreta, alguien estrechamente vinculado a El País, que cometieron atentados, que marcaron con cruces gamadas las piernas de Soledad Barret, son un invento del marxismo, son cosas que no ocurrieron en Uruguay.
Con el prestigio que le otorgan sus ochenta años de trayectoria, el matutino que propició, defendió y escribió loas y panegíricos al golpismo en el Cono Sur, nos dice que no existían bandas de ultra derecha. Nos alerta sobre la vocación antidemocrática de los tupamaros y, sobre todo, nos alerta sobre la izquierda uruguaya que dio apoyo a los comunicados cuatro y siete de febrero de 1973.
Es verdaderamente lamentable que estos señores de El País no hayan advertido que la sociedad uruguaya no se detiene en el peruanismo ni en la lucha armada de hace cuarenta años.
El pasado guerrillero de Mujica y sus compañeros no ha sido óbice para que los uruguayos los admiren y estén dispuestos a darles su voto de confianza.
Compartí tu opinión con toda la comunidad