EDITORIAL

Asistencia para el desarrollo ante la crisis

En todas las crisis económicas son los pobres y los débiles quienes sufren más. Los individuos sin ahorros o sin una fuente confiable de ingresos son aquellos que padecen las mayores dificultades para sobrevivir en las situaciones de grave deterioro económico.

Lo mismo ocurre con los países. Cuando el mundo se desliza en la peor recesión económica desde los años 30, la ansiedad sigue en aumento, particularmente en el mundo en desarrollo, donde los programas para el alivio de la pobreza dependen de que se aseguren la apertura de los mercados y la asistencia al desarrollo.

Esos países tienen buenas razones para preocuparse. El deterioro de las condiciones económicas a menudo conduce a los gobiernos a adoptar políticas para favorecer los intereses domésticos en desmedro de la cooperación internacional. En tiempos duros es demasiado fácil para los políticos culpar a los extranjeros de los males nacionales, cerrar la puerta a los productos extranjeros y reducir radicalmente los presupuestos de ayuda externa.

Tal es el nivel de preocupación que los líderes de las 20 mayores economías del mundo se sintieron compelidos a comprometerse públicamente a establecer una moratoria en la imposición de nuevas barreras al comercio en los próximos 12 meses. Ellos dijeron también que harán todos los esfuerzos para avanzar en las negociaciones comerciales globales de la Ronda de Doha mediante la consecución de un entendimiento en dos de sus componentes, agricultura y bienes industriales, antes de fines de este año.

Como parte de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), los gobiernos se comprometieron a desarrollar ulteriormente un sistema comercial abierto, basado en reglas, predecible y no discriminatorio. Esas medidas son las mismas que persigue la Ronda de Doha. Por ello, concluir estas negociaciones es parte integral del esfuerzo global para enfrentar la pobreza y fomentar el desarrollo.

Los gobiernos de los países desarrollados prometieron, además, aumentar su ayuda al desarrollo al 0,7% de su Producto Nacional Bruto. En julio pasado, los líderes del G-8 dijeron que incrementarán la asistencia al desarrollo a 130.000 millones de dólares para el 2010. Estos países deberían considerar el cumplimiento de sus compromisos con los ODM como algo más que un gesto de altruismo. El último pronóstico del Banco Mundial (BM) prevé que el crecimiento económico global para 2009 será de sólo un 1%. Pero, mientras los países ricos sufrirán una contracción económica del 0,1%, los países en desarrollo continuarán creciendo el año próximo, aunque a una tasa reducida estimada en 4%.

El mundo en desarrollo constituye cerca de un tercio de la economía planetaria y, siendo la única fuente de crecimiento prevista para 2009, los países que lo integran se convertirán en importantes mercados para los exportadores tanto de las naciones desarrolladas como de las en desarrollo. Pero los pronosticados niveles de crecimiento para el año próximo no se cumplirán si los países cierran sus mercados y reducen los fondos para el desarrollo.

Incluso sin la imposición de medidas proteccionistas, la retracción de la demanda en Occidente está ya golpeando a las exportaciones de los países en desarrollo. Asimismo, las restricciones del crédito están afectando seriamente a los exportadores, especialmente a los de las naciones en desarrollo. Una escasez de liquidez y una desproporcionada aversión hacia el riesgo han conducido a una disminución en la financiación disponible para el comercio del orden de 25.000 millones de dólares. El crédito disponible es ofrecido a tasas tres veces más altas que en circunstancias normales. Estos son tiempos inciertos para la economía mundial. Es hora de que los líderes muestren con hechos su compromiso con el comercio y la asistencia al desarrollo como dos partes inseparables de una agenda global para el crecimiento económico.

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