La reina de Saba
No voy a trillar el campo de las acusaciones ni a reflexionar sobre los defectos del sistema, ni el acierto de las nominaciones políticas en los cargos de confianza.
Tampoco sobre la corrupción, ni siquiera sobre la ética.
Como siempre voy a hablar o escribir al ser humano: Salomón, como mi amigo «el tiburón» del borro, como «el Taita», o «el Perro» Taura y «el escriba» y los Moll en Cárcel Central, o el barra brava peñarolense en el Comcar, es un ser humano.
Como mi amigo Carlitos Peña, de capacidad diferente, como mi amiga Cecilia, atleta con síndrome de Down, es una persona especial. Salomón, por su capacidad diferente, es especial. Y por todos los seres humanos sentimos infinita piedad. Piedad cristiana, enaltecedora, respetuosa de la criatura de Dios; por ella rezan los pastores del cante, en las iglesias de la pobreza, o los salesianos o los afroumbandistas en sus templos.
Por él y por todos.
También por la reina de Saba, esa otra parte del ser.
Por los que no han renunciado, los que no han sido descubiertos o denunciados, o han robado, tipo rapiña o con la protección del reglamento, los del negociado, acomodo o ventajeada y del abuso del poder. Los que violan a las hijas en el rancho o los que luego de fiestas pantagruélicas de círculos privilegiados terminan con la vida de una modelo de reputación «honorable».
Pobre criatura humana ensoberbecida, afiebrada de omnipotencia, víctima de la avaricia desenfrenada, en una loca carrera por acumular materia.
Con familia, hijos, nietos, dolores, alegrías, tristezas, angustias y miedos como nosotros.
Porque muchos de nosotros hemos cometido errores. Algunos abiertamente, otros solemnemente, con el manto de la hipocresía, algunos «haciendo piernas», otros en nombre de la justicia o de los demás, hasta en nombre de la patria, la moral y las buenas costumbres. Y también porque sí. Tengamos un sentimiento de piedad y comprensión que en definitiva es por todos nosotros.
Por quienes nos mandan, por quienes nos conducen, y por nosotros que por acción u omisión y por errores propios, somos culpables.
Invitémonos, no a ser los mejores del mundo sino un poco menos insensibles cada día, un poco temerosos de Dios, que nadie está a salvo de todos. Agradezcamos, Salomón y algún Señor Feudal de algún municipio cercano o lejano, que no hay cárcel, que no es «de alerta pública», que no entra en «agresión a la sociedad».
Por lo tanto no van a conocer «la jaula»; ni al «Negro Sam», ni al «Tarugo».
Cuántos fundilludos habrán recorrido subrepticiamente los pasillos de las ventajas, con expedientes saltarines bajo el brazo, secándose el sudor frío con pañuelo de seda.
Parecido a mis amigos que queman cables, faenan chanchos, o hacen bizcochos clandestinos. Sólo que con más status.
Agradezcamos que sus nietos no van a caminar tres cuadras para traer el agua en damajuanas, ni a infectarse cuando desborde un arroyo, que mal de muchos no es de todos.
Agradezcan que pasado algún tiempo, volverán a alternar en Punta del Este y que algún alcahuete empleado de programa de lujo de algún medio al que hayan favorecido con publicidad, les hará una nota social, en algún concurso, por mandato de su patrón.
Agradezcamos, como me decía un amigo argentino, que nuestros políticos no son como los de otros países, que por donde pasan «no vuelve a crecer el pasto», ni las empresas, ni las instituciones, ni el país.
Eso sí, Salomón, deciles a las reinas de Saba que todavía quedan, que no hagan como vos, que nunca nos recibiste, que sean amables y escuchen, que se distraigan por cinco minutos de los asuntos que tienen entre manos.
Que atiendan.
Fijate vos, Salomón, que si me hubieras atendido –vos que estás en este tema de la construcción de casas y su comercialización– de repente te hubieras compenetrado y hubieras integrado a la Institución que manejabas, al hermoso proyecto de la construcción de bloques para viviendas dignas que lleva adelante la Fundación Winners, el padre Rodolfo de la Gruta de Lourdes, los vecinos del cante y de los asentamientos «La Santa» y «El Milagro», con el apoyo de la Intendencia.
¡Qué pena! Te das cuenta que dicen que hiciste una buena gestión, parecería que cumpliste tu función de hacer casas y no muy costosas. Para lo cual te pagamos.
Algunos ciudadanos habrán salido beneficiados.
Muchos tendrán agradecimiento.
Pero estoy seguro que te vas con el corazón vacío.
Has bajado del Olimpo, desde donde mirabas indiferente sin dejarnos acercar ni hablarte.
Si, fuera de tu obligación de administrador, hubieras puesto un poquito de ti y nos hubieras ayudado de alguna manera, te hubieras integrado a nosotros y estarías en buen recuerdo.
Y dentro de mucho tiempo, cuando seas nadie, si no te reflota algún gobierno, nosotros te íbamos a invitar al cante.
Sin importarnos que fueras rey de basto o polizón, como compañero de la vida, porque somos colegas de la superviviencia, nosotros del lado de abajo por supuesto, todos estamos en la lucha.
Te reitero, te invitaríamos al cante, para compartir un mate y que vieras niños descalzos, pero en casitas de bloques.
Y tu corazón, sea del material que sea, se vería reconfortado.
Mirá, te hacemos lugar igual, si venís con el cogote bajo, como uno más de los nuestros y nos asesorás y ayudás, porque vos de esto sabés, vas a encontrar brazos abiertos y sonrisas francas, no como tus socios que te dieron vuelta la cara.
* Periodista
Compartí tu opinión con toda la comunidad