Luis Pérez Aguirre in memoriam
Toda patria, toda nación, debe tener en todos los tiempos personalidades que revelen la esencia del ser nacional. Personas que señalen a sus connacionales que lo mejor del ser humano se encarna con las características propias de un lugar y un tiempo que es tensión; y reflexión particular para la especie.
Las generaciones presentes conviven con la especial luz y energía que emanan de ellos, y las futuras se benefician en sus médulas de la estela que van dejando.
Pocas, muy pocas –si las hay– son las personas de tal estirpe que hasta hoy nos benefician. Pocas que reúnan las características de un ser humano de naturaleza y formación magnánima. Nuestra historia acompaña la decadencia universal en la materia. Hay pocas estrellas con luz propia en el firmamento que nos circunda, y la mayoría de ellas se ven como brumosas por la contaminación de un individualismo extenso, casi letal, o una parcialización que reduce sus vivencias y dedicaciones.
Tuvimos hasta ayer un privilegio: Luis Pérez Aguirre dio luz y marcó estela a nuestras dos últimas generaciones, y llevó su fulgor –acompañado con la cruz de nuestras congojas– por los estrados donde se pondera la justicia del mundo. Y al tiempo supo equilibrar su sensibilidad –su corazón– con los pequeños, mezquinos recintos de los pequeños desposeídos de nuestra tierra.
Fue hombre de asesoría en las Naciones Unidas, y hombre de hogar en La Huella. Trató por igual –y de igual a igual– con los elevados y notorios de la tierra y con los mínimos e ignotos niños y jóvenes de la marginalidad que, a quienes no nos comprometemos, nos asusta y agobia.
Luis Pérez Aguirre –Perico– fue hombre de singular espíritu, pero fue, esencialmente, un alma.
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