En honor a la verdad histórica
En nuestro país lamentablemente hemos sido víctimas de la influencia de la historiografía oficial colorada (con el apoyo de algunos disfrazados de blancos), muy poco fundamentada por parte de quienes tienen la obligación de hacerlo, sin partidismos. Nos han mentido. Los casos y los historiadores son tantos que sería imposible de detallar en este artículo. Lo haré si es necesario. Por supuesto hay excepciones, pero en esta ocasión voy a referirme a un texto publicado en el Suplemento 90 años, El País 14 de setiembre, 1918-2008 Mil fotos rescatadas del olvido Tomo I.
El mismo se titula «Las razones de una guerra evitable» y su autor es el «historiador» Lincoln Maiztegui Casas. Resumiendo, el citado historiador expresa: «La guerra de 1904 aparece como la más ilógica de toda nuestra historia. Los hechos demostrarán que, más allá de diferencias no sustanciales, ambos bandos pretendían lo mismo». En primer lugar, afirmar que la guerra más sangrienta que azotó nuestro país fue la «más ilógica» de la historia es, además de faltar a la verdad, decirle a los miles de familiares de las víctimas de ambos bandos y al país todo familias enteras que regaron nuestro suelo con su sangre generosa que lo hicieron sin sentido. Es ignominioso.
En cuanto a las diferencias entre ambos bandos, no solamente eran sustanciales, sino irreconciliables. Muy pocas veces en la historia blancos y colorados «pretendieron lo mismo». Luego, el mencionado «historiador» afirma que «Batlle y Saravia nunca se entrevistaron ni se cruzaron carta alguna. Quizás allí esté una respuesta a lo inevitable de aquel conflicto». Imposible, Batlle nunca respetó un acuerdo, ni escrito ni verbal. Comparemos: entre las reivindicaciones de Saravia y sus desheredados, además de la lucha por la verdadera democratización política voto secreto, registro cívico permanente y depurado, y coparticipación política en los asuntos de la administración estatal reclamaban un modelo de país que aún hoy no tenemos y reclamamos: descentralización territorial, socioeconómica, política, educativa y de infraestructura, como por ejemplo la vial.
Reforma agraria concebida como colonización agrícola con la consiguiente reinserción laboral de las miles de familias rurales que habían sido marginadas y desplazadas de su lugar natural a raíz del progresivo alambramiento de los campos a partir del año 1870. Familias que vivían en los llamados «pueblos de las ratas» creados en los caminos vecinales que era lo único que seguía siendo de todos. El resto del pobrerío rural se concentraba en los cinturones de las ciudades del Interior.
Hoy, a más de 100 años de aquellos hechos, el nombre que se le da a «aquellos territorios» en donde se concentra la misma masa de familias desocupadas y marginadas socialmente se les llama «asentamientos»… Tal es nuestro atraso. En política internacional, Saravia y sus revolucionarios eran profundamente «federales», representantes de Artigas, San Martín y Bolívar. Peleaban por la consolidación de la Patria Grande Sudamericana; Saravia, en el año 1895 después de terminada la Revolución Federalista de Brasil en la que fue nombrado General manifestó que quería formar «un gran ejército americano».
¿El historiador piensa que Batlle quería lo mismo? Pero también, en las banderas revolucionarias flameaban las ansiadas reformas sociales y laborales. Hoy, con la misma lógica utilizada por el mencionado historiador aquellas reformas aparecen en la «historia oficial» como logros del batllismo. En los campamentos revolucionarios nació la idea de los proyectos de leyes laborales y sociales de 1905, presentados por Roxlo y Herrera.
Frente al federalismo de Saravia estaba la visión aldeana, servilista y apátrida de Batlle. Admirador de las políticas intervencionistas de EEUU en Latinoamérica, incluido por supuesto nuestro país. Como no podía con los revolucionarios saravistas pidió la intervención militar a Roosevelt (el del gran garrote), que desembarcaron el 23 de setiembre de 1904 cuando Saravia había muerto y «casualmente» un día antes de la Paz de Aceguá. Eran cuatro de las más poderosos naves de guerra yankis, 1.300 mercenarios armados con la última tecnología armamentística.
No creo que ambos líderes quisieran lo mismo.
Este es el legado de Batlle y sus lacallos, a los que Wilson llamó: «Los eternos monopolizadores de la verdades absolutas».
Quien sabe con qué fines, pero existen personalidades en el ámbito político y cultural que tratan de ocultar estos hechos para decirles a los orientales que las diferencias entre los blancos y los colorados no fueron tales. A ellos, la memoria histórica y política les pasará por encima. Con eso no se juega.
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