Entre la agenda y los fundamentos
El mercado identifica en los «fundamentos» de la economía aquellos pilares que deben ser defendidos en procura de mantener un piso básico de estabilidad sobre el cual pensar y accionar. En política, esos pilares se identifican con una serie de principios fundamentales, sin los cuales toda la construcción del programa o las plataformas electorales pierden sustancia y se alejan de la credibilidad pública. Tanto en el caso de la economía como en el área de la política, recrear y mantener actualizada la discusión de los fundamentos y los principios es una tarea tan difícil como insoslayable
Al diario le interesa mantener esta discusión al alcance de sus lectores. A menudo la exigencia de mantenerlos informados con la máxima cercanía posible a la agenda del día nos desvía de ese recorrido obligatorio. Delegamos en los columnistas una parte importantes de esa responsabilidad de mantener actualizada esta discusión o provocarla en su defecto. Y a veces lo hacemos con demasiada consideración por sus capacidades o su escala de prelación respecto a estos temas.
Los problemas de la omisión o desplazamiento se plantean o advierten cuando, como en la actualidad ingresamos a un período de enormes exigencias ya no sólo en el plano de las pericias y artes de la gestión económica o política, sino en relación a mantenerse firme frente al timón en dirección al puerto cuando la tempestad aumenta la confusión entre los compañeros de ruta. La agenda cotidiana nos desvía de la consideración de los fundamentos y principios que, sobre todas las cosas necesitamos mantener firmes en esa movediza bitácora de este tiempo.
Esos principios y fundamentos son muy pocos pero esenciales: la libertad, la legitimación social de la ambición de los emprendedores condicionada a la capacidad de incluir a los más desvalidos en las condiciones originales; la democracia republicana como óptimo para que la discusión liberaría y tolerante nos preserve de la jibarización intelectual o el autoritarismo destructivo; el internacionalismo solidario pero abierto a la competencia justa de las naciones; la centralidad de la familia y el respeto al diferente.
En el principio de una campaña electoral muy particular, vamos a correr el riesgo de subsumir en demasía esa discusión mayor a otra menor pero tan urgente como obligatoria. Esa sumisión de la discusión principal a las otras, urgentes y momentáneamente más útiles, se ha incrementado no sólo por el acceso a un entorno lleno de novedades sino por lo que en el Uruguay supone la emergencia de reformas estructurales muy fuertes implementadas en continuidad absoluta desde la salida del precipicio de 2002 a la fecha.
Advertimos este riesgo en el principio de una campaña difícil porque es en este tiempo que se fijan las grandes pautas de lo que después establecerán o no las líneas directrices de las estrategias políticas y económicas concretas: el programa. La izquierda está transitando un período de fuertes ajustes y precisiones en su matriz de pensamiento tradicional. La práctica de la administración nacional cataliza un proceso histórico de acumulación de saberes y creencias. Es un proceso intenso y rico, pasible de riesgos elevados de desvíos, errores y caídas en esos lodazales del pensamiento tradicional.
Ayúdenos en este fin de año a observar, registrar, y analizar lo nuevo sin miedos ni tributo alguno al poder, sea cual sea la identificación que cada uno de nosotros tengamos de él. Necesitamos nuevas exigencias y desafíos en esa responsabilidad asumida de contribuir al cambio con noticias y aportes a la recreación de la razón creativa.
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